FACTORES PRESENTES EN LA REINCIDENCIA
DE CONDUCTA SUICIDA EN ADOLESCENTES
FACTORS PRESENT IN THE RECURRENCE OF
SUICIDAL BEHAVIOR IN ADOLESCENTS
Rodrigo Jesús García Ocampo
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México
Jessica Juárez Ugalde
Instituto Mexicano del Seguro Social, México
Wendy Oralia López Martínez
Instituto Mexicano del Seguro Social, México
Itzel Gutiérrez Gabriel
Instituto Mexicano del Seguro Social, México

pág. 9519
DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v9i4.19512
Factores Presentes en la Reincidencia de Conducta Suicida en
Adolescentes
Rodrigo Jesús García Ocampo1
rodrigxg@gmail.com
https://orcid.org/0000-0003-4096-4982
Instituto Mexicano del Seguro Social
Hospital General de Zona No. 20 La Margarita
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
México Puebla, Puebla
México
Jessica Juárez Ugalde
jkjuarezug@hotmail.com
https://orcid.org/0000-0002-5820-1484
Instituto Mexicano del Seguro Social
Hospital General de Zona No. 20 La Margarita.
México Puebla, Puebla
México
Wendy Oralia López Martínez
paidowendy@gmail.com
https://orcid.org/0009-0008-4301-357X
Instituto Mexicano del Seguro Social
Hospital de Especialidades CMN General de Div.
Manuel Avila Camacho
México Puebla, Puebla
México
Itzel Gutiérrez Gabriel
gugi2383@hotmail.com
http://orcid.org/0000-0002-7036-1579
Instituto Mexicano del Seguro Social
Unidad de Medicina Familiar No 57
México Puebla, Puebla
México
RESUMEN
El intento de suicidio es reconocido como el predictor más significativo de un suicidio consumado,
por lo que la reincidencia en la conducta suicida de adolescentes constituye un problema crítico de
salud pública. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que el suicidio representa la segunda
causa principal de muerte entre los 15 y 29 años a nivel mundial, y en México el estudio ENSANUT
Continua 2022 reportó una prevalencia de intento suicida del 6.5% en adolescentes, lo que evidencia
un incremento sostenido de este fenómeno. Con el objetivo de identificar los factores asociados a la
reincidencia de estas conductas, se llevó a cabo un estudio descriptivo, observacional, transversal,
unicéntrico, ambispectivo y homodémico en el Servicio de Urgencias del Hospital General de Zona
Número 20 “La Margarita” en Heroica Puebla de Zaragoza, Puebla, en el cual se incluyeron
adolescentes de ambos sexos entre 11 y 19 años que ingresaron tras un intento suicida y que
presentaban al menos un antecedente de intento previo. La muestra estuvo conformada por 100
pacientes, de los cuales 72% fueron mujeres y 28% hombres; el 78% tenía antecedentes de depresión
y el 82% antecedentes de ansiedad, mientras que el método más frecuente de intento fue la
intoxicación por medicamentos, registrada en el 83% de los casos. Los resultados evidencian que la
reincidencia en la conducta suicida en adolescentes está influida por factores psicológicos y
sociodemográficos, con mayor prevalencia en mujeres de 16 años, estudiantes de preparatoria y con
bajo apoyo social, siendo la depresión, la ansiedad y la exposición a violencia los principales
determinantes, y la sobreingesta de medicamentos el método más recurrente en los intentos
reincidentes.
Palabras clave: suicidio, reincidencia, factores, depresión, ansiedad
1 Autor principal
Correspondencia: rodrigxg@gmail.com

pág. 9520
Factors Present in the Recurrence of Suicidal Behavior in Adolescents
ABSTRACT
Suicide attempt is recognized as the most significant predictor of suicide, making the recurrence of
suicidal behavior among adolescents a critical public health issue. The World Health Organization has
reported that suicide is the second leading cause of death among individuals aged 15 to 29 worldwide,
and in Mexico, the ENSANUT Continua 2022 study reported a prevalence of suicide attempts of
6.5% among adolescents, highlighting the sustained increase of this phenomenon. With the aim of
identifying the factors associated with the recurrence of these behaviors, a descriptive, observational,
cross-sectional, single-center, ambispective, and homodemic study was conducted in the Emergency
Department of the General Hospital of Zone Number 20 “La Margarita” in Heroica Puebla de
Zaragoza, Puebla, including adolescents of both sexes aged 11 to 19 years who were admitted after a
suicide attempt and who had at least one previous attempt. The sample consisted of 100 patients, of
whom 72% were female and 28% male; 78% had a history of depression and 82% a history of
anxiety, while the most frequent method of attempt was drug overdose, reported in 83% of cases. The
findings show that the recurrence of suicidal behavior in adolescents is influenced by psychological
and sociodemographic factors, with a higher prevalence among 16-year-old females, high school
students, and those with low social support. Depression, anxiety, and exposure to violence emerged as
the main determinants, while drug overdose was the most common method used in recurrent attempts.
Keywords: suicide, recurrence, factors, depression, anxiety
Artículo recibido 04 agosto 2025
Aceptado para publicación: 29 agosto 2025

