TEJIDOS DE RESISTENCIA: SABERES
ANCESTRALES EN LA LUCHA CONTRA
LA EXCLUSIÓN SOCIAL
WEAVINGS OF RESISTANCE:
ANCESTRAL KNOWLEDGE IN THE STRUGGLE
AGAINST SOCIAL EXCLUSION
Ronald Cristhopper López Figueroa
Universidad de San Carlos de Guatemala
pág. 13757
DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v10i1.23230
Tejidos de Resistencia: Saberes Ancestrales en la Lucha contra la
Exclusión Social
Ronald Cristhopper López Figueroa1
crislofi@gmail.com
Universidad de San Carlos de Guatemala,
Escuela de Trabajo Social
Guatemala
RESUMEN
El artículo tuvo como objetivo comprender los significados que las mujeres indígenas atribuyen a sus
saberes ancestrales como recursos para enfrentar y resignificar situaciones de exclusión social en
comunidades mayas del municipio de Chichicastenango, Quiché, Guatemala. Desde un enfoque
cualitativo e interpretativo, y mediante un diseño fenomenológico, se analizan las experiencias de
mujeres indígenas a partir de entrevistas en profundidad y un grupo focal, priorizando la construcción
de significados desde sus propias narrativas y prácticas culturales. Los resultados muestran que los
saberes ancestrales, expresados de diversas formas y articulados con los valores comunitarios,
constituyen formas de conocimiento e identidad colectiva. Estos saberes permiten a las mujeres sostener
la vida cotidiana, fortalecer el tejido comunitario y desarrollar estrategias de resistencia frente a
contextos de desigualdad estructural. Aunque la exclusión social se manifiesta en limitaciones
persistentes en el acceso a la salud y el trabajo, las mujeres resignifican estas experiencias desde su
propio contexto. El estudio plantea que la exclusión social debe entenderse como un proceso histórico
y estructural atravesado por desigualdades de género y etnicidad. Asimismo, los saberes ancestrales
funcionan como mecanismos de protección social no institucionalizados y como una base para el
desarrollo humano desde una perspectiva comunitaria e intercultural.
Palabras clave: saberes ancestrales, mujeres indígenas, exclusión social, desarrollo humano
1
Autor principal.
Correspondencia: crislofi@gmail.com
pág. 13758
Weavings of Resistance: Ancestral Knowledge in the Struggle Against
Social Exclusion
ABSTRACT
The article aimed to understand the meanings that Indigenous women attribute to their ancestral
knowledge as resources to confront and re-signify situations of social exclusion in Maya communities
of the municipality of Chichicastenango, Quiché, Guatemala. From a qualitative and interpretive
approach, and through a phenomenological design, the study analyzes Indigenous women’s experiences
based on in-depth interviews and a focus group, prioritizing the construction of meanings derived from
their own narratives and cultural practices. The results show that ancestral knowledge, expressed in
diverse ways and articulated with community values, constitutes forms of knowledge and collective
identity. These forms of knowledge enable women to sustain everyday life, strengthen the community
fabric, and develop strategies of resistance in contexts of structural inequality. Although social
exclusion is manifested in persistent limitations in access to health and employment, women re-signify
these experiences within their own context. The study argues that social exclusion should be understood
as a historical and structural process shaped by gender and ethnic inequalities. Likewise, ancestral
knowledge functions as a non-institutionalized social protection mechanism and as a foundation for
human development from a community-based and intercultural perspective.
Keywords: ancestral knowledge, indigenous women, social exclusion, human development
Artículo recibido 19 enero 2026
Aceptado para publicación: 25 febrero 2026
pág. 13759
INTRODUCCIÓN
Los saberes ancestrales de las mujeres indígenas en países como Guatemala constituyen un recurso
necesario para la construcción de identidad, la organización comunitaria y el fortalecimiento de su
capacidad de acción frente a las adversidades de su contexto social. A través de prácticas culturales,
conocimientos ancestrales y formas propias de cooperación, las mujeres generan estrategias de
subsistencia, solidaridad y empoderamiento que les permiten sostener la vida cotidiana y proyectar
procesos de transformación social. En este marco, la exclusión social se sustenta en desigualdades
históricas de género, etnicidad y condición socioeconómica; no obstante, los saberes permiten
resignificarla y enfrentarla mediante prácticas de resistencia, cohesión y construcción de inclusión
social (Santos, 2014).
