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que hoy en día la mayoría de las actividades escolares, administrativas e incluso personales se hacen en
línea. En este sentido, hay una clara necesidad de que las instituciones educativas asuman un rol más
activo, no solo informando a los estudiantes, sino enseñando con ejemplos, simulaciones y casos reales
qué hacer ante situaciones como correos sospechosos, enlaces falsos, robo de identidad o ciberacoso.
Las respuestas a las preguntas abiertas también aportan información muy valiosa. Varios estudiantes
dijeron que usan contraseñas difíciles, que activan alertas de inicio de sesión o que no comparten sus
datos con nadie. Incluso hubo quienes mencionaron el uso de VPN, navegación en modo incógnito y
autenticación biométrica. Esto muestra que algunos ya han incorporado medidas más avanzadas en su
rutina digital, lo cual es positivo. Sin embargo, también hubo respuestas que revelan desinformación o
falta de acciones concretas. Algunos estudiantes dijeron que usan la misma contraseña para todo, que
no toman ninguna medida o que no saben qué podrían hacer en caso de recibir un intento de fraude.
En cuanto a los riesgos que perciben, las respuestas fueron bastante consistentes. La mayoría mencionó
el robo de información, extorsiones, hackeos, fraudes, acoso y manipulación por parte de personas
desconocidas. Este nivel de conciencia es un buen punto de partida, ya que demuestra que los estudiantes
están expuestos a estos temas y que los reconocen como amenazas reales. El problema es que, aunque
identifican los riesgos, no siempre saben cómo prevenirlos o cómo actuar si llegaran a enfrentar alguno.
Otro aspecto interesante fue lo que respondieron cuando se les preguntó qué les gustaría aprender o
reforzar. Muchos mencionaron temas muy concretos: cómo crear contraseñas más seguras, cómo
proteger sus cuentas, cómo identificar correos maliciosos y qué hacer si los hackean. Esto indica que
hay interés y apertura para aprender, pero también que no se les ha proporcionado información suficiente
o accesible. En algunos casos, los estudiantes simplemente respondieron “todo” o “no sé”, lo cual
refuerza la idea de que falta una guía clara sobre qué significa estar seguro en línea.
Por último, las recomendaciones que los propios estudiantes dieron a sus compañeros reflejan una
cultura emergente de autocuidado digital. Les sugieren no compartir contraseñas, no abrir correos o
enlaces de desconocidos, tener cuidado con lo que publican y no confiar en cualquiera en internet. Estas
respuestas muestran que sí hay una conciencia colectiva que puede aprovecharse como punto de partida
para proyectos educativos donde los mismos jóvenes compartan buenas prácticas entre sí.