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INTRODUCCIÓN
El suicidio constituye uno de los fenómenos más complejos y alarmantes en el ámbito de la salud
pública, no solo por su desenlace fatal, sino también por la diversidad de conductas previas que lo
anteceden y que reflejan un profundo sufrimiento psicológico. La Organización Mundial de la Salud
(2014) lo define como un acto consciente y deliberado, llevado a cabo por una persona que
comprende plenamente las consecuencias de su acción, anticipando su desenlace fatal. Dentro de este
espectro, los comportamientos suicidas abarcan desde la ideación —esto es, el surgimiento de
pensamientos persistentes sobre la muerte voluntaria— hasta la planificación, la obtención de medios
letales y, en casos extremos, la ejecución misma del acto. No obstante, es importante subrayar que
estas manifestaciones no siguen un curso lineal ni uniforme; por el contrario, se presentan de manera
heterogénea y con grados variables de riesgo, lo que obliga a la comunidad científica y clínica a
reconocer el potencial de letalidad en cada una de ellas, incluso cuando no exista una intención
aparente de consumación (Organización Mundial de la Salud, 2014).
Uno de los aspectos más preocupantes de este fenómeno radica en la población adolescente. La
ideación suicida en adolescentes, aunque menos frecuente en la niñez temprana, incrementa de forma
significativa la probabilidad de que se concrete un intento. Se ha estimado que la presencia de
ideación suicida en esta etapa de la vida multiplica por un tercio el riesgo de intento (Sheftall et al.,
2021). Este dato reviste especial importancia porque señala la adolescencia como un periodo crítico
de vulnerabilidad, en el cual la transición entre los pensamientos y la acción se vuelve más probable,
dadas las condiciones particulares de desarrollo biológico, psicológico y social.
En el caso de México, la problemática adquiere dimensiones especialmente preocupantes. Durante el
año 2021, la tasa nacional de suicidios se situó en 6.2 por cada 100,000 habitantes. Sin embargo, al
segmentar por grupos etarios, se observa que los jóvenes de 18 a 29 años concentraron la mayor
proporción de muertes, con una tasa de 10.7 por cada 100,000, seguidos por los adultos de 30 a 59
años con 7.4 defunciones por cada 100,000. Además, el análisis de las tendencias de género revela un
panorama inquietante: entre 2017 y 2021, la tasa de suicidios en mujeres adolescentes (10 a 19 años)
pasó de 2.91 a 3.68 por cada 100,000, mientras que en los hombres del mismo rango etario se
incrementó de 6.11 a 6.17.

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En el grupo de 20 a 29 años, las cifras son aún más drásticas: en mujeres, el índice ascendió de 3.22 a
4.65, y en hombres de 14.52 a 18.38 (Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 2021). Tales datos
confirman que la juventud constituye un segmento particularmente expuesto, lo que obliga a
replantear las estrategias preventivas y de intervención.
La vulnerabilidad de los adolescentes al suicidio no puede explicarse a partir de un único factor; más
bien, emerge de la interacción dinámica y multifactorial de dimensiones biológicas, psicológicas y
sociales. En el terreno biológico, los cambios hormonales propios de la pubertad y la inmadurez del
desarrollo cerebral constituyen variables determinantes. La literatura indica que estas condiciones
pueden favorecer una mayor impulsividad, dificultades en la toma de decisiones y una limitada
proyección de las consecuencias a largo plazo, lo que aumenta la predisposición a conductas
autodestructivas (Brent et al., 1999). En el plano psicológico, la adolescencia se caracteriza por ser
una etapa de profundas transiciones identitarias y emocionales, en la cual los jóvenes enfrentan
presiones relacionadas con la aceptación social, la definición de proyectos de vida y la construcción
de su identidad. Este proceso, en algunos casos, se acompaña de síntomas de estrés, ansiedad y
depresión, configurando un terreno fértil para la aparición de ideación o conductas suicidas.
Finalmente, los factores sociales introducen un nivel adicional de complejidad: el acoso escolar, la
violencia intrafamiliar, la falta de apoyo social y el consumo de drogas o alcohol son elementos que,
en conjunto, potencian la vulnerabilidad de los adolescentes frente a la posibilidad de atentar contra su
propia vida (Brent et al., 1999).
El fenómeno requiere, además, un marco conceptual preciso para comprender las diversas
manifestaciones que abarca. En este sentido, el suicidio puede entenderse como “el acto de quitarse
deliberadamente la vida” (Organización Mundial de la Salud, 2021), mientras que la conducta suicida
engloba pensamientos, planes y acciones orientadas hacia la propia muerte (O’Connor & Nock,
2014). De acuerdo con el estudio internacional desarrollado por De Leo y Goodfellow (2021), la
terminología relacionada con estos comportamientos debe ser cuidadosamente diferenciada para
evitar confusiones diagnósticas y metodológicas. Dicho consenso propuso clasificaciones que abarcan
desde el suicidio consumado, el intento de suicidio, la autolesión, la ideación suicida, los deseos de
muerte, el plan suicida, hasta categorías específicas como el intento abortado o el intento