Partiendo de los aportes de Berger & Luckmann (2001), los saberes pueden entenderse como
construcciones colectivas que emergen de la experiencia social y de los procesos de interacción
simbólica desarrollados en la vida comunitaria y en relación con el territorio. Los saberes responden a
procesos mediante los cuales se conforman significados compartidos que orientan la acción y la vida
colectiva. En esta perspectiva, el conocimiento adquiere sentido en tanto posibilita el ejercicio de
capacidades y empoderamiento, lo que converge con el enfoque de desarrollo humano al concebir el
saber cómo parte de la libertad y el bienestar (Sen, 2000).
Según lo plantea Harding (1996), las teorías feministas permiten problematizar las relaciones de poder
que atraviesan la producción y validación del conocimiento, visibilizando la subordinación histórica de
los saberes indígenas y femeninos. Desde este punto de vista, los saberes ancestrales que poseen las
mujeres se trazan como formas de conocimiento, legitimados por procesos comunitarios de
reconocimiento y confianza. Esta forma de legitimación desafía las jerarquías hegemónicas y se
plantean en una propuesta alternativa que valora la relación entre espiritualidad y saber femenino como
fuentes válidas de conocimiento, en consonancia con los planteamientos críticos y decoloniales
(Rodríguez Garat, 2023).
Desde una lectura crítica, los saberes ancestrales asociados al territorio expresan racionalidades no
hegemónicas que articulan naturaleza, espiritualidad y reproducción social (Escobar, 2014). Estas
racionalidades se oponen a las lógicas extractivistas y utilitaristas del desarrollo dominante, al concebir
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la relación con la Madre Tierra desde principios de reciprocidad, equilibrio y cuidado. En términos
teóricos, estos saberes pueden ser interpretados como fundamentos de una sostenibilidad comunitaria
que dialoga con el enfoque de desarrollo humano sostenible, al integrar dimensiones culturales,
ambientales y éticas como ejes centrales del bienestar colectivo (PNUD, 2024).
La exclusión social que enfrentan las mujeres indígenas no puede entenderse como resultado de
condiciones individuales, sino como una consecuencia de estructuras económicas, sociales e
institucionales que reproducen la desigualdad. Como advierte Carrasco Fernández (2017), la pobreza y
la exclusión responden a dinámicas estructurales que limitan el acceso a derechos y oportunidades. En
este sentido, la exclusión se manifiesta como un entramado de restricciones materiales, relacionales e
institucionales que afectan sobre todo a las mujeres indígenas, tal como lo plantea Jiménez Ramírez
(2008).
En el contexto guatemalteco, marcado por el racismo y la discriminación hacia las mujeres indígenas,
la exclusión social se ve agravada por la falta de reconocimiento de sus saberes y experiencias (Navarro
Miranda, 2023). Frente a esta realidad, los saberes ancestrales y las formas propias de organización
comunitaria se constituyen en estrategias de resistencia y dignificación. Escuchar y visibilizar las voces
de las mujeres indígenas permite comprender la exclusión desde una perspectiva comunitaria y
reconocerlas como autoridades epistémicas y productoras de conocimiento desde sus experiencias de
opresión y resistencia, aspecto fundamental para orientar intervenciones y políticas públicas
interculturales basadas en la equidad y el respeto a la diversidad cultural (Cumes, 2012).
El marco teórico del estudio se articula a partir del paradigma constructivista, en diálogo con los aportes
de la teoría feminista, la teoría crítica y el enfoque de desarrollo humano. Desde el constructivismo, la
realidad se concibe como un proceso socialmente construido, ya que “la realidad se construye mediante
el interaccionismo simbólico de los sujetos que conforman un grupo social (Ramos, 2015). En este
marco, las teorías feministas ofrecen una lectura crítica de las relaciones de poder y de las formas de
subordinación de género, al problematizar las estructuras sociales, económicas y culturales que
reproducen la desigualdad entre hombres y mujeres. En esta línea, Nussbaum (2002), sostiene que la
justicia social debe atender las condiciones reales de vida de las mujeres, reconociendo las restricciones
que enfrentan para desplegar plenamente sus capacidades humanas.
