FACTORES PRESENTES EN LA REINCIDENCIA
DE CONDUCTA SUICIDA EN ADOLESCENTES
FACTORS PRESENT IN THE RECURRENCE OF
SUICIDAL BEHAVIOR IN ADOLESCENTS
Rodrigo Jesús García Ocampo
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México
Jessica Juárez Ugalde
Instituto Mexicano del Seguro Social, México
Wendy Oralia López Martínez
Instituto Mexicano del Seguro Social, México
Itzel Gutiérrez Gabriel
Instituto Mexicano del Seguro Social, México

pág. 9519
DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v9i4.19512
Factores Presentes en la Reincidencia de Conducta Suicida en
Adolescentes
Rodrigo Jesús García Ocampo1
rodrigxg@gmail.com
https://orcid.org/0000-0003-4096-4982
Instituto Mexicano del Seguro Social
Hospital General de Zona No. 20 La Margarita
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
México Puebla, Puebla
México
Jessica Juárez Ugalde
jkjuarezug@hotmail.com
https://orcid.org/0000-0002-5820-1484
Instituto Mexicano del Seguro Social
Hospital General de Zona No. 20 La Margarita.
México Puebla, Puebla
México
Wendy Oralia López Martínez
paidowendy@gmail.com
https://orcid.org/0009-0008-4301-357X
Instituto Mexicano del Seguro Social
Hospital de Especialidades CMN General de Div.
Manuel Avila Camacho
México Puebla, Puebla
México
Itzel Gutiérrez Gabriel
gugi2383@hotmail.com
http://orcid.org/0000-0002-7036-1579
Instituto Mexicano del Seguro Social
Unidad de Medicina Familiar No 57
México Puebla, Puebla
México
RESUMEN
El intento de suicidio es reconocido como el predictor más significativo de un suicidio consumado,
por lo que la reincidencia en la conducta suicida de adolescentes constituye un problema crítico de
salud pública. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que el suicidio representa la segunda
causa principal de muerte entre los 15 y 29 años a nivel mundial, y en México el estudio ENSANUT
Continua 2022 reportó una prevalencia de intento suicida del 6.5% en adolescentes, lo que evidencia
un incremento sostenido de este fenómeno. Con el objetivo de identificar los factores asociados a la
reincidencia de estas conductas, se llevó a cabo un estudio descriptivo, observacional, transversal,
unicéntrico, ambispectivo y homodémico en el Servicio de Urgencias del Hospital General de Zona
Número 20 “La Margarita” en Heroica Puebla de Zaragoza, Puebla, en el cual se incluyeron
adolescentes de ambos sexos entre 11 y 19 años que ingresaron tras un intento suicida y que
presentaban al menos un antecedente de intento previo. La muestra estuvo conformada por 100
pacientes, de los cuales 72% fueron mujeres y 28% hombres; el 78% tenía antecedentes de depresión
y el 82% antecedentes de ansiedad, mientras que el método más frecuente de intento fue la
intoxicación por medicamentos, registrada en el 83% de los casos. Los resultados evidencian que la
reincidencia en la conducta suicida en adolescentes está influida por factores psicológicos y
sociodemográficos, con mayor prevalencia en mujeres de 16 años, estudiantes de preparatoria y con
bajo apoyo social, siendo la depresión, la ansiedad y la exposición a violencia los principales
determinantes, y la sobreingesta de medicamentos el método más recurrente en los intentos
reincidentes.