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interrumpido, cada una con implicaciones clínicas y preventivas diferenciadas (De Leo et al., 2021).
Esta precisión semántica no es trivial, pues permite diseñar estrategias más ajustadas de intervención
según la etapa o manifestación en que se encuentre la persona en riesgo.
Desde la perspectiva clasificatoria, tanto la CIE-11 como el DSM-5 han buscado ofrecer marcos que
delimiten estas conductas. La CIE-11 no reconoce un diagnóstico independiente para las conductas
suicidas, sino que las concibe como manifestaciones clínicas asociadas a otras patologías,
diferenciando categorías como autolesiones no suicidas, ideación suicida, comportamientos
preparatorios e intentos de suicidio (OMS, 2023). Por su parte, el DSM-5 define la conducta suicida
como “un comportamiento con la intención de morir como resultado de la acción del propio
individuo”, integrándola dentro de los síntomas de diversos trastornos psiquiátricos como la depresión
mayor, el trastorno bipolar, el trastorno límite de la personalidad o el trastorno de estrés postraumático
(Morrison, 2015). Asimismo, este manual propuso el Trastorno de Conducta Suicida como entidad en
estudio, con criterios diagnósticos específicos y especificadores de curso, como “actual” o “en
remisión temprana” (Fehling & Selby, 2021). Estas delimitaciones contribuyen a reconocer la
complejidad del suicidio no solo como un hecho aislado, sino como un fenómeno estrechamente
vinculado a múltiples condiciones psicopatológicas.
El suicidio ha sido reconocido por la Organización Mundial de la Salud como una de las principales
causas de mortalidad en la población joven, situándose como la segunda causa de muerte entre los 15
y 29 años a nivel mundial (Organización Mundial de la Salud, 2021). La magnitud del problema se
refleja en las estadísticas internacionales: un análisis global reportó que la prevalencia de intentos
suicidas en niños y adolescentes ha sido del 6% en algún momento de su vida y del 4.5% en los
últimos doce meses (Lim et al., 2019). Estos datos subrayan que la conducta suicida no es un
fenómeno marginal, sino un problema de salud pública con una alta carga de sufrimiento individual,
familiar y social.
En el caso de México, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) ha documentado un
crecimiento sostenido en la prevalencia de conductas suicidas en adolescentes. El estudio de 2006
reportaba una prevalencia de intento suicida del 1.1%, mientras que para 2018 la cifra ascendió a
3.9%.

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Posteriormente, el levantamiento de 2021 reveló un incremento al 5.3%, y en la ENSANUT Continua
2022 la prevalencia alcanzó el 6.5% en el grupo de 10 a 19 años (Reveles et al., 2021). Dicho
aumento representa más de seis veces la prevalencia registrada en 2006, lo cual pone en evidencia que
la conducta suicida entre adolescentes mexicanos no solo ha aumentado, sino que lo ha hecho a un
ritmo acelerado. Esta tendencia refuerza la urgencia de implementar estrategias de prevención más
efectivas, adaptadas a las necesidades psicosociales de los jóvenes.
La literatura científica ofrece múltiples perspectivas para comprender los factores asociados al
suicidio en adolescentes. Uno de los aspectos más discutidos es la relación entre la disfunción
emocional y la conducta suicida. Benton et al. (2021) sostienen que la impulsividad, la baja tolerancia
a la frustración y la falta de regulación emocional se asocian de manera significativa con un mayor
riesgo de ideación e intento suicida. Además, los autores subrayan que alrededor del 15% de los
adolescentes que intentan suicidarse reinciden en el plazo de un año. Esta cifra refuerza la importancia
de atender no solo los episodios iniciales, sino de diseñar estrategias de seguimiento y prevención de
la reincidencia, dado que un intento previo es el predictor más relevante para futuros intentos.
En un estudio realizado en México, Dávila-Cervantes (2019) analizó los factores asociados al intento
de suicidio en adolescentes hospitalizados. Los resultados evidenciaron que la depresión fue el factor
más significativo, presente en el 63.5% de los casos, seguida de problemas interpersonales,
dificultades familiares, antecedentes de abuso y problemas académicos. Estos hallazgos coinciden con
la literatura internacional, donde la depresión ha sido sistemáticamente identificada como un factor de
riesgo central en la génesis de conductas suicidas en población juvenil. De este modo, el abordaje
clínico debe priorizar el diagnóstico y tratamiento temprano de los trastornos depresivos, además de
incluir intervenciones orientadas a fortalecer las relaciones interpersonales y familiares.
Por otro lado, la evidencia sobre poblaciones específicas muestra que existen colectivos especialmente
vulnerables. Pérez-Brumer, Day, Russell y Hatzenbuehler (2017) llevaron a cabo una revisión
sistemática sobre el riesgo de suicidio en jóvenes transgénero, concluyendo que estos presentan tasas
significativamente más altas en comparación con sus pares cisgénero. Factores como la
discriminación, el rechazo familiar y el acoso constituyen determinantes clave en el aumento del
riesgo suicida.

