HISTORIA DE LA ZOONOSIS EN MÉXICO:
UNA NARRATIVA
HISTORY OF ZOONOSIS IN MEXICO:
A NARRATIVE
Claudia Elia Villalobos Fernández
Universidad Autónoma de Sinaloa, México
Rocío Medina Dorado
Universidad Autónoma de Sinaloa, México

pág. 7119
DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v9i5.20097
Historia de la Zoonosis en México: Una Narrativa
Claudia Elia Villalobos Fernández1
cvillalobos@uas.edu.mx
https://orcid.org/0000-0002-3779-521X
Universidad Autónoma de Sinaloa
Culiacán, Sinaloa, México
Rocío Medina Dorado
rociodgep@uas.edu.mx
https://orcid.org/0009-0004-1599-05OX
Universidad Autónoma de Sinaloa
Culiacán, Sinaloa, México
RESUMEN
El presente artículo examina la evolución de las zoonosis en México, explorando la interacción entre
humanos, animales y el medio ambiente desde tiempos prehistóricos hasta el presente. Se sostiene que
esta relación ha sido fundamental para la salud pública y la demografía del país a lo largo de la
historia. A través de un análisis de datos históricos, se destacan los primeros registros de
enfermedades zoonóticas en el México prehispánico, el impacto de los intercambios microbianos
durante la época colonial, y las estrategias de salud pública implementadas en el siglo XIX.
Asimismo, se discuten los desafíos actuales de las zoonosis emergentes en el contexto de la
globalización y el cambio climático. Aunque la modernización y urbanización del siglo XX
eliminaron enfermedades como la rabia, también dieron paso a nuevas amenazas como la brucelosis,
la cisticercosis, el dengue y el COVID-19. Se concluye que es fundamental entender la historia de las
zoonosis para fortalecer el enfoque "One Health", que integra la salud humana, animal y ambiental
como estrategia preventiva frente a futuras pandemias, constituyendo así una lección de crisis
sanitarias pasadas.
Palabras clave: zoonosis, México, historia, salud pública, one health
1 Autor principal
Correspondencia: : cvillalobos@uas.edu.mx

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History of Zoonosis in Mexico: A Narrative
ABSTRACT
This article reviews the evolution of zoonoses in Mexico, exploring the interaction between humans,
animals, and the environment from prehistoric times to the present. It argues that this relationship has
been fundamental to the country's public health and demographics throughout history. Through an
analysis of historical data, the first records of zoonotic diseases in pre-Hispanic Mexico, the impact of
microbial exchanges during the colonial era, and the public health strategies implemented in the 19th
century are highlighted. The current challenges of emerging zoonoses in the context of globalization
and climate change are also discussed. Although 20th-century modernization and urbanization
eliminated diseases such as rabies, they also gave rise to new threats such as brucellosis, cysticercosis,
dengue, and COVID-19. It concludes that understanding the history of zoonoses is essential to
strengthen the "One Health" approach, which integrates human, animal, and environmental health as a
preventive strategy against future pandemics, thus providing a lesson from past health crises.
Keywords: zoonoses, Mexico, history, public health, one health
Artículo recibido 02 setiembre 2025
Aceptado para publicación: 29 setiembre 2025

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INTRODUCCIÓN
La historia de la humanidad se caracteriza por una relación continua, a menudo conflictiva, con el
medio ambiente. En este contexto, las zoonosis nos recuerdan que formamos parte de una red
biológica muy amplia y vulnerable, que ha dejado huella en la demografía y la cultura. El trabajo no
se limita a recopilar fechas o datos, sino que busca evidenciar cómo la salud animal ha influido en la
vida social y la historia de nuestro país. Se plantean algunas preguntas: ¿cómo puede una enfermedad
transmitida por murciélagos alterar el destino de civilizaciones enteras? ¿Qué enseñanzas sobre
vulnerabilidad y resistencia han dejado la brucelosis y la rabia de generaciones pasadas? La
trayectoria de las zoonosis en México ilustra el progreso de nuestra sociedad, comenzando desde las
comunidades de cazadores que respetaban la fauna hasta las ciudades que la excluyen. Este estudio
tiene como objetivo reinterpretar esta intrincada historia desde una perspectiva histórica, considerando
las epidemias no como sucesos aislados, sino como ecos de un pasado que resuenan en el presente y el
futuro.
MÉTODOS
Se realizó una revisión narrativa y cualitativa para sintetizar de manera efectiva la evidencia científica
e histórica. La búsqueda bibliográfica se llevó a cabo en bases de datos relevantes (PubMed, Scopus,
Google Scholar); utilizando descriptores como: zoonosis México, historia epidemiológica México,
enfermedades prehispánicas, salud pública colonial, rabia México siglo XIX y One Health México. Se
seleccionaron artículos revisados por pares, capítulos de libros, tesis y trabajos de archivo histórico;
en donde se excluyeron fuentes no verificadas. Este estudio se desarrolló de manera diacrónica,
incorporando aportes de la medicina, la historia y la ecología, y situando el papel de las zoonosis en
las distintas épocas de la historia de México.
JUSTIFICACIÓN
El estudio de las zoonosis a lo largo de la historia de México no solo enriquece la perspectiva
epidemiológica, sino que también se entrelaza con la historia ambiental. A través del estudio, es
posible detectar cómo los ecosistemas, las prácticas de domesticación y la urbanización han
modificado las interacciones y propagaciones de enfermedades en el país.