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De manera complementaria, la teoría crítica aporta una perspectiva orientada a la transformación social,
al cuestionar las estructuras de poder que sostienen la desigualdad y la exclusión (Habermas, 1987). Por
su parte, el enfoque de desarrollo humano enfatiza la ampliación de capacidades y libertades como
fundamento de la inclusión social.
Desde la propuesta de Sen (2000), el desarrollo se concibe como un proceso orientado a la ampliación
real de las opciones de vida disponibles para las personas, más allá de indicadores puramente
económicos. En este sentido, la libertad se entiende simultáneamente como medio y como fin del
desarrollo, y la expansión de capacidades educativas, económicas, sociales y políticas se constituye en
una base esencial para reducir la exclusión y promover la justicia social.
La investigación se sitúa en Guatemala, específicamente en las comunidades de Quiejel, Camanchaj y
Chontalá, en el municipio de Chichicastenango, departamento de Quiché, territorios donde la cultura
maya y las prácticas comunitarias constituyen matrices fundamentales de sentido y acción colectiva. En
estos espacios, las mujeres participan en procesos organizativos vinculados a la producción artesanal
que, más allá de su dimensión económica, operan como tejidos de resistencia sustentados en saberes
ancestrales, vínculos comunitarios y formas propias de organización. Desde estas experiencias, las
mujeres construyen y resignifican sus saberes como recursos para la acción colectiva, mediante los
cuales interpretan, confrontan y buscan superar las múltiples expresiones de exclusión social que
atraviesan su vida cotidiana.
El estudio responde al objetivo de identificar y comprender los significados que las mujeres indígenas
atribuyen a sus saberes ancestrales como recursos para enfrentar y superar situaciones de exclusión
social. Desde un enfoque cualitativo e interpretativo, la investigación no parte de hipótesis previas, sino
que privilegia las percepciones construidas por las propias participantes a partir de sus experiencias. En
este marco, el artículo busca aportar al debate académico sobre la exclusión social incorporando la
perspectiva de los saberes ancestrales como tejidos de resistencia, así como generar evidencia empírica
que contribuya a la formulación de políticas públicas y estrategias de intervención social orientadas a
la inclusión y la equidad con pertinencia cultural e intercultural.
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METODOLOGÍA
El estudio se inscribe en el paradigma constructivista, el cual, como plantea Ramos (2015), entiende la
realidad como una construcción social que se produce a partir de la interacción simbólica entre las
personas y su contexto. Desde esta perspectiva, la investigación se desarrolló bajo un enfoque
cualitativo, al priorizar la comprensión profunda de los significados que las mujeres indígenas atribuyen
a sus experiencias de exclusión social. En este sentido, Quecedo & Castaño (2002), señalan que la
investigación cualitativa permite aproximarse a la realidad social desde las interpretaciones de los
propios participantes, centrando el análisis en los sentidos y significados que otorgan a sus vivencias.
En coherencia con ello, el estudio privilegia las experiencias narradas por las mujeres por encima de la
cuantificación de los datos, con el propósito de visibilizar la complejidad de las interacciones humanas
y los contextos en los que estas se desarrollan. Asimismo, la investigación se fundamenta en los aportes
de la teoría feminista, la teoría crítica y el enfoque de desarrollo humano, los cuales orientan el análisis
de las relaciones de poder, la ampliación de capacidades y la equidad social.
La investigación se desarrolló con un alcance exploratorio, el cual, como señalan Hernández-Sampieri
& Mendoza Torres (2018), resulta pertinente cuando se aborda un problema poco estudiado o sobre el
cual existe información escasa. Esta elección metodológica se justifica debido a que el fenómeno
analizado ha sido escasamente explorado en el contexto guatemalteco. En cuanto al diseño
metodológico, se optó por un enfoque fenomenológico, ya que, de acuerdo con Fuster Guillen (2019),
este método permite adentrarse a las experiencias de vida tal como son vividas por las personas,
orientándose a describir su estructura esencial y a comprender los fenómenos desde la perspectiva de
quienes los experimentan.