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Estos hallazgos remarcan la necesidad de políticas públicas y programas de salud inclusivos que no
solo reconozcan, sino que también atiendan los desafíos particulares que enfrentan las juventudes
trans.
Un aporte fundamental a la comprensión del problema proviene de la revisión sistemática de Ati
(2021), quien identificó los principales factores de riesgo y protectores en la conducta suicida
adolescente. Entre los factores de riesgo más destacados se encuentran los trastornos mentales (OR
8.55), los antecedentes de intentos previos (OR 5.51), el abuso de sustancias (OR 3.96), la violencia
doméstica (OR 3.16) y los problemas interpersonales (OR 2.40). En contrapartida, los factores
protectores incluyen la resiliencia, el apoyo social y familiar, la religiosidad y la capacidad de
afrontamiento. Estos resultados sugieren que la prevención debe orientarse en dos ejes
complementarios: reducir los factores de riesgo y, al mismo tiempo, potenciar los elementos
protectores que puedan mitigar el impacto de las condiciones adversas.
La influencia del entorno digital ha sido objeto de creciente interés. Marchant et al. (2017) exploraron
el papel del uso de Internet en las autolesiones y las conductas suicidas en jóvenes. Los hallazgos
reflejan una dualidad: mientras que la interacción en línea puede proveer apoyo social y disminuir la
sensación de aislamiento, también puede exponer a los adolescentes a contenido gráfico, ciberacoso y
dinámicas de competencia nocivas. En este contexto, las redes sociales y los espacios digitales
representan tanto un riesgo como una oportunidad. Por un lado, pueden amplificar el riesgo de
contagio y normalización de conductas autodestructivas; por otro, ofrecen un canal de intervención y
acompañamiento si se utilizan de manera estratégica.
La victimización por violencia sexual ha sido señalada como un factor particularmente relevante en la
aparición de ideación e intentos suicidas. Baiden y Xiao (2019) encontraron que las adolescentes
víctimas de violencia sexual presentaban una probabilidad significativamente mayor de experimentar
ideación suicida y de llevar a cabo intentos en comparación con sus pares masculinos. De hecho, la
relación entre violencia sexual e ideación suicida resultó ser más fuerte en mujeres, lo que indica la
necesidad de estrategias de prevención con enfoque de género, dirigidas tanto a la atención temprana
de víctimas como a la erradicación de este tipo de violencia en contextos escolares, comunitarios y
familiares.

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Otro estudio relevante es el de Ong (2018), quien analizó una muestra de más de 1,600 pacientes
hospitalizados por trastornos mentales y encontró que el antecedente de intento previo, la depresión
mayor, los trastornos de ansiedad, el abuso de sustancias y la presencia de múltiples diagnósticos
aumentaban de manera significativa el riesgo de intento suicida. Estos resultados confirman la
importancia de una evaluación clínica integral y de programas de tratamiento multidisciplinarios que
contemplen no solo el trastorno principal, sino también la comorbilidad psiquiátrica.
En México, la investigación de García Lara (2016) en Chiapas identificó que la impulsividad y los
síntomas depresivos eran predictores robustos de la ideación suicida en adolescentes, aumentando
hasta nueve veces la probabilidad de presentarla. Este hallazgo refuerza la necesidad de estrategias de
prevención orientadas al fortalecimiento de la autoestima y la salud mental en regiones con alta
vulnerabilidad social.
Asimismo, el estudio de Arenas Monreal (2022) mostró que la implementación de programas
educativos centrados en habilidades para la vida redujo de manera significativa el riesgo de conducta
suicida en adolescentes. A través de una intervención en estudiantes de secundaria, se logró
incrementar la autoconciencia y mejorar las competencias socioemocionales, lo que evidencia la
utilidad de intervenciones escolares como herramientas preventivas.
En un análisis más reciente, Rivera-Rivera et al. (2020) reportaron que el consumo de tabaco y
alcohol se asociaba de manera significativa con la ideación e intento suicida en adolescentes, mientras
que la presencia de síntomas depresivos y antecedentes de abuso sexual multiplicaba el riesgo en
proporciones mucho más elevadas. Este hallazgo es consistente con la evidencia previa y señala que
la prevención debe considerar tanto el abordaje de adicciones como el fortalecimiento de la salud
mental.
Finalmente, el estudio de Mojica (2023), realizado durante la pandemia de COVID-19, documentó
que más del 80% de los pacientes adolescentes evaluados había intentado suicidarse en este periodo.
El aislamiento, la incertidumbre y la exposición prolongada a factores de estrés se sumaron a las
vulnerabilidades previas, aumentando la incidencia de intentos. La intoxicación con medicamentos
fue el método más frecuente, lo que también plantea la necesidad de regular el acceso a fármacos
como medida preventiva.