Palabras clave: suicidio, reincidencia, factores, depresión, ansiedad
1 Autor principal
Correspondencia: rodrigxg@gmail.com

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Factors Present in the Recurrence of Suicidal Behavior in Adolescents
ABSTRACT
Suicide attempt is recognized as the most significant predictor of suicide, making the recurrence of
suicidal behavior among adolescents a critical public health issue. The World Health Organization has
reported that suicide is the second leading cause of death among individuals aged 15 to 29 worldwide,
and in Mexico, the ENSANUT Continua 2022 study reported a prevalence of suicide attempts of
6.5% among adolescents, highlighting the sustained increase of this phenomenon. With the aim of
identifying the factors associated with the recurrence of these behaviors, a descriptive, observational,
cross-sectional, single-center, ambispective, and homodemic study was conducted in the Emergency
Department of the General Hospital of Zone Number 20 “La Margarita” in Heroica Puebla de
Zaragoza, Puebla, including adolescents of both sexes aged 11 to 19 years who were admitted after a
suicide attempt and who had at least one previous attempt. The sample consisted of 100 patients, of
whom 72% were female and 28% male; 78% had a history of depression and 82% a history of
anxiety, while the most frequent method of attempt was drug overdose, reported in 83% of cases. The
findings show that the recurrence of suicidal behavior in adolescents is influenced by psychological
and sociodemographic factors, with a higher prevalence among 16-year-old females, high school
students, and those with low social support. Depression, anxiety, and exposure to violence emerged as
the main determinants, while drug overdose was the most common method used in recurrent attempts.
Keywords: suicide, recurrence, factors, depression, anxiety
Artículo recibido 04 agosto 2025
Aceptado para publicación: 29 agosto 2025

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INTRODUCCIÓN
El suicidio constituye uno de los fenómenos más complejos y alarmantes en el ámbito de la salud
pública, no solo por su desenlace fatal, sino también por la diversidad de conductas previas que lo
anteceden y que reflejan un profundo sufrimiento psicológico. La Organización Mundial de la Salud
(2014) lo define como un acto consciente y deliberado, llevado a cabo por una persona que
comprende plenamente las consecuencias de su acción, anticipando su desenlace fatal. Dentro de este
espectro, los comportamientos suicidas abarcan desde la ideación —esto es, el surgimiento de
pensamientos persistentes sobre la muerte voluntaria— hasta la planificación, la obtención de medios
letales y, en casos extremos, la ejecución misma del acto. No obstante, es importante subrayar que
estas manifestaciones no siguen un curso lineal ni uniforme; por el contrario, se presentan de manera
heterogénea y con grados variables de riesgo, lo que obliga a la comunidad científica y clínica a
reconocer el potencial de letalidad en cada una de ellas, incluso cuando no exista una intención
aparente de consumación (Organización Mundial de la Salud, 2014).
Uno de los aspectos más preocupantes de este fenómeno radica en la población adolescente. La
ideación suicida en adolescentes, aunque menos frecuente en la niñez temprana, incrementa de forma
significativa la probabilidad de que se concrete un intento. Se ha estimado que la presencia de
ideación suicida en esta etapa de la vida multiplica por un tercio el riesgo de intento (Sheftall et al.,
2021). Este dato reviste especial importancia porque señala la adolescencia como un periodo crítico
de vulnerabilidad, en el cual la transición entre los pensamientos y la acción se vuelve más probable,
dadas las condiciones particulares de desarrollo biológico, psicológico y social.
En el caso de México, la problemática adquiere dimensiones especialmente preocupantes. Durante el
año 2021, la tasa nacional de suicidios se situó en 6.2 por cada 100,000 habitantes. Sin embargo, al
segmentar por grupos etarios, se observa que los jóvenes de 18 a 29 años concentraron la mayor
proporción de muertes, con una tasa de 10.7 por cada 100,000, seguidos por los adultos de 30 a 59
años con 7.4 defunciones por cada 100,000. Además, el análisis de las tendencias de género revela un
panorama inquietante: entre 2017 y 2021, la tasa de suicidios en mujeres adolescentes (10 a 19 años)
pasó de 2.91 a 3.68 por cada 100,000, mientras que en los hombres del mismo rango etario se
incrementó de 6.11 a 6.17.

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En el grupo de 20 a 29 años, las cifras son aún más drásticas: en mujeres, el índice ascendió de 3.22 a
4.65, y en hombres de 14.52 a 18.38 (Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 2021). Tales datos
confirman que la juventud constituye un segmento particularmente expuesto, lo que obliga a
replantear las estrategias preventivas y de intervención.