La muestra fue de tipo intencional y se definió en función de la pertinencia de las participantes y su
conocimiento del fenómeno analizado. La investigación se desarrolló con veintiún mujeres indígenas
de las comunidades de Quiejel, Camanchaj y Chontalá, ubicadas en el municipio de Chichicastenango,
departamento de El Quiché, Guatemala.
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Tabla 1 Características de las informantes por comunidad
Comunidad
Cantidad
Edad
Escolaridad
Camanchaj
6
26 60
Primaria incompleta o sin
escolaridad (1 con nivel
universitario)
Chontalá
8
27 72
Sin escolaridad o Primaria
completa
Quiejel
6
22 66
Primaria incompleta o sin
escolaridad
Chichicastenango
1
65
Primaria incompleta
La generación de información se realizó mediante entrevistas en profundidad y un grupo focal,
diseñados para comprender los relatos, interpretaciones y sentidos que las mujeres construyen a partir
de sus saberes ancestrales y la forma en que enfrentan la exclusión social a partir de estos. Para ello, se
utilizaron guías de carácter semiestructurado que permitieron combinar la exploración sistemática de
los temas de interés con la apertura a nuevas narrativas surgidas en el proceso. Dichos instrumentos
fueron sometidos a un proceso previo de validación, asegurando su adecuación cultural y lingüística al
contexto comunitario en el que se desarrolló la investigación.
En el desarrollo de la investigación se atendieron las consideraciones éticas, asegurando la participación
libre y voluntaria de las mujeres mediante procesos de consentimiento informado, así como la
protección de la confidencialidad de sus relatos y el respeto a sus prácticas y expresiones culturales.
El trabajo de campo se sustentó en una relación de carácter horizontal entre el investigador y las
participantes, reconociendo sus saberes ancestrales y experiencias como fuentes legítimas de
producción de conocimiento.
La población participante estuvo conformada por mujeres indígenas de las comunidades de Quiejel,
Camanchaj y Chontalá, en el municipio de Chichicastenango, departamento de Quiché. La selección de
las participantes se realizó a partir de criterios de inclusión que consideraron a mujeres mayores de
edad, residentes en las comunidades objeto de estudio y vinculadas a procesos organizativos
comunitarios.
Como parte de las limitaciones del estudio se reconoce que su carácter cualitativo y contextualizado,
así como la subjetividad inherente al proceso interpretativo, no permite la generalización de los
resultados a otros grupos o territorios.
pág. 13764
No obstante, esta misma característica constituye una fortaleza del diseño fenomenológico, en tanto
posibilita una comprensión profunda y significativa de las experiencias, percepciones y sentidos
construidos por las mujeres en relación con sus saberes ancestrales y las estrategias que encuentran en
estas para enfrentar la exclusión social.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
El análisis de los relatos revela que los saberes de las mujeres indígenas de Quiejel, Camanchaj y
Chontalá constituyen una fuente de resistencia, identidad y reconstrucción comunitaria frente a las
múltiples formas de exclusión social. Estos conocimientos se centran en las prácticas ancestrales o
técnicas artesanales y además representan un sistema de valores, creencias y vínculos espirituales que
sostienen la vida cotidiana y fortalecen el tejido social. A través de sus saberes, las mujeres resignifican
la exclusión, la pobreza y el dolor, transformándolos en aprendizaje, solidaridad y esperanza.
La tabla que se presenta a continuación sistematiza las categorías temáticas y emergentes construidas a
partir del análisis de los testimonios y experiencias compartidas por las mujeres participantes. Dichas
categorías dan cuenta de diversas dimensiones asociadas a los saberes ancestrales, prácticas culturales
y formas propias de organización, que orientan sus procesos organizativos comunitarios frente a
contextos de exclusión social. Cada categoría analítica integra subcategorías surgidas durante el proceso
de interpretación cualitativa, lo que permite una comprensión más contextualizada de las realidades
vividas en los distintos ámbitos abordados por la investigación.