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El enfoque "One Health" es significativo, ya que, a diferencia de investigaciones que se limitan en una
época o enfermedad específica, ofrece una visión integral que abarca milenios y las interacciones
entre humanos, animales y patógenos. Este marco histórico y ecológico respalda la aplicabilidad del
paradigma "One Health", promovido por organizaciones como la OPS y la OIE, que consideran la
salud humana, animal y ambiental como interrelacionadas. Esta visión es más que una tendencia
pasajera; es la lección más duradera que nos han dejado pandemias pasadas.
Desarrollo del tema
México prehispánico
Además de las aplicaciones pragmáticas, la interacción entre seres humanos y los animales se
transformó en una simbiosis sagrada que definió la vida en la sociedad mexicana prehispánica (León,
2006). Esta conexión estableció la primera fase de la historia zoonótica en lo que hoy conocemos
como México, estableciendo las bases epidemiológicas que serían dramáticamente alteradas por la
conquista europea.
El perro Xoloitzcuintle (Canis lupus familiaris var. mexicanus), que servía como guía espiritual hacia
el Mictlán y compañero cotidiano (Valadez, 2003), era único en su relación con este ecosistema
cultural-biológico. Su naturaleza dual (terrenal y divina) ilustra la complejidad de las relaciones
interespecies que caracterizaron a las civilizaciones mesoamericanas. De manera análoga, el pavo
(Meleagris gallopavo) fue la primera ave domesticada en el continente americano, proporcionando no
solo alimento, sino también plumas ceremoniales y huesos como instrumentos rituales (Thornton et
al., 2012). Esta cercanía biosocial facilito el camino para episodios epidemiológicos de transmisión
zoonótica en el hemisferio occidental, permitiendo el establecimiento de patrones coevolutivos entre
patógeno y huésped que persistieron durante milenios (Diamond, 1997). La comprensión
contemporánea de las zoonosis prehispánicas se fundamenta en la innovadora combinación de la
paleopatología molecular y la etnohistoria, disciplinas que han desentrañado las huellas moleculares
de una herencia biológica milenaria (Stone et al., 2009). Sin embargo, cuando se aplican a restos
óseos precolombinos, los métodos de análisis de ADN antiguo (aDNA) muestran evidencias
contundentes de la presencia de patógenos zoonóticos que se sabe que circulaban en poblaciones
amerindias muchos siglos antes del contacto europeo.

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De este modo, se ha documentado al menos una variedad de zoonosis y patógenos zoonóticos que
existieron en el período prehispánico (Bos et al., 2014), siendo la presencia en Sudamérica del
complejo Mycobacterium tuberculosis en restos humanos prehistóricos parecería ser uno de los
primeros estudios de paleopatología molecular en el continente. Resulta novedoso e interesante el
descubrimiento de Mycobacterium pinnipedii dentro de poblaciones costeras antes del contacto y la
evidencia de rutas de transmisión desde pinnípedos marinos a seres humanos a través de la caza y el
procesamiento de estos mamíferos (Bos et al., 2014).
En el ámbito mesoamericano, los análisis osteológicos han identificado lesiones características de la
tuberculosis vertebral (enfermedad de Pott) en esqueletos del período Clásico de Teotihuacán (200-
650 d.C.), lo que sugiere que los complejos micobacterianos ya circulaban en las tierras altas centrales
mucho antes de la llegada de los europeos (Mansilla et al., 2006). La hipótesis más plausible propone
que estas infecciones se originaron por contacto con fauna endémica, especialmente venados
(Odocoileus virginianus), que funcionaban como reservorios naturales de micobacterias atípicas
capaces de infectar a humanos bajo condiciones específicas de estrés inmunológico o desnutrición
(Stone et al., 2009).
Los códices prehispánicos son archivos epidemiológicos excepcionales que registran el conocimiento
intuitivo que las civilizaciones indígenas americanas tenían sobre la naturaleza zoonótica de diversas
enfermedades (Quiñones, 1995). Las representaciones iconográficas de caninos con colmillos
prominentes, posturas agresivas y manifestaciones de hiperexcitabilidad sugieren un reconocimiento
empírico de los síntomas neurológicos asociados con la encefalitis rabiosa (Seler, 1963). Estas
representaciones visuales-simbólicas se convierten en algo más que documentación artística; se
convierten en manuales proto-veterinarios que preservan el conocimiento epidemiológico transmitido
a través de generaciones. La capacidad de los antiguos mexicanos para correlacionar características de
comportamiento anormal en sus animales de compañía refleja un nivel de observación sofisticado que
es comparable a los sistemas modernos de reporte epidemiológico (Sahagún, 1577/1969).
Para los nahuas, la enfermedad no constituía meramente un mal funcionamiento fisiológico, sino una
manifestación de la desintegración cósmica general, la ruptura de las relaciones unificadoras entre las
fuerzas humanas, naturales y divinas (López, 1980).

