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CO-CONSTRUYENDO LA SALUD MENTAL
DESDE LAS ADOLESCENCIAS. UN ENFOQUE
DESDE EL EMPODERAMIENTO EN PRO DE
LA SALUD COMUNITARIA.
BUILDING MENTAL HEALTH TOGETHER, STARTING IN
ADOLESCENCE. AN EMPOWERMENT-BASED APPROACH
TO COMMUNITY HEALTH.
Ana Eugenia Gaspar Portillo
Universidad de Guadalajara
Rosa Isela Becerra
Universidad de Guadalajara
Perla Elizabeth Bracamontes Ramírez
Universidad de Guadalajara

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DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v10i2.23721
Co-construyendo la salud mental desde las adolescencias. Un enfoque desde
el empoderamiento en pro de la salud comunitaria.
Ana Eugenia Gaspar Portillo1
ana.gaspar.portillo@gmail.com
https://orcid.org/0000-0003-3351-3665
Universidad de Guadalajara
Rosa Isela Becerra
rosaiselab@gmail.com
https://orcid.org/0009-0005-8134-7472
Universidad de Guadalajara
Perla Elizabeth Bracamontes Ramírez
perla.bracamontes@gmail.com
https://orcid.org/0000-0001-6121-1117
Universidad de Guadalajara
RESUMEN
Esta investigación analiza como las y los adolescentes pueden colaborar en las prácticas de salud mental
desde el ámbito comunitario. Se analizan los paradigmas de salud mental juvenil, subrayando la
importancia de integrar a los adolescentes como actores clave en sus propios procesos de bienestar.
Propone transitar hacia enfoques participativos y horizontales que fomentan el empoderamiento juvenil.
Al final se examina cómo el acompañamiento entre pares y la colaboración intergeneracional fortalecen
la resiliencia mental. El acercamiento al objeto de estudio se hace en dos momentos, el primero de índole
teórico donde se revisa y analizan los procesos de diseño e implementación de los programas,
corroborando los elementos que permiten la participación de las juventudes. Se documento a través de
las reglas de operación y los discursos de las instituciones, bajo la perspectiva hermenéutica-
interpretativa. Para después, hacer la comparativa de los dos casos GAPS y ConTacto Joven. La
investigación concluye que reconocer a las adolescencias como sujetos de derecho con voz activa es
esencial para diseñar políticas públicas más eficaces y humanas. Finalmente, se recalca que la inversión
en prevención temprana no solo mejora la calidad de vida, sino que reduce los costos económicos y
sociales para las Naciones.
Palabras clave: Salud Mental; Políticas Públicas de Salud; Adolescencias; Participación Comunitaria;
Empoderamiento.
1 Autor principal
Correspondencia: ana.gaspar.portillo@gmail.com

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Building mental health together, starting in adolescence. An empowerment-
based approach to community health.
ABSTRACT
This research analyzes how adolescents can collaborate in mental health practices from the community
sphere. Paradigms of youth mental health are analyzed, underlining the importance of integrating
adolescents as key actors in their own well-being processes. It proposes transitioning toward
participatory and horizontal approaches that foster youth empowerment. Finally, it examines how peer
support and intergenerational collaboration strengthen mental resilience. The approach to the object of
study occurs in two moments: the first of a theoretical nature, where the design and implementation
processes of the programs are reviewed and analyzed, corroborating the elements that enable youth
participation. This is documented through the operational rules and institutional discourses, under the
hermeneutic-interpretive perspective. Subsequently, a comparison is made between the two cases:
GAPS and ConTacto Joven. The research concludes that recognizing adolescents as subjects of rights
with an active voice is essential for designing more effective and humane public policies. Finally, it
emphasizes that investment in early prevention not only improves quality of life but also reduces
economic and social costs for nations.
Keywords: Mental Health; Public Health Policies; Adolescences; Community Participation;
Empowerment.
Artículo recibido 20 marzo 2026
Aceptado para publicación: 15 abril 2026

