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significa ser un ser que piensa y que es consciente de su propia finitud. Es la dimensión que analiza
nuestra posición en el cosmos y nuestra libertad frente a los instintos biológicos.
Finalmente, la relación mente-cuerpo en la actualidad unifica estas visiones al superar los antiguos
dualismos. Hoy, gracias a los avances en las neurociencias y la psicología, comprendemos al ser
humano como una unidad psicofísica integral. Lo que sucede en nuestra biología (el cuerpo) afecta
nuestra psique (la mente) y viceversa. En la educación contemporánea, este enfoque es crucial: no se
instruye a un cerebro aislado, sino a una persona completa donde la emoción, la salud física y la
capacidad intelectual operan como un solo sistema.
Esta pluralidad de enfoques científicos nos conduce a una conclusión fundamental sobre nuestra
naturaleza. Como señala el autor, “en este plano gnoseológico, el ser humano queda delimitado dentro
del género animal por la racionalidad humana como diferenciación específica” (Pérez, 2011, pág. 36).
Esta distinción no es solo un rasgo intelectual, sino la facultad que nos permite integrar nuestras
dimensiones biológica, filosófica y psicofísica en una identidad única y operativa.
Esta condición nos coloca en la cúspide de la supervivencia: como seres racionales, no solo
reaccionamos al entorno, sino que usamos el pensamiento y el lenguaje para el progreso y la evolución.
A diferencia de otras especies, cuya subsistencia depende de instintos rígidos o defensas biológicas
limitadas, el ser humano posee una plasticidad cerebral que le permite transformar el medio ambiente
en lugar de solo adaptarse a él. Estar en esta "cúspide" implica que nuestra mayor herramienta de
defensa no es la fuerza física, sino la capacidad de anticipar problemas, diseñar herramientas complejas
y, sobre todo, transmitir ese conocimiento a través del tiempo.
“En síntesis por la educación, se lleva a cabo la modulación cultural de lo biológico. Y también, gracias
a la educación, aumentan sus posibilidades de creación, argumentación y crítica, de individualización
y desarrollo personal, en un proceso que dura toda la vida, y es a su vez generador de cultura” (Pérez,
2011, pág. 39). Es el elemento que faculta al ser humano para dejar de ser un simple organismo
biológico y convertirse en un sujeto capaz de crear arte, leyes y ciencia. Sin embargo, esta posición
privilegiada es frágil: depende enteramente de la educación. Si el proceso de transmisión cultural se
detuviera, el ser humano perdería la ventaja competitiva que su "diferenciación específica" le otorga,