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INTRODUCCIÓN
La extrofia cloacal representa el extremo más severo del espectro conocido como complejo epispadias-
extrofia (SEE), integrado dentro del síndrome OEIS (onfalocele-extrofia-ano imperforado-defectos
espinales). Este grupo de anomalías congénitas raras tiene una incidencia estimada de 1 en cada 25.000
nacidos vivos (1), y aunque puede parecer una cifra pequeña, su impacto en la vida del paciente, la
familia y el equipo médico es inmenso. La verdad es que pocas malformaciones congénitas son tan
demandantes desde el punto de vista quirúrgico, pediátrico, emocional y social como esta.
La SEE incluye una gama amplia de fenotipos, entre los cuales destacan la extrofia vesical, la extrofia
cloacal y las epispadias aisladas (2,3). Es notable que, aunque estas entidades comparten un mismo
espectro, la extrofia cloacal se considera su manifestación más compleja y devastadora (4). Fue descrita
por primera vez en 1709 por Littré, retomada en 1812 por Meckel (5), y desde entonces ha sido objeto
de múltiples estudios que, sin embargo, todavía no logran desentrañar su causa exacta. Aunque no se ha
identificado un agente desencadenante claro —ni medicamentos, ni factores ambientales concretos—,
se sospecha fuertemente un componente genético, ya que se han documentado casos familiares (5,6,14).
Los bebés afectados presentan defectos multisistémicos que abarcan desde el aparato genitourinario
hasta el gastrointestinal y el musculoesquelético. En los varones, por ejemplo, se observan testículos
ubicados en escrotos hipoplásicos y hemivejigas independientes con sus propios uréteres (4,15),
mientras que en las niñas es frecuente encontrar duplicaciones uterinas y vaginales por la falta de fusión
de los conductos müllerianos.
Históricamente, el pronóstico fue sombrío, con una alta mortalidad neonatal secundaria a sepsis,
desnutrición y complicaciones neurológicas (6,7). Sin embargo, la evolución de las técnicas quirúrgicas
ha cambiado radicalmente el panorama: hoy en día, la supervivencia se acerca al 100 % (8,9), lo que ha
desplazado el enfoque desde la simple supervivencia hacia la optimización funcional y estética,
abarcando aspectos tan amplios como la continencia urinaria y fecal, la función sexual y la asignación
de género (10,11).
La detección prenatal es posible mediante ecografía o resonancia magnética fetal, aunque no siempre es
sencilla debido a la variabilidad de las presentaciones (9,12). Los hallazgos prenatales más típicos