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INTRODUCCIÓN
Al hablar de co-construcción en salud mental implica entender el propio concepto. Construir es definido
desde la real academia como hacer algo utilizando los elementos adecuados y dicta es sinónimo de
cimentar (Real Academia Española, 2024). En dicho acervo, no existe el término de co-construir, más,
sin embargo, esté nace enlazado a la construcción social, es definido como “crear algo con otros, […]
resultado de un auténtico trabajo en equipo donde todos pueden aportar sus ideas; un proceso creativo
social y activo” (Planeación 50 más 50, 2021). Así se denota como un proceso de elaboración social y
al nombrarlo se vuelve un constructo social, que delimita como cualquier otra construcción social, una
realidad que da conciencia a los sujetos sobre lo existente y se construye como realidad, para Durkheim
está es una función prioritaria para moldear la forma de que tienen los otros de actuar (como se citó en
Borges De Souza, et.al., 2024, p. 6) con ello, habrá que aclarar que toda realidad es relativa y de acuerdo
con un contexto temporal, la cultura y las posturas, desde donde se crea.
Visualizar la co-construcción de la salud mental, permite que desde posturas horizontales se distribuya
información con mayor oportunidad de lograr la sensibilización en temas considerados todavía como
tabú, genera diálogo entre los participantes, potencializando la desmitificación de la patología mental.
Por lo cual se desmarca el sentido del paradigma de salud mental heredado de la cultura médica y
fundado en el positivismo, donde se validan las relaciones verticales entre el paciente y el especialista
médico basadas en la disparidad de saberes.
Bajo esta premisa, está artículo analiza como las y los adolescentes pueden colaborar en las prácticas de
salud mental desde el ámbito comunitario. Y con ello se revisa la posibilidad de ejecución de modelos
entre pares para promover la salud mental. Se trata de validar la construcción de conocimientos desde
lo científico, lo cultural, pero también lo personal y conlleva conceder importancia a cada persona desde
su lugar de vida. Reconocer a los otros, implica un cambio de perspectiva desde donde se construyen
saberes compartidos y se reformulan los saberes vigentes.
El reconocimiento de que las y los adolescentes al igual que los adultos pueden participar para incidir
sobre su propia vida, promueve y garantiza sus derechos humanos en materia de equidad, justicia y
participación; en concordancia con los objetivos de desarrollo.

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Así este trabajo permite construir líneas de participación de las y los adolescentes por medio de
estrategias de salud comunitaria a través de modelos de acompañamiento emocional que fomenten la
intervención activa y entre pares en sus propias comunidades.
La salud comunitaria, según Restrepo-Vélez como se citó en Cotonieto-Martínez y Rodríguez-Terán
(2021) “incluye el pensamiento social de la salud, que tiene en cuenta la esfera social en que se producen
los fenómenos de salud-enfermedad en los niveles microsocial y macrosocial; por lo que debe de integrar
la participación de las comunidades, instituciones y restantes sectores en la toma de decisiones. (p. 395)
Con ello se pretende contribuir al estudio de las prácticas de promoción y prevención de salud mental
con metodologías horizontales.
Perspectiva teórica y contexto.
La salud “es un estado completo de bienestar físico, mental y social” (Comisión Estatal de Derechos
Humanos Nuevo León, 2000, p.4) y se posiciona como derecho fundamental que permite el goce pleno
de otros derechos (Organización Panamericana de la Salud y Oficina Regional para las Américas de la
Organización Mundial de la Salud, 2017, p. iii), ya qué es la base para el disfrute de la vida en las
diferentes fases del ser humano. En etapas como la infancia y la adolescencia, la salud permite el logro
del desarrollo pleno, ya que se configuran las estructuras bio-psico-sociales clave para que los individuos
puedan cimentar su potencial. Dado esto, las experiencias que viven niñas, niños y adolescentes son de
suma relevancia, ya que moldean e influyen sus posibilidades de una vida saludable, su percepción y las
oportunidades que favorecen o no un desarrollo óptimo. Elementos como el tipo de crianza, la cultura y
las condiciones económico-sociales hacen un escenario multifactorial que debe de ser tomado en cuenta
para el logro de la atención integral en materia de salud.
La salud mental, por otro lado, está definida como: “el estado de bienestar en el que las personas realizan
su propio potencial” (Organización Mundial de la Salud, 2013 como se citó en Fondo de las Naciones
Unidas para la Infancia, et., al., 2021, p. 7). Para que esto ocurra, cada individuo debe de ser conciente
de las propias capacidades, ya que estás son el background con el cual se enfrentan las tensiones de la
vida, sé es productivo y cápaz de contribuir a la comunidad. De ahí la importancia de la salud mental ya
que es un recurso primordial para que individuos, familias, comunidades y naciones puedan tener una