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El incremento sostenido de las conductas suicidas en adolescentes plantea un desafío urgente para los
sistemas de salud, las instituciones educativas y las comunidades. Aunque existen múltiples
investigaciones que han identificado factores asociados al primer intento suicida, la reincidencia
continúa siendo un aspecto menos explorado, pese a que constituye el principal predictor de un
suicidio consumado. La literatura internacional ha señalado que entre el 15% y el 30% de los
adolescentes que intentan suicidarse lo vuelven a intentar en el plazo de un año, lo cual eleva de
manera dramática el riesgo de muerte (Benton et al., 2021). Este panorama obliga a desplazar el foco
desde la prevención primaria hacia estrategias de prevención secundaria y terciaria, que permitan
reducir la probabilidad de repetición y, en consecuencia, de desenlace fatal.
La justificación de este estudio se sostiene en la necesidad de comprender con mayor profundidad los
factores específicos que conducen a la reincidencia de la conducta suicida en adolescentes. Si bien los
factores de riesgo generales han sido ampliamente documentados —como la depresión, la ansiedad, el
consumo de sustancias, la violencia familiar y los antecedentes de abuso—, resulta indispensable
analizar cómo estos interactúan en la aparición de episodios repetidos. Identificar tales factores no
solo permitirá diseñar intervenciones más focalizadas, sino que también contribuirá a mejorar los
protocolos de seguimiento en adolescentes que ya han presentado un intento previo.
En este sentido, la reincidencia en la conducta suicida debe entenderse como un fenómeno que refleja
la persistencia de múltiples vulnerabilidades. Entre ellas, destacan los trastornos mentales no tratados,
la ausencia de redes de apoyo sólidas, la exposición a contextos de violencia y la falta de acceso a
servicios de salud mental oportunos. Además, el estigma asociado al suicidio y a los trastornos
psiquiátricos en general constituye una barrera significativa que impide a los adolescentes y sus
familias buscar ayuda. Todo ello contribuye a que, una vez ocurrido el primer intento, la probabilidad
de repetición aumente si no se implementan medidas de contención inmediatas y sostenidas.
El planteamiento del problema se centra en reconocer que la conducta suicida en adolescentes y
adultos jóvenes es un grave problema de salud pública, caracterizado no solo por su elevada
prevalencia, sino por su capacidad de reincidencia. Aunque se han desarrollado intervenciones
preventivas y terapéuticas, la evidencia muestra que los adolescentes que ya han intentado suicidarse
continúan en alto riesgo.

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En consecuencia, se hace imprescindible determinar los factores asociados a la recurrencia, de manera
que los sistemas de salud puedan implementar estrategias diferenciales para este subgrupo. La
depresión, la ansiedad y el consumo de drogas y alcohol se han identificado como variables clave; sin
embargo, factores psicosociales como el aislamiento, la carencia de apoyo social y la disfunción
familiar también deben ser considerados en el análisis.
La pregunta de investigación que orienta este trabajo surge de dicha necesidad: ¿Cuáles son los
factores presentes en la reincidencia de conducta suicida en adolescentes?. Esta interrogante busca ir
más allá de la descripción de prevalencias para adentrarse en la comprensión de los determinantes
subyacentes. La respuesta a esta pregunta permitirá no solo aportar evidencia científica a un campo
aún insuficientemente explorado, sino también contribuir al diseño de políticas públicas y programas
de prevención secundaria en el ámbito de la salud mental.
Desde el punto de vista metodológico, la investigación se sustenta en dos hipótesis centrales. La
hipótesis nula (H0) sostiene que los factores presentes en la reincidencia de la conducta suicida en
adolescentes son diferentes de los reportados en la literatura, lo que implicaría la necesidad de
replantear los marcos teóricos existentes. Por el contrario, la hipótesis alternativa (H1) propone que
los factores presentes son similares a los identificados en estudios previos, lo que confirmaría la
consistencia y validez de los hallazgos internacionales en el contexto específico de la población
mexicana.
El objetivo general de este trabajo es identificar los factores presentes en la reincidencia de la
conducta suicida en adolescentes. Para alcanzar este propósito, se han planteado varios objetivos
específicos:
1. Determinar las características sociodemográficas relevantes, incluyendo edad, escolaridad, tipo de
localidad y nivel socioeconómico.
2. Describir los principales factores de riesgo asociados, tales como depresión, ansiedad, consumo
de sustancias, duelo prolongado, exposición a violencia física, violencia intrafamiliar, violencia
sexual, trastorno por consumo de drogas y disforia de género.

