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del trabajo cotidiano de quienes la hacen posible. Estas posibilidades formativas cobran sentido en
escenarios educativos particulares, como aquellos que se configuran en las zonas rurales y marginadas
donde opera el CONAFE, en los que se desarrolla este modelo de carácter semiescolarizado.
La labor docente implica más que transmitir conocimientos: requiere diseñar experiencias significativas,
generar un clima afectivo y establecer vínculos con las familias, lo que exige formación continua para
reflexionar y adaptarse a los desafíos actuales (Herrera y Mijangos, 2018; citado en Zavala y Rivera,
2023). Esta exigencia pedagógica recae directamente en los Educadores Comunitarios, quienes, en su
mayoría, son jóvenes recién egresados de estudios de nivel medio superior o superior. Si bien los
Educadores Comunitarios se incorporan con trayectorias formativas diversas, su inserción temprana al
servicio implica procesos de aprendizaje intensivos que se construyen progresivamente en la práctica.
Como consecuencia, se genera una disonancia pedagógica entre los postulados del modelo formativo y
las condiciones operativas del servicio, brecha que se vuelve evidente en el aula y repercute tanto en la
calidad del aprendizaje como en la motivación de los estudiantes.
Desde la literatura sobre formación docente, se ha señalado que, aun cuando los programas educativos
contemplan procesos de capacitación inicial y continua, estos no siempre logran responder plenamente
a las dinámicas del aula ni a las particularidades de los contextos en los que se implementan. A menudo,
el acompañamiento pedagógico resulta distante, teórico o poco contextualizado, lo que dificulta su
aplicación práctica. Ante esta brecha entre teoría y práctica, los educadores recurren a soluciones
improvisadas, basadas en la intuición, el ensayo y error debido a carencias en su formación, lo cual
permite sugerir una formación docente concebida como un proceso dinámico y contextualizado,
vinculado a la práctica cotidiana y orientada al desarrollo profesional continuo. Cuando esta
capacitación eficaz se fomenta, fluye de manera natural el aprendizaje dialógico, el trabajo colaborativo
y la reflexión constante (Marcelo y Vaillant, 2009); complementado con el desarrollo profesional, que
debe ser continuo, contextualizado y construido desde las experiencias reales del aula, respondiendo a
las demandas concretas del entorno escolar (Day, 2005). A esta mirada se suman Zavala y Rivera (2023)
quienes advierten que, en el caso del CONAFE, la incorporación de las figuras educativas ocurre de
manera acelerada y con apoyos institucionales que no siempre se ajustan a las particularidades del medio
en que se desempeñan.