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Este enfoque integral de patología incluía entidades espirituales, ambientales y biológicas en una
teoría epistemológica que precede por siglos a las prácticas modernas de eco-salud. En la medicina
náhuatl, las zoonosis eran percibidas como ofensas relacionales que necesitaban remedios terapéuticos
multidimensionales, que abarcaban rituales de purificación, cambios en los sistemas de manejo animal
y el uso de remedios herbales (López, 1993). Esta intervención holística reconocía implícitamente los
vínculos epidemiológicos entre la salud humana, animal y ambiental que informan la base
contemporánea de la medicina veterinaria preventiva.
Los ticitl (curanderos tradicionales) establecieron protocolos de diagnósticos avanzados para
distinguir enfermedades de origen "natural" y de aquellas derivadas de "desequilibrios espirituales"
que se alinean con los límites modernos entre patologías infecciosas y no infecciosas (Ortiz, 1990). Su
habilidad para detectar síntomas prodrómicos tanto en humanos como en animales demuestra una
comprensión clínico-temporal del período de incubación y la evolución clínica de las enfermedades
zoonóticas.
La revolución neolítica en Mesoamérica dio lugar a nuevas dinámicas ecológicas que permitieron el
surgimiento de zoonosis indígenas (Piperno & Pearsall, 1998). Esta intensificación de las
interacciones interespecies marco el comienzo de la transición epidemiológica documentada en las
Américas, precediendo el colapso de la salud colonial por más de mil años (Armelagos et al., 2005).
Los hallazgos de su análisis retrospectivo sobre las zoonosis prehispánicas proporcionan marcos
significativos que contribuyen a la compresión de las dinámicas epidemiológicas actuales en México
(Jones et al., 2008). La prolongada coexistencia de las poblaciones amerindias y fauna endémica
fueron crucial para establecer equilibrios ecológicos, los cuales fueron drásticamente alterados por la
introducción de especies y patógenos europeos, creando las condiciones propicias para los eventos
pandémicos que caracterizaron el período colonial. La resiliencia epidemiológica de las civilizaciones
prehispánicas a las zoonosis indígenas se contraponía a su susceptibilidad frente a los patógenos
importados (Diamond, 1997). Esta lección histórica tiene una relevancia notable en la actualidad, en
un contexto de globalización biológica, en el que la rápida afluencia de especies exóticas y patógenos
emergentes reproduce, a mayor escala, los procesos observados durante la conquista del siglo XVI.

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El Período Colonial
La caída de Tenochtitlán, el 13 de agosto de 1521, no solo marco el fin de un imperio político, sino el
inicio de una revolución epidemiológica sin precedentes en la historia de las Américas (Gibson,
1964). Este acontecimiento desató lo que los epidemiólogos contemporáneos refieren como un
intercambio patógeno colombiano, una transferencia masiva y catastrófica de microorganismos que
transformo irrevocablemente el panorama de la salud en el continente americano (Diamond, 1997).
Las carabelas trajeron consigo una milicia invisible compuesta por patógenos de origen europeo y
zoonóticos (Cook, 1998). Sin ser conscientes de ello, los conquistadores transportaban en sus cuerpos
y en los de sus animales domesticados un arsenal biológico que había coevolucionado con las
poblaciones del Viejo Mundo durante milenios. Esta pesada carga patógena representaba una ventaja
evolutiva que los pueblos amerindios, que habían estado aislados en lo que hoy es Estados Unidos
durante 15,000 años, no poseían (Newson, 2006).
Esta tragedia epidemiológica fue liderada por la viruela (Variola major). Este agente, que el
historiador William H. McNeill (1976) describe elocuentemente en su obra "Plagas y Pueblos", no
solo causo estragos a la población nativa, sino que también fue un factor geopolítico crucial en la
conquista. La ausencia de inmunidad adaptativa en las poblaciones amerindias convirtió una
enfermedad endémica europea en un desastre demográfico a gran escala (McCaa, 1995). La viruela
contaba con un perfil epidemiológico altamente destructivo (Acuña et al., 2002): se transmitía por
aire a través de gotas respiratorias, tenía un periodo de incubación de 12-14 días, se propagaba de
manera asintomática, con y sin síntomas; mortalidad del 30-40% en pacientes no inmunes, inmunidad
permanente en los sobrevivientes, creando así reservorios humanos.
La introducción de ganado, cerdos y cabras facilito la llegada Brucella abortus, B. suis y B. melitensis
(Cook, 1998). Estas bacterias gramnegativas, intracelulares facultativas, encontraron un entorno
propicio para establecerse en las recién conquistadas haciendas coloniales. En estos ecosistemas, la
mezcla zoonótica favoreció la transmisión a través del contacto directo con materiales reproductivos
infectados, la ingestión de productos lácteos no pasteurizados y la inhalación de aerosoles en espacios
cerrados (Gibson, 1964).

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La brucelosis se manifestó como una fiebre inestable, erróneamente diagnosticada por médicos
coloniales educados en la medicina galénica como fiebres "terciarias" o "cuartanas", lo que llevo a la
pérdida del reconocimiento de su naturaleza zoonótica (Voekel, 2002).
Otro aspecto del colapso de la salud colonial estuvo relacionado con Mycobacterium bovis, agente
causante de la tuberculosis bovina (Lovell, 1992). Este bacilo ácido-alcohol resistente, fue reconocido
por su capacidad para cruzar especies a través de la leche cruda, identificado como un patógeno
importante en las nacientes comunidades urbanas de la Nueva España (Gibson, 1964). La enfermedad
se caracterizó por lesiones granulomatosas caseosas en los ganglios linfáticos cervicales, afectación
pulmonar secundaria en etapas avanzadas y cronicidad evolutiva que permitió la transmisión
comunitaria (Cook, 1998).
La rabia, por su parte, fue causada por el virus ARN de la familia Rhabdoviridae, cuya replicación y
propagación durante el período colonial alcanzaron niveles sin precedentes (Torquemada, 1615). Los
relatos históricos describen "perros rabiosos mordiendo a personas, generando gran miedo y
confusión", lo que coincide exactamente con los síntomas clínicos de la encefalitis rabiosa
(Torquemada, 1615). Las manifestaciones neurológicas asociadas incluyeron hidrofobia
patognomónica, hiperexcitabilidad del sistema nervioso central, parálisis flácida progresiva y 100%
de mortalidad una vez que ocurrieron los síntomas neurológicos (Cook, 1998).
La llegada ocasional de Yersinia pestis a los puertos de la Nueva España ilustra la conexión del
Nuevo Mundo con redes pandémicas globales (McNeill, 1976). Esta bacteria gramnegativa,
transmitida por la pulga Xenopsylla cheopis, estableció focos enzoóticos en áreas urbanas que
perdurarían durante siglos (Lovell, 1992). La peste se presentó en tres formas clínicas principales:
bubónica (linfadenopatía regional dolorosa), septicémica (bacteriemia masiva sin bubones aparentes)
y neumónica (neumonía primaria altamente contagiosa) (Cook, 1998).
La transformación del paisaje lacustre del Valle de México tuvo serias consecuencias epidemiológicas
(Gibson, 1964). El drenaje gradual de los lagos de Texcoco, Xochimilco y Chalco eliminó reguladores
ecológicos que habían mantenido el equilibrio de las poblaciones de vectores artrópodos durante
milenios (Acuña et al., 2002).