La vulnerabilidad de los adolescentes al suicidio no puede explicarse a partir de un único factor; más
bien, emerge de la interacción dinámica y multifactorial de dimensiones biológicas, psicológicas y
sociales. En el terreno biológico, los cambios hormonales propios de la pubertad y la inmadurez del
desarrollo cerebral constituyen variables determinantes. La literatura indica que estas condiciones
pueden favorecer una mayor impulsividad, dificultades en la toma de decisiones y una limitada
proyección de las consecuencias a largo plazo, lo que aumenta la predisposición a conductas
autodestructivas (Brent et al., 1999). En el plano psicológico, la adolescencia se caracteriza por ser
una etapa de profundas transiciones identitarias y emocionales, en la cual los jóvenes enfrentan
presiones relacionadas con la aceptación social, la definición de proyectos de vida y la construcción
de su identidad. Este proceso, en algunos casos, se acompaña de síntomas de estrés, ansiedad y
depresión, configurando un terreno fértil para la aparición de ideación o conductas suicidas.
Finalmente, los factores sociales introducen un nivel adicional de complejidad: el acoso escolar, la
violencia intrafamiliar, la falta de apoyo social y el consumo de drogas o alcohol son elementos que,
en conjunto, potencian la vulnerabilidad de los adolescentes frente a la posibilidad de atentar contra su
propia vida (Brent et al., 1999).
El fenómeno requiere, además, un marco conceptual preciso para comprender las diversas
manifestaciones que abarca. En este sentido, el suicidio puede entenderse como “el acto de quitarse
deliberadamente la vida” (Organización Mundial de la Salud, 2021), mientras que la conducta suicida
engloba pensamientos, planes y acciones orientadas hacia la propia muerte (O’Connor & Nock,
2014). De acuerdo con el estudio internacional desarrollado por De Leo y Goodfellow (2021), la
terminología relacionada con estos comportamientos debe ser cuidadosamente diferenciada para
evitar confusiones diagnósticas y metodológicas. Dicho consenso propuso clasificaciones que abarcan
desde el suicidio consumado, el intento de suicidio, la autolesión, la ideación suicida, los deseos de
muerte, el plan suicida, hasta categorías específicas como el intento abortado o el intento

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interrumpido, cada una con implicaciones clínicas y preventivas diferenciadas (De Leo et al., 2021).
Esta precisión semántica no es trivial, pues permite diseñar estrategias más ajustadas de intervención
según la etapa o manifestación en que se encuentre la persona en riesgo.
Desde la perspectiva clasificatoria, tanto la CIE-11 como el DSM-5 han buscado ofrecer marcos que
delimiten estas conductas. La CIE-11 no reconoce un diagnóstico independiente para las conductas
suicidas, sino que las concibe como manifestaciones clínicas asociadas a otras patologías,
diferenciando categorías como autolesiones no suicidas, ideación suicida, comportamientos
preparatorios e intentos de suicidio (OMS, 2023). Por su parte, el DSM-5 define la conducta suicida
como “un comportamiento con la intención de morir como resultado de la acción del propio
individuo”, integrándola dentro de los síntomas de diversos trastornos psiquiátricos como la depresión
mayor, el trastorno bipolar, el trastorno límite de la personalidad o el trastorno de estrés postraumático
(Morrison, 2015). Asimismo, este manual propuso el Trastorno de Conducta Suicida como entidad en
estudio, con criterios diagnósticos específicos y especificadores de curso, como “actual” o “en
remisión temprana” (Fehling & Selby, 2021). Estas delimitaciones contribuyen a reconocer la
complejidad del suicidio no solo como un hecho aislado, sino como un fenómeno estrechamente
vinculado a múltiples condiciones psicopatológicas.