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El cumplimiento de estos objetivos permitirá generar un panorama más completo y matizado del
fenómeno, contribuyendo tanto al campo académico como a la práctica clínica y a la formulación de
políticas públicas.
En conclusión, la reincidencia en la conducta suicida en adolescentes representa un fenómeno que
exige ser abordado con una perspectiva multidimensional. La integración de factores biológicos,
psicológicos y sociales, junto con la consideración de contextos específicos como el uso de Internet, la
victimización por violencia sexual, la identidad de género y el consumo de sustancias, permitirá
construir un marco explicativo más robusto. Al mismo tiempo, la identificación de factores
protectores como la resiliencia, el apoyo social y la religiosidad abre la posibilidad de diseñar
programas de intervención que no solo reduzcan los riesgos, sino que también potencien las
capacidades de afrontamiento de los adolescentes. De esta manera, la investigación contribuye a
fortalecer las estrategias de prevención y tratamiento, en aras de reducir la reincidencia y, con ello, el
impacto devastador del suicidio en las familias y en la sociedad.
MATERIALES Y MÉTODOS
El presente estudio se diseñó con un enfoque descriptivo, observacional y transversal, realizado en
una sola unidad hospitalaria, con recolección de datos de manera ambispectiva. El escenario elegido
fue el Servicio de Urgencias del Hospital General de Zona Número 20 “La Margarita”, ubicado en la
ciudad de Heroica Puebla de Zaragoza, Puebla. La investigación se desarrolló durante un periodo de
seis meses, a partir de la autorización oficial del protocolo.
La población de interés estuvo conformada por adolescentes de ambos sexos, con edades
comprendidas entre 11 y 19 años, que acudieron al servicio de urgencias tras un intento suicida y que
presentaban al menos un intento previo registrado en su historial. Para participar en el estudio, los
pacientes menores de edad debieron contar con el consentimiento informado de sus tutores y con la
firma de la carta de asentimiento. En el caso de los mayores de edad, se solicitó únicamente la firma
del consentimiento informado. Se excluyeron aquellos pacientes con diagnóstico de discapacidad
intelectual, al considerarse que esta condición podría interferir con la evaluación de las variables de
interés.

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El muestreo se llevó a cabo de manera consecutiva, incluyendo a todos los pacientes que cumplieron
con los criterios de selección durante el periodo establecido. Aunque el cálculo muestral, basado en la
prevalencia nacional reportada por la ENSANUT 2022, estimaba un mínimo de 93 participantes, se
decidió ampliar la muestra a 100 adolescentes con el propósito de incrementar la robustez de los
resultados y garantizar mayor representatividad de la población estudiada.
Para la recolección de información se diseñó un instrumento estructurado, complementado con la
revisión de expedientes médicos y notas clínicas. Entre las variables exploradas se incluyeron:
características sociodemográficas (edad, sexo, escolaridad, estatus socioeconómico y tipo de
localidad), antecedentes clínicos (número de intentos previos, presencia de depresión o ansiedad,
consumo de sustancias, duelo prolongado, disforia de género y trastornos asociados al uso de drogas),
así como factores psicosociales (exposición a violencia, violencia intrafamiliar, violencia sexual, red
de apoyo social y antecedentes familiares de intento suicida).
Las entrevistas y la aplicación de los cuestionarios fueron realizadas directamente por el equipo
investigador, garantizando un ambiente de confidencialidad y respeto. Posteriormente, los datos
recolectados fueron vaciados en el programa SPSS v.25, lo que permitió realizar análisis estadísticos
descriptivos y pruebas bivariadas para explorar asociaciones entre las variables. Se utilizaron medidas
de tendencia central y dispersión, además de pruebas de normalidad, identificándose que la mayoría
de las variables no seguían una distribución normal.
El estudio se llevó a cabo con apego a los principios éticos de la Declaración de Helsinki y a las
regulaciones institucionales, asegurando la protección de la identidad y los derechos de los
participantes en todo momento.
RESULTADOS
Los resultados de este estudio denominado: “Factores presentes en la reincidencia de
conducta suicida en adolescentes”, se aplicó en 100 pacientes, en los cuales no hubo
exclusión, con rango de edad de 11 a 19 años. A continuación, en el gráfico 1, se presenta
la distribución de los pacientes estudios:
pág. 9531
72 femeninos.
100 pacientes
analizados:
28 masculinos.
0 pacientes
eliminados.
100 pacientes.
0 pacientes
excluidos.
100 pacientes
incluidos.
Gráfico 1. Flujograma de la clasificación de pacientes incluidos en el estudio
En el gráfico 2 se muestra el género de los participantes.
Gráfico 2. Género de los pacientes.
La edad de los pacientes tuvo una mediana de 14.50, (RIC 3). Al aplicar las pruebas de normalidad, se
observó que la variable edad no seguía una distribución normal, como lo confirmaron las pruebas de
Kolmogórov-Smirnov. Edad de los participantes.
Femenino
72%
Masculino
28%
Género
Femenino Masculino
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Tabla 1. Edad de los pacientes.
Estadístico
Mediana 14.50
Media 14.80
Mínimo 11
Máximo 19
Rango intercuartil 3
Kolmogórov-Smirnov (p) < .001
En la tabla 2 se muestra la edad en años de los participantes.
Tabla 2. Edad de los pacientes en años.
Edad de los participantes en años Porcentaje
11 años 2%
12 años 8%
13 años 16%
14 años 24%
15 años 9%
16 años 29%
17 años 3%
18 años 3%
19 años 6%
Se observa el grado escolar que actualmente están cursando los pacientes analizados.
Gráfico 3. Escolaridad de los participantes.
4 %
40%
50%
6%
0
10
20
30
40
50
60
Primaria Secundaria Preparatoria Licenciatura o carrera
técnica
Escolaridad actual
Porcentaje
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En la tabla 3 se muestra el estrato socioeconómico de los participantes.
Tabla 3. Estrato socioeconómico según Graffar de participantes,
Estrato socioeconómico Porcentaje
Clase l 0%
Clase ll 6%
Clase lll 88%
Clase lV 6%
En la tabla 4 se muestra el tipo de localidad en el que residen los participantes
Tabla 4. Tipo de localidad de los participantes.
Tipo de localidad Porcentaje
Rural 94%
Urbana 6%
En la tabla 5 se muestra el estado civil de los participantes.
Tabla 5. Estado civil de los participantes.
Estado civil Porcentaje
Soltero 100%
En la tabla 6 se observa el número de intentos de suicidio de los participantes.
Tabla 6. Número de intento de suicidio de los participantes.
Número de intentos de suicidio Porcentaje
Dos intentos 74%
Tres intentos 17%
Cuatro intentos 6%
Cinco intentos 3%