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Esta alteración del ecosistema facilito la proliferación de roedores sinantrópicos, la invasión de pulgas
y garrapatas, el cambio en el patrón migratorio de aves y la acumulación de desechos en entornos
urbanos (Diamond, 1997).
Tras el colapso de la salud de 1521, se establecieron patrones epidemiológicos que perduran en el
México contemporáneo (Lovell, 1992). La susceptibilidad indígena a bacterias foráneas, la presencia
endémica de zoonosis en el ganado y la conectividad global de la red de transmisión son elementos
que forman parte del entorno sanitario actual (Diamond, 1997). Esta revolución biomédica colonial no
solo marco un hito histórico, sino que fue el comienzo de un nuevo sistema epidemiológico que aún
impacta la salud y en los patrones de enfermedades en las Américas (McNeill, 1976).
Comprender estas raíces históricas resulta esencial para abordar los desafíos de salud del siglo XXI,
como el surgimiento y la propagación de nuevas zoonosis y el resurgimiento de patógenos antiguos en
contextos urbanos modernos (Cook, 1998).
El siglo XIX y principios del siglo XX.
México construyo un importante legado epidemiológico que ha estado profundamente arraigado en el
contexto social y ecológico del país desde el final de la Independencia en 1821 (Agostoni, 2003). La
nación recién formada llevaba las cicatrices demográficas del colapso colonial, así como una
infraestructura de salud disfuncional y un conocimiento médico que fluctuaba entre la tradición
galénica europea y los sistemas de curación indígenas relegados (Carrillo, 2002).
Durante el siglo XIX, se inició una lucha sistemática y organizada para controlar los brotes
zoonóticos, resultado de siglos de dominación colonial de la población. Esta transición
epidemiológica coincidió con el surgimiento de una revolución bacteriológica en Europa, creando un
contexto sin precedentes en el que una nación periférica buscaba adquirir el conocimiento científico
más avanzado de la época, adaptándolo a las realidades socioeconómicas estructurales (Cuenya,
1999).
La rabia fue la primera zoonosis abordada con métodos científicos modernos en el México
independiente. La formalización del conocimiento pasteuriano transformó la comprensión de las
enfermedades infecciosas, pasando de las teorías de miasmas y desequilibrios humorales al paradigma
microbiano contemporáneo (Azuela & Guevara, 1996).

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A finales del siglo XIX, impulsada por los avances experimentales de Louis Pasteur en Europa,
México comenzó a establecer centros especializados en el tratamiento de la rabia (Rodríguez, 1999).
Los primeros hospitales bacteriológicos en el país no solo representaron avances científicos, sino
también un progreso nacional, además de ser proyectos emblemáticos de la élite intelectual que
buscaba conectar al país con la modernidad científica internacional (Agostoni, 2003). Sin embargo, el
éxito de la vacunación contra la rabia enfrentó desafíos significativos, tanto por la oposición cultural
dentro de las comunidades rurales, así como por las complicaciones logísticas para la adquisición y
distribución del material biológico sensible. Los primeros informes reflejan las tensiones terapéuticas
y culturales surgidas por la introducción de prácticas médicas consideradas desviadas y
potencialmente peligrosas en muchas sociedades tradicionales (Cuenya, 1999).
A medida que el ganado evolucionó de las colonias hacia sistemas más extensos de
intensificación, tanto en la producción industrial como en la comercialización de productos
ganaderos, la tuberculosis bovina emergió como un problema significativo de salud pública y
carga económica en el sector ganadero (Carrillo, 2002).
Este fenómeno ha llevado a un aumento exponencial en la transmisión de Mycobacterium bovis a las
poblaciones humanas, lo cual se puede asociar directamente con el desarrollo de la industria lechera y
el incremento del consumo urbano de productos lácteos no pasteurizados. Las primeras iniciativas de
salud pública incluyeron la vigilancia sistemática de mataderos y mercados, así como la
implementación de regulaciones para la venta de leche cruda (Agostoni, 2003).
Estas acciones constituyeron los esfuerzos iniciales para establecer un sistema de vigilancia sanitaria
que uniera salud animal y humana en un programa poblacional holístico; anticipando los principios
del concepto de “One Health” se acordarían un siglo después. La inspección del ganado en los
mataderos locales había expuesto la presencia de tuberculosis, evidenciando una considerable
prevalencia de lesiones similares a la tuberculosis en los pulmones, ganglios linfáticos y membranas
serosas de animales que parecían sanos (Rodríguez, 1999).
Esos hallazgos pusieron de manifiesto la gravedad del problema y justificaron los protocolos de
incautación, los cuales generaron tensiones entre las autoridades sanitarias, los productores ganaderos
y los comerciantes urbanos, convirtiéndolos en instrumentos esenciales para el control.

