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la lectura, lo que favorece su autonomía intelectual y su rendimiento en distintas áreas del currículo
educativo (Saavedra et al., 2025). Además, se percibe como una competencia transversal que posibilita
la construcción de posturas personales fundamentadas, transforma el conocimiento y los prepara para
participar en su proceso de aprendizaje y en la sociedad (Cáceres et al., 2025). Así, desarrollar estas
habilidades desde los primeros niveles educativos contribuye a formar ciudadanos reflexivos y
competentes frente a la gran cantidad de información disponible y a los retos del siglo XXI.
La crítica tiene su origen en la filosofía y se vincula con la capacidad de emitir juicios fundamentados a
partir de normas de significado, lo cual ha dado lugar a diversas corrientes teóricas como la teoría crítica,
la pedagogía crítica y la lectura crítica (González, 2020). Desde esta perspectiva, la crítica se relaciona
con la conciencia histórica, la acción comunicativa y la construcción de identidad a través del diálogo y
el disenso, lo que permite la generación de conocimiento y la comprensión del otro en contextos sociales
y culturales específicos (Habermas, 1998; Romero & Ramírez, 2021).
Ser crítico implica una habilidad individual orientada a la comprensión, el análisis y la evaluación de
ideas presentes en los discursos, lo cual exige una postura reflexiva y argumentada frente a la
información (Luke, 2004; Morales, 2022). En este marco, la lectura crítica permite identificar
intencionalidades, ideologías y supuestos implícitos en los textos, evita la aceptación acrítica de la
información y favorece la construcción de interpretaciones sustentadas en evidencias y razonamientos
lógicos (Fonseca, 2021; García, 2019). Este tipo de lectura reconoce que el discurso no es neutral, sino
que refleja relaciones de poder, valores y contextos sociales que deben ser analizados y cuestionados
(Vásquez, 2020; Sarango, 2020).
La lectura crítica se desarrolla a partir de distintos niveles de comprensión: literal, inferencial e
intertextual, los cuales permiten al lector captar la información explícita, deducir significados implícitos
y valorar la validez y relevancia del contenido (Espinoza & Rivadeneira, 2022). El fortalecimiento de
estas habilidades, junto con la argumentación y la metacognición, resulta fundamental en el ámbito
educativo para mejorar la comprensión lectora, promover el pensamiento autónomo y favorecer la
participación activa del estudiantado en la construcción del conocimiento (Pérez, 2022; Franco &
Montoya, 2021). Asimismo, el acompañamiento docente y el uso de estrategias colaborativas
contribuyen a consolidar lectores críticos capaces de enfrentar textos complejos y los retos del contexto