El suicidio ha sido reconocido por la Organización Mundial de la Salud como una de las principales
causas de mortalidad en la población joven, situándose como la segunda causa de muerte entre los 15
y 29 años a nivel mundial (Organización Mundial de la Salud, 2021). La magnitud del problema se
refleja en las estadísticas internacionales: un análisis global reportó que la prevalencia de intentos
suicidas en niños y adolescentes ha sido del 6% en algún momento de su vida y del 4.5% en los
últimos doce meses (Lim et al., 2019). Estos datos subrayan que la conducta suicida no es un
fenómeno marginal, sino un problema de salud pública con una alta carga de sufrimiento individual,
familiar y social.
En el caso de México, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) ha documentado un
crecimiento sostenido en la prevalencia de conductas suicidas en adolescentes. El estudio de 2006
reportaba una prevalencia de intento suicida del 1.1%, mientras que para 2018 la cifra ascendió a
3.9%.

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Posteriormente, el levantamiento de 2021 reveló un incremento al 5.3%, y en la ENSANUT Continua
2022 la prevalencia alcanzó el 6.5% en el grupo de 10 a 19 años (Reveles et al., 2021). Dicho
aumento representa más de seis veces la prevalencia registrada en 2006, lo cual pone en evidencia que
la conducta suicida entre adolescentes mexicanos no solo ha aumentado, sino que lo ha hecho a un
ritmo acelerado. Esta tendencia refuerza la urgencia de implementar estrategias de prevención más
efectivas, adaptadas a las necesidades psicosociales de los jóvenes.
La literatura científica ofrece múltiples perspectivas para comprender los factores asociados al
suicidio en adolescentes. Uno de los aspectos más discutidos es la relación entre la disfunción
emocional y la conducta suicida. Benton et al. (2021) sostienen que la impulsividad, la baja tolerancia
a la frustración y la falta de regulación emocional se asocian de manera significativa con un mayor
riesgo de ideación e intento suicida. Además, los autores subrayan que alrededor del 15% de los
adolescentes que intentan suicidarse reinciden en el plazo de un año. Esta cifra refuerza la importancia
de atender no solo los episodios iniciales, sino de diseñar estrategias de seguimiento y prevención de
la reincidencia, dado que un intento previo es el predictor más relevante para futuros intentos.
En un estudio realizado en México, Dávila-Cervantes (2019) analizó los factores asociados al intento
de suicidio en adolescentes hospitalizados. Los resultados evidenciaron que la depresión fue el factor
más significativo, presente en el 63.5% de los casos, seguida de problemas interpersonales,
dificultades familiares, antecedentes de abuso y problemas académicos. Estos hallazgos coinciden con
la literatura internacional, donde la depresión ha sido sistemáticamente identificada como un factor de
riesgo central en la génesis de conductas suicidas en población juvenil. De este modo, el abordaje
clínico debe priorizar el diagnóstico y tratamiento temprano de los trastornos depresivos, además de
incluir intervenciones orientadas a fortalecer las relaciones interpersonales y familiares.
Por otro lado, la evidencia sobre poblaciones específicas muestra que existen colectivos especialmente
vulnerables. Pérez-Brumer, Day, Russell y Hatzenbuehler (2017) llevaron a cabo una revisión
sistemática sobre el riesgo de suicidio en jóvenes transgénero, concluyendo que estos presentan tasas
significativamente más altas en comparación con sus pares cisgénero. Factores como la
discriminación, el rechazo familiar y el acoso constituyen determinantes clave en el aumento del
riesgo suicida.

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Estos hallazgos remarcan la necesidad de políticas públicas y programas de salud inclusivos que no
solo reconozcan, sino que también atiendan los desafíos particulares que enfrentan las juventudes
trans.
Un aporte fundamental a la comprensión del problema proviene de la revisión sistemática de Ati
(2021), quien identificó los principales factores de riesgo y protectores en la conducta suicida
adolescente. Entre los factores de riesgo más destacados se encuentran los trastornos mentales (OR
8.55), los antecedentes de intentos previos (OR 5.51), el abuso de sustancias (OR 3.96), la violencia
doméstica (OR 3.16) y los problemas interpersonales (OR 2.40). En contrapartida, los factores
protectores incluyen la resiliencia, el apoyo social y familiar, la religiosidad y la capacidad de
afrontamiento. Estos resultados sugieren que la prevención debe orientarse en dos ejes
complementarios: reducir los factores de riesgo y, al mismo tiempo, potenciar los elementos
protectores que puedan mitigar el impacto de las condiciones adversas.
