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para interpretar lo que pasa en el aula, en el barrio, en el territorio (MEN, 2010). Esto no significa
abandonar la tradición filosófica; significa que la tradición funciona mejor cuando se pone a conversar
con dilemas contemporáneos y con los modos reales en que los estudiantes leen, se motivan (o se
desconectan) y toman postura.
Entre las estrategias sugeridas se encuentran:
(a) materiales concretos y recursos visuales para representar ideas abstractas (modelado, ilustración,
cómic, historieta filosófica, performance).
(b) uso de textos narrativos y discontinuos (cuentos, viñetas, memes, caricaturas, ensayos breves) para
abrir la lectura crítica desde situaciones cotidianas.
(c) proyectos de indagación contextual (entrevistas, observación de realidades locales, diálogo con la
comunidad) que muestren la filosofía como herramienta para interpretar el territorio.
(d) expresiones artísticas y dramatizaciones (teatro, títeres, dilemas morales representados) que
incorporen cuerpo y emoción como lenguajes de comprensión.
El hilo conductor es sencillo, pero exigente: que la filosofía sea menos transmisión y más ejercicio.
Dicho de otro modo, que se aprenda a pensar filosóficamente leyendo y produciendo sentido en
múltiples formatos, y no solo “repitiendo” contenidos. Cuando las actividades se organizan así, se
favorecen de manera más orgánica la lectura crítica, la argumentación, la clarificación conceptual, el
juicio ético, la creatividad y la escritura reflexiva, sin romper la seriedad académica del área, pero
evitando que se vuelva lejana o puramente memorística.
CONCLUSIONES
El análisis de políticas recientes, planes de área y percepciones estudiantiles reafirma un punto central:
la filosofía no es solo una asignatura “de relleno”, sino un ejercicio intelectual que puede fortalecer
pensamiento crítico, argumentación, lectura comprensiva y reflexión ética. En ese horizonte formativo,
también aporta al autoconocimiento y a la toma de postura ante problemáticas sociales.
Ahora bien, los resultados muestran una convivencia tensa de prácticas. Por un lado, se identifican
experiencias pedagógicas transformadoras, coherentes con las competencias crítica, dialógica y creativa
del Documento 14; por otro, persisten enfoques predominantemente historicistas y desarticulados. Esta
fractura se agrava cuando el currículo no conversa con la evaluación: la ausencia de un reconocimiento