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vida con calidad y a su vez contribuir al capital social, humano y económico de cada sociedad (Agencia
de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, et. al., 2013).
Salud mental en las y los adolescentes a nivel mundial
Según la Organización Panamericana de la Salud (2023), la mayoría de los trastornos de salud mental
de las personas adultas inician en la etapa de la adolescencia y en las últimas decadas se ha ido
incrementando su prevalencia.
Lo cual se ve reafirmado en el análisis estadistico contextual, mismo que refleja un problema
preocupante en crecimiento. Según la Organización Mundial de la Salud, 2025 “en todo el mundo, uno
de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años padece algún trastorno mental, lo que representa el 15% de
la carga mundial de morbimortalidad para esté grupo etario” (2025a, párrafo 1).
En 2022, los indicadores, según la Organización Mundial de la Salud reportaban que:
“más del 13% de los adolescentes de 10 a 19 años padecen un trastorno mental diagnosticado:
80 millones de 10 a 14 años y 86 millones de 15 a 19 años. La presencia de trastornos como la
ansiedad y depresión representan el 40% de estos padecimientos en esta población. Mientras
que un promedio de 19% de jóvenes entre los 15 a 24 años de 21 países, declararon sentirse
deprimidos a menudo y apáticos” (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, 2022, p.10)
Así en el año 2021, se contabilizaron 72 millones de niñas, niños y adolescentes con trastorno de
ansiedad (Organización Mundial de la Salud, 2025b, párrafo 3). En 2019, 23 millones de niñas, niños y
adolescentes presentaron cuadros depresivos (Organización Mundial de la Salud, 2025b, párrafo 4) .
Como se menciona previamente, la adolescencia es una etapa crucial para la salud mental, ya que
muchos comportamientos de riesgo comienzan durante este período, por esto en apartados siguientes se
revisan indicadores correspondientes a la salud mental.
Niñez y adolescencia como etapas clave del desarrollo.
Cada etapa del desarrollo tiene implicaciones directas sobre las posibilidades de desarrollo de
habilidades, capacidades y potencial del ser humano. La niñez y la adolescencia son dos etapas culmen
donde los individuos forman capacidades cognoscitivas, psicoemocionales y sociales. El aprendizaje en
esta franja de vida permite el desarrollo de valores, posicionamientos personales y perspectivas de vida.

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Hay que reconocer que la niñez es un periodo donde por naturaleza, sé es vulnerable debido a la
dependencia de los otros: padres, familia y/o tutores, mismos que conforman su fuente de protección.
Esto conlleva qué las relaciones tempranas marcan significativamente el desarrollo de la salud mental a
largo plazo (Moneta, s.f., como se citó en García de Valente, 2020). Dejando claro que la prevención
de experiencias de trauma en la niñez y adolescencia son esenciales para el desarrollo óptimo de la
personalidad.
Por su parte, la adolescencia es el periodo de vida comprendido entre los 10 a los 19 años según la
Organización Mundial de la Salud, y en este período se presentan una serie de cambios físicos,
emocionales y sociales, que provocan un incremento de la divergencia de las personas. Este proceso
determina la formación de la propia identidad, como resultado del afrontamiento a los sucesos de vida
y la formación de la autonomía. Autores como Asis, et. al., (2003) y Safipour, et. al., (2013) lo definen
como “una de los fases más estresantes de la vida” (Sánchez-Castro, et. al. 2024) ya qué es una etapa de
desafíos ante cambios hormonales y físicos (Jaworska y MacQueen, 2015; Sisk y Gee, 2022, como se
citó en Sánchez-Castro, et. al. 2024). En esté las necesidades derivadas de la búsqueda de autonomía e
identidad propia (Organización Mundial de la Salud, 2021; Devonald, et. al. 2022, como se citó en
Sánchez-Castro, et. al. 2024) derivan en una sensibilización mayor al entorno económico y cultural
donde se crece (Devonald, et. al. 2022, como se citó en Sánchez-Castro, et. al. 2024).
Ante ello es importante reconocer que la población adolescente conforma un grupo heterogéneo cuyas
necesidades varían en función de la fase de desarrollo personal en la que se encuentran y de las
circunstancias de su vida. A medida que dejan la infancia y se adentran en la adolescencia y,
posteriormente, en la edad adulta, todas las personas deberían recibir conocimientos y capacidades que
les permitan aprovechar las oportunidades y superar los retos que la vida adulta les depare (Organización
Mundial de la Salud, 2019).
Tanto niñas, niños y adolescentes poseen diferentes necesidades de salud, visualizarlas, preverlas y
proveer en la medida de lo posible la atención a estás necesidades es un tema urgente. Ya que, de
persistir condiciones adversas como la pobreza, el maltrato y la violencia, se conforman como factores
de riesgo que prevalecen, aumentan la proclividad a trastornos de salud mental y repercuten
directamente sobre su calidad de vida en sus trayectos de vida futuros.

