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INTRODUCCIÓN
La anemia hemolítica es, sin duda, uno de los desafíos más complejos en hematología pediátrica. Este
trastorno se define por la destrucción acelerada de los eritrocitos, lo que lleva a una disminución notable
de la hemoglobina y, con ello, a un conjunto de manifestaciones clínicas que pueden ir desde síntomas
tan sutiles como una fatiga persistente, hasta signos alarmantes como ictericia intensa, coluria e
insuficiencia multiorgánica. La etiología de la hemólisis es amplia, y entre las causas infecciosas, los
virus de Epstein-Barr (VEB) y citomegalovirus (CMV) ocupan un lugar especial por su capacidad de
desencadenar respuestas inmunológicas anómalas. Estos virus, miembros de la familia Herpesviridae,
tienen una habilidad notable para alterar la respuesta inmune del hospedero, provocando no solo
mononucleosis infecciosa —que suele ser autolimitada— sino también complicaciones severas que
pueden ser devastadoras.
El VEB, en particular, es conocido por infectar a más del 95% de la población adulta a lo largo de su
vida, generalmente en forma de infecciones subclínicas durante la infancia (2). Sin embargo, cuando se
manifiesta clínicamente, lo hace típicamente como mononucleosis infecciosa, caracterizada por fiebre
persistente, linfadenopatías dolorosas, faringitis exudativa, esplenomegalia y, en ocasiones, petequias
palatinas y hepatomegalia (3,4). La mayoría de los pacientes se recuperan con medidas de soporte, pero,
en ciertos individuos, especialmente en pacientes pediátricos con predisposición inmunológica, la
infección puede tomar un giro inesperado y peligroso. La anemia hemolítica secundaria a infección por
VEB es rara, aunque sumamente relevante por la gravedad de las complicaciones asociadas (5,6). En
estos casos, la producción de anticuerpos dirigidos contra los eritrocitos, activación del complemento o
incluso mecanismos hemofagocíticos pueden llevar a hemólisis masiva, a veces con test de Coombs
negativos, lo que añade un reto diagnóstico adicional (7,8).
Por otro lado, el CMV —otro virus herpes— es temido por sus complicaciones en individuos
inmunocomprometidos, pero también tiene un papel como desencadenante de hemólisis en pacientes
inmunocompetentes, aunque menos frecuente (10,11). Cuando ambos virus coexisten, la verdad es que
el panorama clínico puede complicarse de manera dramática, llevando al paciente a un estado de
hemólisis refractaria que no responde a las terapias inmunosupresoras de primera línea ni a las