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Asimismo, en este periodo iniciaron los esfuerzos coordinados para abordar las enfermedades
transmitidas por vectores, en particular la fiebre amarilla, que se consideraba una amenaza para el
Golfo de México e incluso para las rutas comerciales internacionales (Cuenya, 1999).
La introducción de medidas para el control de vectores dio inicio a una nueva era de intervenciones
ambientales, fundamentales para la salud pública del siglo XX. Los programas destinados al control
de Aedes aegypti en ciudades portuarias como Veracruz y Tampico fueron los primeros esfuerzos
coordinados entre autoridades locales, federales e internacionales. Estas acciones no solo
disminuyeron la incidencia de fiebre amarilla, sino que también sentaron las bases metodológicas para
el control de enfermedades endémicas transmitidas por vectores (Agostoni, 2003). La fumigación
sistemática de hogares, la eliminación de criaderos artificiales de mosquitos y la implementación de
cuarentenas portuarias fueron las primeras manifestaciones de la medicina preventiva basada en
evidencia científica dentro del territorio mexicano (Carrillo, 2002).
La creación de instituciones académicas especializadas estableció la base de una medicina nacional
autónoma. Asimismo, la fundación de la Academia Nacional de Medicina (1864), que incorporó
revistas científicas especializadas, ayudó a difundir el conocimiento y la organización de la
documentación de experiencias clínicas locales (Rodríguez, 1999).
Publicaciones como la Revista de la Academia de Medicina de México y los Anales de la Asociación
Larrey no solo registraron casos clínicos, sino que también fomentaron debates epistemológicos sobre
la naturaleza de las enfermedades infecciosas y la efectividad de las diversas opciones terapéuticas
(Agostoni, 2003). Estos archivos científicos sirven como recursos invaluables para comprender cómo
los médicos mexicanos del siglo XIX interpretaron, adaptaron y aplicaron los hallazgos de
investigaciones realizadas en centros académicos europeos, considerando las condiciones
epidemiológicas y socioculturales particulares del país (Cuenya, 1999).
La epidemiología de animales y humanos impulsó la creación de la medicina veterinaria como una
disciplina profesional independiente en México. La fundación de la Escuela Nacional de Medicina
Veterinaria (1853) marco un hito organizativo al formalizar la educación especialista capaces de
abordar científicamente las enfermedades de los animales domésticos (Carrillo, 2002).

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Los primeros veterinarios en México no solo atendían animales enfermos, sino que también
desempeñaban el papel de expertos en salud pública, participando en la inspección de productos de
origen animal, la creación de regulaciones de salud ganadera y la capacitación de agricultores rurales
en la prevención y control de enfermedades (Rodríguez, 1999). Esta integración de la medicina
humana y veterinaria presagió las estrategias colaborativas que caracterizan la salud pública
contemporánea, estableciendo un precedente para la cooperación intersectorial en la gestión de
problemas de salud multifacéticos (Agostoni, 2003).
La salud pública moderna
El siglo XX fue un período de optimismo en materia de salud en México, marcado por logros
significativos en la lucha contra enfermedades que durante mucho tiempo afectaron a la humanidad
(Frenk et al., 2003). Este progreso en salud se sustentó en avances notables en microbiología,
inmunología y epidemiología, lo que permitió a los científicos controlar y eliminar patógenos que
pensaban que nunca podrían erradicar. La campaña más exitosa para erradicar la viruela fue la de
vacunación masiva, que provoco un cambio dramático en las condiciones epidemiológicas del país. El
último caso de viruela documentado fue en San Luis Potosí (Wikipedia, 2024). Este logro representó
una victoria monumental: no solo se había eliminado una enfermedad que había causado estragos
incalculables, sino que también se evidenció el impacto transformador de las intervenciones de salud
pública respaldadas por evidencia.
Además, la vacunación masiva contra la rabia, que se consolidó en las décadas de 1950-1960, es uno
de los éxitos más emblemáticos de la salud pública mexicana (González et al., 2019). El país, que una
vez temió al "perro rabioso" como un agente de muerte inevitable, pudo comprobar como la ciencia
demostró que era una de las enfermedades más mortales de la humanidad. Las campañas nacionales
de inmunización antirrábica produjeron resultados extraordinarios que demuestran el poder de las
iniciativas de vacunación masiva. Los casos confirmados de rabia canina que superaron los 3000 en
1990, disminuyeron a 244 en 2000 y cayeron aún más a solo 8 casos en 2012 (Secretaría de Salud,
s.f.).
En el transcurso de dos décadas, esta reducción del 99.7% corresponde a uno de los cambios
epidemiológicos más radicales registrados en la literatura de salud internacional.

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Este fenómeno alcanzó su apogeo cuando México celebro 15 años sin casos de rabia humana
transmitida por perros (Secretaría de Salud, s.f.), posicionándose, así como un líder regional en el
control de enfermedades zoonóticas. Como consecuencia, durante las campañas anuales de
vacunación antirrábica canina y felina, aproximadamente 18 millones de animales fueron
inmunizados con la vacuna antirrábica canina de cultivo celular de alta calidad óptima (Secretaría de
Salud, s.f.). No obstante, a pesar de la erradicación de "viejos demonios epidemiológicos", la rápida
modernización del país trajo consigo nuevos desafíos en salud, algunos de los cuales fueron efectos
colaterales imprevistos del desarrollo (Tapia et al., 2006).
Debido a la agricultura industrial, la rápida urbanización y los cambios en los patrones de consumo, se
formaron diversos ecosistemas epidemiológicos que facilitaron la aparición y reaparición de zoonosis
previamente controladas. En el caso de la brucelosis, la transformación epidemiológica presenta una
paradójica. Aunque las mejoras en las condiciones sanitarias generales han tenido un impacto
importante en la propagación y prevalencia de la mayoría de las enfermedades infecciosas en la
población, los sistemas intensivos de ganado han permitido que Brucella entre en una nueva fase de
transmisión de animales a humanos (SENASICA, s.f.). La industria lechera comercial, juntos con los
mercados urbanos de productos animales no procesados, ha propiciado la difusión de este patógeno
hacia poblaciones que previamente no habían sido expuestas
La cisticercosis, causada a Taenia solium, ha emergido como un problema significativo de salud
pública, estrechamente vinculado a la urbanización descontrolada y a las persistentes condiciones
sanitarias deficientes en asentamientos periurbanos (Flisser et al., 2003). La coexistencia de
infraestructura moderna y prácticas de cría de cerdos en interiores ha generado interfaces
epidemiológicas que facilitan la transmisión del complejo teniasis-cisticercosis dentro de una
población en rápido crecimiento. En este contexto de logros paradójicos y nuevos desafíos, se
transformó un paradigma que revaloriza la salud pública: "One Health" (Zinsstag et al., 2011). Este
enfoque holístico reconoce la salud humana, animal y ambiental como componentes interconectados
dentro de un sistema complejo, que exige un tratamiento integrado y un enfoque multisectorial. El
marco de "One Health" mejora nuestra comprensión sobre la importancia de la interdependencia de la
salud humana y animal, enfatizando la necesidad de colaboración global (OMSA, 2025).