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En la tabla 7 se muestra diversos factores de riesgo presentes en reincidencia de conducta suicida.
Tabla 6. Diversos factores presentes en los participantes.
Factores Presente Ausente
Antecedente de trastornos depresivos 78% 22%
Trastornos de ansiedad 82% 18%
Consumo de sustancias 18% 82%
Exposición a violencia 67% 33%
Violencia sexual 30% 70%
Violencia intrafamiliar 31% 69%
Duelo prolongado 30% 70%
Red de apoyo deficiente 70% 30%
Antecedente familiar de intento de suicidio 33% 67%
Disforia de género 39% 61%
Tabla 8. Mecanismo de último intento de suicidio de los participantes.
Mecanismo de intento de suicidio Porcentaje
Intoxicación por medicamentos 83%
Cortaduras 11%
Tirarse al vacío 6%
DISCUSIÓN
El presente estudio tiene como objetivo principal identificar los factores que están presentes en la
reincidencia de conducta suicida en adolescentes, con el fin de entender mejor las dinámicas que
influyen en la repetición de estos comportamientos.
Al comparar nuestros hallazgos sobre la reincidencia en conductas suicidas en adolescentes con los
datos proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). En ambos estudios
coinciden en resaltar la vulnerabilidad de las mujeres en términos de conducta suicida. En nuestro
estudio, observamos que el 72% de los adolescentes que reincidieron en conductas suicidas son
mujeres, mientras que los hombres representan solo el 28%. Este patrón es congruente con las
estadísticas del INEGI, que muestran un incremento en la tasa de suicidio entre las mujeres jóvenes,
específicamente entre los 10 y 19 años, con un aumento de 2.91 a 3.68 por cada 100,000 habitantes
entre 2017 y 2021.

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Esta convergencia indica que, tanto en términos de intento como de reincidencia en el suicidio, las
adolescentes tienden a estar en mayor riesgo, lo que sugiere la necesidad de estrategias de prevención
enfocadas en el género femenino. El INEGI subraya las diferencias de género en términos de suicidios
consumados, con tasas más altas en hombres, mientras que nuestro enfoque pone énfasis en la
reincidencia de conductas suicidas no fatales, particularmente en adolescentes mujeres. Ambos puntos
de vista ofrecen una perspectiva complementaria para entender la complejidad del suicidio en
adolescentes (2).
Los resultados de nuestro estudio, donde se identificó que el 78% de los pacientes presentaron
antecedentes de depresión, coinciden con los hallazgos de Dávila-Cervantes (2019 Chile), donde la
depresión fue el factor más relevante en los intentos de suicidio en adolescentes (63.5%). Asimismo,
García Lara (2016) también encontró que los síntomas depresivos aumentaban nueve veces la
probabilidad de ideación suicida, lo que refuerza la relación crítica entre depresión y comportamiento
suicida. Sin embargo, nuestro análisis aporta un enfoque adicional al mostrar una relación
estadísticamente significativa entre la depresión y el género, con una mayor prevalencia en mujeres
(50%) frente a hombres (28%), con un valor p de <0.001. Este resultado subraya la necesidad de
intervenciones diferenciadas por género en la prevención de la depresión y del suicidio (13) (19).
Los hallazgos de Rivera-Rivera en la Ensanut 2018-19 sobre el consumo de sustancias y su relación
con la ideación y conducta suicida destacan el impacto del consumo de cigarrillos y alcohol en la
probabilidad de intento de suicidio. Aunque nuestro estudio no analizó el consumo de cigarrillos o
alcohol de manera específica, se encontró una prevalencia de consumo de sustancias en pacientes con
reincidencia en conducta suicida del 17.9% en hombres y 18.1% en mujeres, lo que sugiere una
relación similar entre el uso de sustancias y el riesgo de reincidencia en comportamiento suicida. Si
bien las cifras de prevalencia en nuestro estudio son más bajas en comparación con los valores de
riesgo relativos observados en el estudio de Rivera-Rivera, ambos subrayan la importancia de
considerar el consumo de sustancias como un factor de riesgo clave en la conducta suicida (21).
Los resultados de Arenas Monreal (2022), donde se observó que el 14.1% de los estudiantes había
intentado suicidarse, subrayan la importancia de las intervenciones educativas en la prevención del
comportamiento suicida y la mejora de la autoconciencia y el conocimiento sobre la depresión.