La influencia del entorno digital ha sido objeto de creciente interés. Marchant et al. (2017) exploraron
el papel del uso de Internet en las autolesiones y las conductas suicidas en jóvenes. Los hallazgos
reflejan una dualidad: mientras que la interacción en línea puede proveer apoyo social y disminuir la
sensación de aislamiento, también puede exponer a los adolescentes a contenido gráfico, ciberacoso y
dinámicas de competencia nocivas. En este contexto, las redes sociales y los espacios digitales
representan tanto un riesgo como una oportunidad. Por un lado, pueden amplificar el riesgo de
contagio y normalización de conductas autodestructivas; por otro, ofrecen un canal de intervención y
acompañamiento si se utilizan de manera estratégica.
La victimización por violencia sexual ha sido señalada como un factor particularmente relevante en la
aparición de ideación e intentos suicidas. Baiden y Xiao (2019) encontraron que las adolescentes
víctimas de violencia sexual presentaban una probabilidad significativamente mayor de experimentar
ideación suicida y de llevar a cabo intentos en comparación con sus pares masculinos. De hecho, la
relación entre violencia sexual e ideación suicida resultó ser más fuerte en mujeres, lo que indica la
necesidad de estrategias de prevención con enfoque de género, dirigidas tanto a la atención temprana
de víctimas como a la erradicación de este tipo de violencia en contextos escolares, comunitarios y
familiares.

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Otro estudio relevante es el de Ong (2018), quien analizó una muestra de más de 1,600 pacientes
hospitalizados por trastornos mentales y encontró que el antecedente de intento previo, la depresión
mayor, los trastornos de ansiedad, el abuso de sustancias y la presencia de múltiples diagnósticos
aumentaban de manera significativa el riesgo de intento suicida. Estos resultados confirman la
importancia de una evaluación clínica integral y de programas de tratamiento multidisciplinarios que
contemplen no solo el trastorno principal, sino también la comorbilidad psiquiátrica.
En México, la investigación de García Lara (2016) en Chiapas identificó que la impulsividad y los
síntomas depresivos eran predictores robustos de la ideación suicida en adolescentes, aumentando
hasta nueve veces la probabilidad de presentarla. Este hallazgo refuerza la necesidad de estrategias de
prevención orientadas al fortalecimiento de la autoestima y la salud mental en regiones con alta
vulnerabilidad social.
Asimismo, el estudio de Arenas Monreal (2022) mostró que la implementación de programas
educativos centrados en habilidades para la vida redujo de manera significativa el riesgo de conducta
suicida en adolescentes. A través de una intervención en estudiantes de secundaria, se logró
incrementar la autoconciencia y mejorar las competencias socioemocionales, lo que evidencia la
utilidad de intervenciones escolares como herramientas preventivas.
En un análisis más reciente, Rivera-Rivera et al. (2020) reportaron que el consumo de tabaco y
alcohol se asociaba de manera significativa con la ideación e intento suicida en adolescentes, mientras
que la presencia de síntomas depresivos y antecedentes de abuso sexual multiplicaba el riesgo en
proporciones mucho más elevadas. Este hallazgo es consistente con la evidencia previa y señala que
la prevención debe considerar tanto el abordaje de adicciones como el fortalecimiento de la salud
mental.
Finalmente, el estudio de Mojica (2023), realizado durante la pandemia de COVID-19, documentó
que más del 80% de los pacientes adolescentes evaluados había intentado suicidarse en este periodo.
El aislamiento, la incertidumbre y la exposición prolongada a factores de estrés se sumaron a las
vulnerabilidades previas, aumentando la incidencia de intentos. La intoxicación con medicamentos
fue el método más frecuente, lo que también plantea la necesidad de regular el acceso a fármacos
como medida preventiva.