Tabla No. 2 Categorización de los resultados
Categoría
Categorías emergentes
Saberes ancestrales, conocimientos
tradicionales y su transmisión
Las abuelas comadronas
Las plantas medicinales
Prácticas alimenticias y agrícolas ancestrales
Las practicas del temazcal y la piedra de moler
La identidad cultural
Espiritualidad, religiosidad y conexión
con la comunidad
La religión como medio de resiliencia
Las iglesias como espacios de encuentro
Tejidos e hilos: transmisión, relevo y
significado
Tejidos como herencia ancestral
Simbología en la indumentaria
Tejidos y su aporte a la economía e independencia
Tejidos como terapia emocional y resiliencia
Transmisión
Valores de solidaridad
Prácticas y costumbres solidarias
Redes de apoyo
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Los hallazgos se agrupan en cuatro dimensiones interrelacionadas: los saberes ancestrales y su
transmisión intergeneracional; la espiritualidad y la conexión con la comunidad; el tejido como práctica
cultural, económica y terapéutica; y los valores éticos de convivencia y la solidaridad como principios
de vida y resistencia.
El “don” de la comadrona es concebido como un llamado espiritual, un mandato que no se elige y que
se revela a través de sueños, enfermedades o señales del cuerpo. Esta dimensión sagrada confiere a las
mujeres que lo poseen una responsabilidad con su comunidad: cuidar la vida, acompañar el nacimiento
y mantener el equilibrio vital. Este reconocimiento legitima la autoridad femenina dentro de la
comunidad, otorgándole respeto y prestigio, especialmente en entornos donde las mujeres suelen estar
subordinadas a los hombres en las estructuras sociales.
Sin embargo, las mujeres también narran la exclusión institucional que enfrentan estos saberes en el
ámbito de la salud formal. Las comadronas son, en muchos casos, rechazadas o con acceso limitado
para acompañar en hospitales y centros de salud, pese a su experiencia y al reconocimiento social de su
labor. Este choque entre el saber ancestral y la medicina moderna refleja la desvalorizan la sabiduría
indígena. Aun así, las mujeres mantienen una posición de equilibrio: combinan ambos sistemas (el
tradicional y el médico) de manera complementaria, demostrando una racionalidad práctica y flexible
orientada al bienestar comunitario.
El conocimiento de las plantas medicinales y remedios naturales es parte de la cotidianidad. Las mujeres
recurren a tés, infusiones, baños y ungüentos como primera respuesta ante las enfermedades, reservando
la medicina moderna para casos que presentan afecciones más severas. Esta práctica muestra las
dificultades para acceder a los servicios públicos de salud y también el valor que se le da a la medicina
tradicional, vista como una opción más cercana, accesible y respetuosa. Preparar remedios caseros va
s allá de sanar el cuerpo; es un acto de cuidado y una forma de mantener vivo el vínculo familiar.
Las prácticas agrícolas y alimenticias tradicionales (como el cultivo del maíz, la elaboración de comidas
y bebidas a base del mismo, la recolección de hierbas, o el uso del abono orgánico) son expresiones de
un saber ecológico heredado. La relación con la tierra se concibe con respeto, reciprocidad y equilibrio.
Sembrar, cosechar y preparar alimentos forman parte de un ciclo de vida que conecta la existencia
humana con los ritmos de la naturaleza.
pág. 13766
De este modo, las mujeres se reconocen como portadoras del conocimiento que sostiene la vida y como
mediadoras del vínculo entre el ser humano y la tierra.
Destacan además otras prácticas y saberes comprendidos por las mujeres como herencia generacional
con gran significado, entre los cuales sobresalen el temazcal y la piedra de moler, ambos estrechamente
ligados al día, día de las mujeres, la salud y la espiritualidad. El temazcal, además de ser un baño de
vapor, es concebido como un espacio sagrado de purificación y sanación donde se renueva la energía
vital y se restablece el equilibrio del cuerpo y del espíritu. Su uso se asocia al embarazo, el nacimiento,
a la limpieza emocional y al fortalecimiento de la conexión con la Madre Tierra, siendo una práctica
transmitida por abuelas y comadronas que integra saberes medicinales, espirituales y comunitarios. De
igual forma, la piedra de moler trasciende su función utilitaria y se convierte en un símbolo de jerarquía,
trabajo, constancia y continuidad cultural.