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En nuestro estudio, encontramos que el 89.3% de los hombres y el 62.5% de las mujeres presentaban
una red de apoyo deficiente, con una relación estadísticamente significativa entre género y la falta de
apoyo (p = 0.009). Esto destaca la vulnerabilidad de los adolescentes que carecen de redes de apoyo
sólidas, un factor clave en la prevención del suicidio. Las intervenciones educativas mencionadas por
Arenas Monreal, centradas en habilidades para la vida, podrían ser particularmente útiles para abordar
esta deficiencia de apoyo en nuestro grupo de estudio, ya que una red de apoyo robusta es
fundamental para mitigar el riesgo de conducta suicida en adolescentes, tanto en hombres como en
mujeres. Esto refuerza la necesidad de implementar programas comunitarios y escolares que
fortalezcan las redes de apoyo, sobre todo en contextos donde estas son insuficientes (20).
Los hallazgos de Ati (2021) y Baiden y Xiao (2019) coinciden en subrayar el impacto significativo de
la violencia, especialmente la violencia sexual, en los comportamientos suicidas en adolescentes. Ati
destaca la relación entre trastornos mentales, abuso de sustancias, violencia doméstica y relaciones
interpersonales con un mayor riesgo de comportamiento suicida, mientras que Baiden y Xiao
identificaron una asociación más fuerte entre la victimización de violencia sexual y las tasas de
ideación y tentativas de suicidio, particularmente en mujeres. Esta tendencia se ve reflejada en nuestro
estudio, donde se encontró que el 57.1% de los hombres y el 70.8% de las mujeres han estado
expuestos a violencia en diversos contextos (escuela, calle, hogar, televisión), y un 25% de los
hombres y un 33% de las mujeres han sido víctimas de violencia intrafamiliar. Además, nuestro
estudio mostró una prevalencia significativa de violencia sexual, con el 32.1% de los hombres y el
29.2% de las mujeres reportando haber sido víctimas. La victimización de violencia sexual, como
resaltan Baiden y Xiao, tiene una asociación particularmente fuerte con la ideación suicida en mujeres
(OR 2.54), un patrón que puede estar relacionado con la mayor prevalencia de violencia en mujeres en
nuestro estudio (17).
El estudio de Pérez-Brumer, Day, Russell y Hatzenbuehler (2017) destaca el papel crítico de los
factores de riesgo interpersonales en la suicidabilidad de los jóvenes transgénero, revelando que esta
población enfrenta un mayor riesgo de suicidio en comparación con sus pares cisgénero. Los autores
subrayan que la discriminación, el acoso y el rechazo por parte de la familia y amigos son factores que
contribuyen significativamente a este riesgo.

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En nuestro estudio, el 42.9% de los hombres y el 37.5% de las mujeres cumplían criterios de disforia
de género, lo que sugiere que una porción considerable de nuestra población también podría estar
enfrentando desafíos similares relacionados con su identidad de género (14).
En el estudio de Mojica (2023), se observó que el 82.1% de los 55 pacientes incluidos intentaron
suicidarse durante la pandemia de COVID-19, destacando que los adolescentes y las mujeres fueron
los grupos más afectados. Este hallazgo es consistente con los resultados de nuestro estudio, donde
también se identificó la intoxicación con medicamentos como el método más común de intento de
suicidio, registrando un 92.9% en hombres y un 79.2% en mujeres. Esta coincidencia sugiere que la
intoxicación, especialmente con fármacos, se ha convertido en un mecanismo predominante en los
intentos suicidas en diferentes poblaciones, lo que puede reflejar tanto la disponibilidad de estos
medicamentos como una elección deliberada en momentos de crisis emocional. La alta prevalencia de
intoxicación en ambos estudios destaca la necesidad de abordar el acceso y el manejo de
medicamentos como parte de las estrategias de prevención del suicidio (22).
CONCLUSIONES
El estudio permitió identificar diversos factores asociados a la reincidencia de la conducta suicida en
adolescentes. En términos sociodemográficos, se encontró una mayor prevalencia en mujeres de 16
años, con escolaridad en nivel preparatoria y pertenecientes a la clase III de la escala de Graffar, la
cual describe a familias de nivel socioeconómico medio-bajo. Además, la mayoría de los adolescentes
residían en entornos urbanos.
En cuanto a los factores clínicos y psicosociales, la mayoría de los adolescentes había realizado
conductas suicidas en dos ocasiones. Se identificó una alta presencia de trastornos de salud mental,
particularmente trastorno depresivo mayor y trastornos de ansiedad. Asimismo, la exposición a
violencia y una red de apoyo deficiente fueron elementos recurrentes en los casos analizados. En
relación con los métodos empleados, la sobreingesta de medicamentos fue el medio más frecuente en
los intentos de suicidio reincidentes.
Estos resultados evidencian la importancia de diseñar estrategias de prevención y atención integral
enfocadas en la detección temprana de problemas de salud mental, el fortalecimiento de redes de
apoyo y la regulación del acceso a sustancias potencialmente letales.

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La intervención debe ser multidisciplinaria, involucrando a la familia, el ámbito escolar y los servicios
de salud, con el objetivo de reducir la reincidencia y brindar un apoyo adecuado a los adolescentes en
riesgo.
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