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Este concepto representa un cambio de paradigma que trasciende las divisiones tradicionales en la
medicina humana, la medicina veterinaria y las ciencias ambientales.
La estrategia de "One Health" en México exigió una reestructura organizativa para establecer el
sistema de monitoreo epidemiológico; así como la coordinación entre diversas instituciones del sector
y el desarrollo de competencias profesionales que integran los conocimientos (García-Sancho et al.,
2012). "One Health" representa un modelo holístico y colaborativo destinado a lograr un bienestar
equilibrado y optimizado de las personas, los animales y los ecosistemas (OMS, 2023). "One Health"
implicó cambios organizacionales radicales en instituciones gubernamentales y académicas, así como
en el sector privado (Romero et al., 2018). La creación de comités multidisciplinarios para la de
gestión zoonótica, la integración de sistemas de información epidemiológica entre los sectores
humano y animal, así como el desarrollo de protocolos para las iniciativas de salud pública en
situación de emergencia, fueron ejemplos concretos de esta nueva perspectiva. expresiones tangibles
de este nuevo enfoque.
Los programas de control de la brucelosis ejemplifican un enfoque integrado en el campo. Las
regiones de Sonora y el Estado de Baja California Sur han logrado erradicar la brucelosis, lo que
evidencia el éxito de la colaboración entre las autoridades de salud humana y animal (SENASICA,
s.f.). La colaboración efectiva entre veterinarios, médicos y ambientalistas no solo dependió de la
voluntad política, sino que también involucró la creación de nuevos sistemas de regulación y
financiamiento compartido, así como marcos que exigieron responsabilidad a los diversos sectores del
sistema de salud.
Implementar sistemas para vigilar enfermedades zoonóticas fue un gran reto. Requirió que distintas
instituciones con diferentes funciones y conocimientos se pusieran de acuerdo en las prácticas de
diagnóstico, la definición de casos y los procesos de notificación (Morales et al., 2017).
Durante la consolidación de la salud pública moderna, la tecnología molecular avanzó enormemente,
lo que permitió un diagnóstico de patógenos zoonóticos con una precisión nunca antes vista
(Rodríguez et al., 2015). El uso de la epidemiología molecular hizo posible rastrear las rutas de
transmisión, identificar los animales que servían como reservorios y crear intervenciones más
efectivas que en el pasado.

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Además, la genotipificación de las cepas de bacterias y virus abrió la puerta a una mejor comprensión
de la transmisión entre distintas especies. Esto permitió exponer conexiones epidemiológicas
complejas y, a menudo, ignoradas entre poblaciones humanas, animales domésticos y la fauna
silvestre (González et al., 2013).
Siglo XXI
El nuevo milenio nos ha dado una lección dura sobre nuestra vulnerabilidad global. La pandemia de
COVID-19 demostró que las fronteras políticas y geográficas no detienen a un virus (Jones et al.,
2008; Cortes, 2020).
Al igual que otros brotes recientes como el SARS-CoV-1 y el H7N9, la COVID-19 tuvo un origen
zoonótico: se transmitió de animales a humanos. En cuestión de meses, este virus pasó de un mercado
en Wuhan a paralizar la economía global y confinar a miles de millones de personas. La pandemia
dejó brutalmente claro que, en un mundo tan interconectado, los patógenos no respetan fronteras y
pueden causar estragos a nivel mundial (Woolhouse & Gowtage, 2005; Cortes, 2020).
Cada año, se descubren aproximadamente cinco nuevas enfermedades en poblaciones humanas, y más
del 75% de ellas tienen un origen zoonótico (Jones et al., 2008). La catastrófica y sistémica
destrucción de ecosistemas ha desatado un ejército de patógenos que solían estar restringidos dentro
de nichos ecológicos remotos. La degradación del hábitat puede promover procesos evolutivos
rápidos y diversidad de enfermedades, ya que los patógenos se trasladan rápidamente al ganado y a
los humanos. La deforestación en el Amazonas, la fragmentación de los bosques tropicales y la
transformación de humedales en paisajes urbanos han creado nuevas interfaces epidemiológicas
donde los patógenos salvajes acceden a potenciales nuevos huéspedes. Tal disrupción ecológica,
además de liberar virus, bacterias y parásitos previamente aislados, causa saltos de especies (eventos
de desbordamiento) que pueden llevar a pandemias globales (Plowright et al., 2017).
El comercio ilegal de vida silvestre, valorado en más de 20 mil millones de dólares anuales, es una vía
significativa para la emergencia zoonótica y es una de las rutas más mortales (UNODC, 2020). Nueve
de cada diez animales salvajes mueren en el transporte desde su hábitat natural a los mercados
comerciales, pero estos sobrevivientes estresados e inmunocomprometidos son reservorios móviles de
patógenos extremadamente virulentos.

