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sino ejes centrales de un currículo que reconocía la importancia de la expresión corporal, el ritmo, el
color y la creación para el desarrollo del pensamiento complejo. La existencia de la danza , pintura y la
música como parte del currículo fueron fundamentales ya que no sólo reforzaban las destrezas básicas
de las áreas cognitivas, sino que también contribuían al desarrollo de talentos artísticos, la sensibilidad
hacia la belleza y el arte, la valoración de la cultura nacional, expresión, autoestima, utilización correcta
del tiempo libre, concluyendo con la formación de la banda de música y grupos de danza grupos que se
constituyeron en el sello de la identidad con renombre a nivel nacional e internacional.
Asimismo, el proyecto de talleres extracurriculares, ícono de la identidad quitumbina, amplió el
horizonte de formación más allá del aula. Música, danza, oratoria, carpintería, nutrición y otras
actividades eran concebidas como espacios de aprendizaje autónomo y libre, orientados a descubrir
talentos y fortalecer las habilidades blandas de los estudiantes. Este enfoque integral apostó por la
formación de seres humanos capaces de convivir, decidir, transformar y proyectarse con sentido crítico
al mundo.
La participación activa de padres, madres en los procesos educativos evidenció otra de las premisas
fundamentales: la corresponsabilidad comunitaria. Lejos de delegar exclusivamente al sistema escolar
la formación de los niños y adolescentes, la institución promovía la construcción de una alianza
pedagógica con las familias, desde el respeto mutuo, el intercambio de saberes y la recuperación de
experiencias intergeneracionales como fuente de aprendizaje social.
En cuanto a la disciplina, Quitumbe no concibió un modelo punitivo ni de vigilancia, sino que promovió
una concepción funcional de la convivencia, basada en compromisos, acuerdos y autodisciplina. Esta
propuesta pedagógica exigía la implicación consciente de los estudiantes en su propio proceso
formativo, apelando a su autonomía, responsabilidad y capacidad de decisión.
La práctica docente, por tanto, exigía una transformación radical. Se requería un perfil de maestro
comprometido con la filosofía institucional, capaz de desaprender prácticas tradicionales y asumir la
horizontalidad, el afecto, la creatividad y la reflexión como ejes de su actuación. Como expresó Gómez
(2024) exrector: “para ser docente de la Quitumbe se necesitaba tener un corazón distinto y una cabeza
diferente; en definitiva, debía ser un profesor distinto al tradicional”.
Estas premisas fundacionales no solo constituyen el legado de la UEM Quitumbe, sino también el