La transmisión intergeneracional de estos saberes se ha visto, sin embargo, tensionada por los procesos
de modernización, migración y pérdida del idioma k’iche’. Las mujeres mayores expresan preocupación
por la ruptura en la cadena de enseñanza, observando que las nuevas generaciones ya no aprenden los
oficios ni los valores tradicionales con el mismo compromiso. La industrialización de los tejidos, la
educación formal sin enfoque intercultural y el predominio del español en las escuelas contribuyen a
esta pérdida simbólica. Frente a ello, las mujeres proponen revitalizar los saberes mediante la enseñanza
en el hogar, los grupos de mujeres y los espacios comunitarios, reafirmando su papel como educadoras
culturales.
La espiritualidad ocupa un lugar de importancia en la vida de las mujeres y constituye una fuente de
fortaleza ante las adversidades. La religión, en sus diversas manifestaciones ya sea católica, evangélica
o maya, les ayuda a resistir, sanar y mantener esperanza. Desde su experiencia, la relación con lo divino
no es solo abstracta, también una práctica cotidiana que guía decisiones, orienta la crianza y brinda
sentido a la vida.
La espiritualidad maya es parte de su cosmovisión, vinculando el bienestar personal con el equilibrio
del cosmos y la naturaleza. La Madre Tierra, los altares y los sueños son elementos que representan la
interconexión entre lo humano y lo espiritual. Este vínculo otorga sentido al sufrimiento y convierte las
experiencias dolorosas en oportunidades de transformación y aprendizaje.
pág. 13767
Las iglesias y espacios de fe son percibidos como lugares de encuentro y acompañamiento, donde las
mujeres pueden compartir, sentirse valoradas y recibir apoyo emocional. Estos entornos favorecen la
solidaridad, el sentido de pertenencia y la reconstrucción del tejido comunitario, actuando como
espacios terapéuticos frente al aislamiento y la exclusión. En ellos, las mujeres asumen roles activos en
la organización y el liderazgo, fortaleciendo su participación en estas instancias.
El arte del tejido sobresale como uno de los símbolos más potentes de identidad, continuidad cultural y
empoderamiento de las mujeres indígenas. Aprendido desde la infancia a través de la observación y la
práctica con las madres y abuelas, el tejido representa una herencia viva que conecta generaciones y
preserva la memoria de sus antepasados.
En los relatos, tejer además de ser una habilidad manual o una fuente de ingresos, también es un acto
espiritual, emocional y cultural. Cada diseño, color y figura bordada encierra significados ligados al
cosmos, la tierra y la vida comunitaria. El huipil, las fajas y otros tejidos se interpretan como narraciones
visuales que expresan historias, creencias y símbolos de la cultura maya.
El tejido cumple también una función económica y emancipadora. En un contexto de escasas
oportunidades laborales, esta práctica artesanal ofrece autonomía financiera y refuerza la autoestima.
Las mujeres se reconocen como productoras y gestoras de su propio sustento, rompiendo con la
dependencia económica tradicional. A través del trabajo artesanal, transforman la creatividad en medio
de vida y el esfuerzo en dignidad.
Además, el tejido tiene un valor terapéutico y simbólico. Las mujeres lo describen como un espacio de
calma, reflexión y sanación. Tejer les permite canalizar el dolor, reencontrarse consigo mismas y
reconstruir su fortaleza emocional. En el telar, los hilos se convierten en metáforas de la vida: se
enredan, se rompen y se vuelven a entrelazar, al igual que las experiencias humanas. Esta dimensión
espiritual y sanadora del tejido reafirma su papel como herramienta de resistencia ante la exclusión y el
sufrimiento.