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Las incautaciones de especies animales crecieron un 600% en México durante la pandemia, como un
ejemplo de cómo las crisis socioeconómicas exacerban los riesgos epidemiológicos. La probable
causa del COVID-19 provocada por el comercio ilegal de vida silvestre nos enseña muchas lecciones
sobre la transformación que necesita nuestra relación con la naturaleza.
Como resultado, han surgido zonas de contacto de alto volumen entre humanos y reservorios animales
de la enfermedad debido a los recursos silvestres impactados por el hombre para la agricultura, la
minería, la urbanización y el desarrollo turístico. Estas interfaces son laboratorios naturales para la
recombinación genética, la adaptación viral y la hibridación que pueden producir nuevas variedades
con mayor capacidad de transmisión entre especies (Lloyd et al., 2009). Un ejemplo interesante de
cómo la urbanización y el cambio climático impulsan el entorno epidemiológico creó el ambiente para
que prosperen las enfermedades transmitidas por vectores, a través del caso de las zoonosis, que se
puede encontrar en México. La incidencia del dengue es un problema cíclico en toda América del Sur,
América Central y México, aumentando cada 10 años en promedio, una tendencia alarmante y global.
El cambio climático ha alterado dramáticamente la ecología del mosquito del dengue Aedes aegypti,
ampliando su ubicación geográfica desde altitudes y latitudes previamente improductivas a nuevos
hábitats y zonas (Ebi & Nealon, 2016). El aumento de las temperaturas promedio, además de los
patrones de precipitación alterados y el aumento de eventos climáticos extremos, se han combinado
para producir microclimas urbanos perfectos en los que los vectores pueden reproducirse. Los
cambios en la precipitación pueden abrir hábitats nuevos o más grandes para las larvas de mosquitos,
lo que a su vez puede aumentar las poblaciones de vectores. El aumento de la temperatura puede
alterar las etapas de desarrollo larval, el tiempo de maduración de los adultos y el ciclo de replicación
viral en el vector, proporcionando condiciones favorables para la transmisión (Lambrechts et al.,
2011). La expansión urbana descontrolada de México ha ayudado a crear megaciudades caóticas con
asentamientos informales e infraestructura sanitaria inadecuada, así como un crecimiento urbano
masivo que ha permitido la construcción de sitios de reproducción de mosquitos. Neumáticos
abandonados, contenedores de agua, drenajes fallidos y techos resistentes al agua son hábitats
antropogénicos fértiles para el Aedes aegypti (Reiter et al., 2003).

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En los últimos 10 años, se ha encontrado un patrón de cambio, incluyendo una tendencia al alza del
aumento del riesgo de transmisión del dengue, principalmente en niños y jóvenes, de modo que es
probable que la transmisión sea más fuerte en ciudades densamente pobladas donde las nuevas
generaciones se exponen a una exposición nunca antes vista. Nuestra huella ecológica no es solo una
consideración ambiental externa, es un gasto clínico epidemiológico, donde las pandemias, epidemias
y emergencias de salud son nuestros costos (McMichael, 2004) que pagamos.
La propagación de zoonosis también puede ser impulsada por una revisión de las prácticas agrícolas,
particularmente en áreas en desarrollo que son más vulnerables a la destrucción del hábitat y la
interferencia humana, así como al cambio climático. Cada hectárea deforestada, cada humedal
drenado y cada tonelada de carbono puesta en la atmósfera contribuyen a perturbar los equilibrios
ecológicos ya bloqueados en esta peligrosa ecología que lo mantuvo cerrado durante miles de años. A
simple vista, esta contabilidad ecológica-epidemiológica revela los costos ocultos del desarrollo
insostenible (Patz et al., 2004).
En última instancia, la historia de las zoonosis en México, por supuesto, es una historia de resiliencia
humana, pero también sobre la fragilidad del equilibrio natural. Nos muestra que la salud no es algo
que se pueda comprar o mantener separado en hospitales de alta tecnología, es una relación creada
cada día a través de la comprensión de la naturaleza, la vigilancia constante y la cooperación solidaria
entre países, industrias y áreas científicas. Esta historia de la epidemiología cuenta para las
generaciones futuras: que estamos incrustados en los organismos vivos del planeta, y que, si queremos
sobrevivir, debemos ser capaces de vivir en cohabitación a largo plazo con la vida que vive con
nosotros y con la otra flora y fauna que cohabita con nosotros en este delicado y hermoso planeta.
CONCLUSIONES
Las zoonosis en México, como narrativa epidemiológica, es una historia extraordinaria y compleja, y
se ha convertido en un tema de mucho debate, no solo entre los investigadores médicos, sino también
entre la sociedad y la ciencia, la forma en que los patógenos y las enfermedades han evolucionado, y
el papel de las comunidades de las que dependen las especies, a lo largo de más de cinco milenios.
Basándose en el campo y más allá de él, este análisis histórico-epidemiológico ofrece una imagen
compleja de las zoonosis; no meramente como ocurrencias patológicas aisladas, sino como

