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Las comunidades rurales se caracterizaban por la escasez de escuelas, la irregularidad de los docentes
y la falta de apoyo institucional, lo cual generaba discontinuidad en los procesos de aprendizaje y
desmotivación entre las niñas.
A ello se sumaban los mandatos culturales que restringían la escolarización femenina, legitimados por
la idea de que el destino de las mujeres era el matrimonio o el trabajo doméstico. La educación era vista
como innecesaria para quienes debían dedicarse a servir, cuidar o reproducir el hogar. Estas creencias,
arraigadas en las estructuras patriarcales de las comunidades, establecieron jerarquías de género que
naturalizaron la exclusión y consolidaron la desigualdad.
Además de las barreras de acceso, las mujeres identifican la discriminación lingüística y étnica como
otra forma de exclusión educativa. El sistema escolar promovía la castellanización y negaba la
legitimidad del idioma k’iche’, provocando un sentimiento de inferioridad entre las niñas indígenas.
No obstante, en la actualidad las mujeres expresan una conciencia crítica sobre la importancia de la
educación. Desde su experiencia, reconocen que el conocimiento formal ofrece posibilidades de
autonomía y empoderamiento, especialmente para las nuevas generaciones. Su reflexión evidencia una
transformación en la percepción del aprendizaje: estudiar se asocia ahora con la posibilidad de romper
los ciclos de pobreza y con el derecho a decidir sobre la propia vida.
El trabajo ocupa un lugar central en la comprensión de la exclusión. Para la mayoría, trabajar desde
niñas fue una obligación impuesta. El empleo doméstico en casas ajenas, realizado en condiciones de
explotación y discriminación, representa una de las experiencias más recurrentes. Las mujeres
reconocen que esta forma de trabajo, aunque las sometió a abusos y desigualdades, también les permitió
adquirir fortaleza, autonomía parcial y un sentido de responsabilidad para apoyar el sustento familiar.
El trabajo femenino en contextos rurales ha sido invisibilizado y desvalorizado, considerado una
extensión de las tareas domésticas. A ello se suman las múltiples violencias que enfrentan en los
espacios laborales, incluyendo el acoso, la explotación y, en casos extremos, el abuso sexual. Estas
experiencias reflejan la intersección entre género, clase y etnicidad como ejes de desigualdad que
limitan las posibilidades de desarrollo de las mujeres indígenas.
A pesar de estas condiciones adversas, las mujeres muestran una notable capacidad de acción. Su
participación en actividades productivas, artesanales o comunitarias ha permitido construir redes de