Los relatos evidencian que los saberes tradicionales no solo incluyen prácticas materiales, también un
conjunto de valores éticos y morales que estructuran la vida social. El respeto hacia los mayores, la
puntualidad, la disciplina, la responsabilidad y la gratitud son principios que se aprenden en el hogar y
se reproducen en la comunidad.
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El respeto, en particular, aparece como el valor transversal que regula las relaciones familiares y
comunitarias, garantizando la armonía intergeneracional. Escuchar a los ancianos y seguir sus consejos
se entiende como una forma de mantener la continuidad del conocimiento y la estabilidad social. La
educación, desde esta perspectiva, además de la escuela, se concibe como un proceso continuo de
formación moral transmitido en la vida cotidiana.
Las mujeres reconocen, sin embargo, que algunos de estos valores se están debilitando ante los cambios
sociales y la modernización. Expresan preocupación por la pérdida del idioma k’iche’, la
industrialización de los tejidos y la reducción de la solidaridad comunitaria. Esta percepción de pérdida
se acompaña de un llamado a revalorizar las prácticas tradicionales como base para la reconstrucción
del tejido social.
La solidaridad aparece como uno de los valores más significativos que las mujeres asocian con su forma
de organización y vida comunitaria. En el pasado, los gestos de ayuda (como acompañar a una mujer
en su proceso posterior al parto, llevar comida a una enferma o participar en los duelos) eran prácticas
cotidianas que garantizaban el bienestar colectivo. Aunque muchas reconocen que estas costumbres han
disminuido, la solidaridad sigue siendo una fuerza moral que otorga sentido a la convivencia y refuerza
la empatía.
Las mujeres identifican también redes de apoyo informales como fuentes de acompañamiento
emocional. Espacios como las cooperativas, los grupos religiosos o las amistades entre vecinas
funcionan como círculos de confianza donde comparten experiencias, alivian preocupaciones y
fortalecen la esperanza.
Estas redes actúan como mecanismos de resistencia frente a la soledad, la violencia y la falta de
protección institucional.
A pesar de la fragilidad de algunos vínculos, las mujeres muestran una clara conciencia de la necesidad
de reconstruir el tejido comunitario mediante la cooperación, el diálogo y la transmisión de saberes.
Entienden que la unión femenina es una vía efectiva para enfrentar la exclusión y para sostener el
equilibrio familiar y social.
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CONCLUSIONES
Los saberes ancestrales de las mujeres, el tejido y los valores comunitarios constituyen una fuente viva
de conocimiento y de poder simbólico. Estos saberes son el fundamento de su bienestar y de su
identidad, pero también una alternativa al modelo de desarrollo visibles desde lo occidental. Al
mantener y transmitir estos saberes, las mujeres ejercen una resistencia epistémica que preserva la
memoria cultural y reivindica su papel como portadoras de conocimiento legítimo. Así, el desarrollo
humano adquiere sentido desde una perspectiva intercultural, donde la dignidad y la reciprocidad de las
mujeres se colocan en el centro de la vida comunitaria. Los hallazgos confirman que la exclusión social
vivida por las mujeres indígenas no puede comprenderse únicamente desde indicadores
socioeconómicos, sino desde una perspectiva relacional y simbólica que reconozca la centralidad de los
saberes ancestrales. Estos saberes funcionan como mecanismos de protección social no
institucionalizados, capaces de generar bienestar, cohesión comunitaria y resiliencia en contextos de
precariedad. En este sentido, la investigación evidencia la necesidad de que las políticas públicas y las
intervenciones sociales incorporen estos conocimientos como parte de un enfoque intercultural que
dialogue con las formas propias de organización y cuidado comunitario. Asimismo, el estudio pone de
relieve el papel protagónico de las mujeres como sujetas epistémicas y agentes de transformación social,
responsables de la transmisión cultural, la reconstrucción del tejido comunitario y la sostenibilidad de
la vida. Reconocer sus saberes, prácticas y valores implica cuestionar las jerarquías de conocimiento
impuestas por modelos hegemónicos y avanzar hacia una concepción del desarrollo humano que valore
la pluralidad epistemológica, la espiritualidad y la reciprocidad como ejes fundamentales de la justicia
social y la inclusión.
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