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expresiones dinámicas de procesos ecológicos, socialización y perturbación humana, que han
transformado decisivamente la trayectoria de salud de la nación mexicana.
El alejamiento de los equilibrios biosociales prehispánicos, cuando las poblaciones amerindias y la
fauna endémica coexistían en armonía, hacia la crisis epidemiológica colonial, proporciona un
ejemplo de cómo las disrupciones ecológicas a gran escala pueden llevar a crisis de salud
continentales de gran magnitud. El ganado europeo y sus patógenos no solo cambiaron el panorama
epidemiológico en Mesoamérica, sino que también crearon nuevas formas de pensar sobre la
vulnerabilidad de la población que continúan moldeando las condiciones en México. Esta lección
tiene una relevancia urgente en la nueva era de globalización acelerada, cambio climático
antropogénico y destrucción sistemática de la biodiversidad, que, a una escala aún mayor, se asemejan
a las dinámicas de disrupción ecológica de la era colonial.
Los mayores logros del siglo XX, la eliminación de la viruela y el notable control de la rabia en
perros, han demostrado el impacto transformador de las intervenciones de salud pública basadas en
evidencia y la colaboración entre diferentes sectores. La disminución del 99.7% en los casos de rabia
canina entre 1990 y 2012 es uno de los logros epidemiológicos más impresionantes reportados en la
literatura de salud global, confirmando el impacto exitoso de las campañas de inmunización a gran
escala y el monitoreo epidemiológico coordinado. Pero paradójicamente, estas victorias coexisten con
la aparición de nuevas amenazas zoonóticas asociadas con la modernización económica, la
sobreurbanización, así como la intensificación de los sistemas de producción agrícola.
Con la implementación del modelo "One Health" en México siendo una verdadera reforma conceptual
por derecho propio, el concepto es que es una revolución conceptual que reconoce explícitamente la
interconexión absoluta entre la salud humana, animal y ecológica. Este marco integrador aborda tanto
los desafíos epidemiológicos actuales como recupera, en el lenguaje de la ciencia moderna, la
sabiduría integradora de los sistemas médicos prehispánicos, que concebían la enfermedad como un
desequilibrio cósmico multidimensional. Institucionalizar la colaboración intersectorial entre la
medicina humana, la medicina veterinaria y las ciencias ambientales es una innovación organizativa
fundamental para abordar las zoonosis en el nuevo siglo XXI, que presenta arreglos de transmisión
altamente complejos y multidisciplinarios, con referencias cruzadas con otros campos.

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El siglo XXI ha traído consigo una era sin precedentes de epidemiología, caracterizada por una
emergencia acelerada de patógenos zoonóticos y una amenaza de salud global que se acelera día a día.
La pandemia de COVID-19 es un recordatorio devastador de que ninguna sociedad, sin importar su
destreza tecnológica o poder financiero, es inmune a la aparición de nuevas formas de vida de origen
zoonótico. Esta crisis global expuso no solo las debilidades de los sistemas de salud nacionales, sino
también los vínculos epidemiológicos invisibles que conectan los mercados húmedos asiáticos y las
megaciudades americanas, indicando cómo en una era antropocéntrica la salud planetaria es
interdependiente. La observación histórica de las zoonosis mexicanas demuestra un tema común que
puede ayudar como referencia para futuros esfuerzos de prevención de desastres. Las poblaciones
humanas son sensibles o susceptibles a enfermedades introducidas; la vigilancia epidemiológica
temprana; el papel de la coordinación intersectorial; y el papel socioambiental en la amplificación o
contención de brotes; la historia ha sido constante en todos ellos, independientemente del tiempo, pero
relevante en un clima contemporáneo.
La historia de las zoonosis mexicanas también demuestra la importancia de preservar la variedad de
conocimientos y prácticas curativas tradicionales como un complemento crítico a nuestras soluciones
biomédicas modernas. Los sistemas médicos prehispánicos establecieron enfoques holísticos de la
salud que incluían dimensiones espirituales, ecológicas y biológicas, siglos antes de los enfoques
ecosistémicos modernos. Reconectar y revitalizar los sistemas de conocimiento ancestral en un
intercambio positivo y centrado en el ser humano con las ciencias biomédicas mejorará las estrategias
de prevención y control de zoonosis en comunidades rurales e indígenas con encuentros intensos con
fauna silvestre y doméstica.
Las demandas epidemiológicas del México actual exigen soluciones novedosas que puedan combinar
avances en tecnología con conocimientos ancestrales, coordinación entre organizaciones con
miembros locales y soluciones locales con asociaciones internacionales. La nación está en una
posición particularmente oportuna para liderar el progreso de modelos epidemiológicos que sean
sensibles a la complejidad técnica de la vigilancia molecular y al significado sociocultural de las
medidas preventivas basadas en la comunidad.

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Esta síntesis puede hacer una posible contribución al banco de conocimiento mundial de herramientas
de salud pública en la gestión de enfermedades públicas. La historia de las zoonosis en México es
realmente una historia de adaptación, ajuste y aprendizaje cooperativo de desafíos biológicos
perdurables y cambiantes. Cada era histórica ha sido un sitio de conocimiento, instituciones y
actividades que se han construido y hecho más eficientes con el tiempo para enfrentar los problemas
epidemiológicos del siglo XXI. Pero esta herencia también sugiere que la preparación para estas
nuevas zoonosis depende no solo de nuevas herramientas científicas y tecnológicas, sino también de
las transformaciones de los modelos de desarrollo económico, la urbanización sostenible y las
relaciones entre las personas y la naturaleza.
El futuro epidemiológico de México en las próximas décadas estará estrechamente relacionado con su
capacidad para seguir una estrategia integrada en el abordaje de las causas proximales y distales de la
aparición zoonótica. Algunas de las cuales incluyen mejorar la vigilancia epidemiológica, la
restauración de hábitats, el buen control del comercio de vida silvestre, fomentar una agricultura
saludable y la educación comunitaria sobre la prevención de zoonosis. Estas medidas necesitan mucho
más que compromiso político y recursos monetarios; necesitan un amplio consenso social que
reconozca la salud como un bien público fundamental, intrínsecamente entrelazado con el medio
ambiente y la justicia social.
Pero finalmente, la historia de las zoonosis mexicanas nos enseña que la salud humana y la salud
planetaria son una y la misma, y que no podemos ser una especie que viva en paz con la vasta riqueza
biológica que comparte este planeta. La lección, codificada en cinco milenios de experiencia
epidemiológica, es un legado invaluable que las generaciones sucesivas pueden sostener frente a
amenazas de salud que son demasiado vastas y complejas para comprender.
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