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Salud mental de las y los adolescentes en Latinoamérica
Entender la salud mental como estado de bienestar donde las personas consiguen su desarrollo, deriva
en la promoción de habilidades, aprendizajes y posibilidades para que tengan acceso a la posibilidad de
lograr sus objetivos. Ante ello emanado de una perspectiva de desarrollo humano, promover estilos de
vida saludables, donde las y los adolescentes tengan factores de protección contra las circunstancias que
la vida les plantea, es un deber de todo sistema de salud. Así dotarles de oportunidades, implica detectar
factores de riesgo.
Ello contrasta con los datos de los últimos años en materia de salud mental en la adolescencia. Uno de
los datos más alarmantes es la taza de suicidio, como una de las principales causas de muerte de
adolescentes en el mundo “cada año mueren 45,800, lo que representa un adolescente cada 11 minutos.
[…] siendo el suicidio la quinta causa de muertes más frecuentes entre adolescentes de 10 a 19 años”,
dato del informe: Estado Mundial de la Infancia 2021(Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia,
2022, p.10).
Según la Organización Panamericana de la Salud y la Oficina Regional para las Américas de la
Organización Mundial de la Salud, en su informe: La salud de los adolescentes y jóvenes en la región
de las Américas. La aplicación de la Estrategia y el Plan de acción regionales sobre la Salud de los
adolescentes y jóvenes (2010-2018) menciona:
La ideación suicida es considerada un problema serio y prevenible en América Central, de acuerdo la
Encuesta Mundial de Salud Escolar (EMSE) realizada en 28 países de América Latina y el Caribe entre
el 2007 y el 2013 el porcentaje de estudiantes de 13 a 15 años que consideraron el suicidio data de 14,8
%, contrastado con los datos de intento de suicidio, que arrojan un 13.2%. Mientras en el Caribe de
habla inglesa había un 20.7% de consideración del suicidio y los datos de intento de suicidio son del
18% (Organización Panamericana de la Salud y Oficina Regional para las Américas de la Organización
Mundial de la Salud, 2018, p. 6).
Precedente de este problema de salud pública, se manifiestan características y síntomas de enfermedades
mentales que pasan desapercibidos o menospreciados en las juventudes, algunos de estos son: estrés
26%, ansiedad 25%, depresión 22%, dificultades para dormir 17% y ataques de pánico 10%

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(Organización Panamericana de la Salud y Oficina Regional para las Américas de la Organización
Mundial de la Salud, p. 30-31).
Ante esta realidad, es pertinente evaluar algunos factores de riesgo que incrementan la carga de la salud
mental, tales como el consumo de sustancias psicoactivas entre los jóvenes. El alcohol es la sustancia
más consumida a la fecha del informe, donde Dominica con 54%, Jamaica con 52%, las Granadinas con
51% y Argentina con 50% eran los más elevados. El tabaco presento un consumo entre adolescentes de
13 a 15 años entre un 1.9% de Canadá y un 28.7% de Jamaica (Organización Panamericana de la Salud
y Oficina Regional para las Américas de la Organización Mundial de la Salud, 2018, p. 6).
Por su parte el Informe Inclusión y juventudes en América Latina de 2023, citado en el mismo
documento el 72% de las y los jóvenes mencionan la pandemia ha afectado su salud mental, (Naciones
Unidas, 2022, como se citó en Organismo Internacional de Juventud, Banco de Desarrollo de América
Latina y el Caribe, & Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, 2023).
Dejando en claro que es necesario el trabajo en todas las edades y momentos de la vida, el desarrollo de
factores protectores que fortalezcan la salud mental, ya que es una herramienta necesaria para lograr
resiliencia y sobrellevar las adversidades.
Salud Mental en México
En México los datos de salud mental reportan que incrementaron los síntomas como la tristeza, la
ansiedad y los trastornos del sueño, esto de acuerdo con la Ensanut Continua 2022 (Encuesta Nacional
de Salud y Nutrición del Instituto Nacional de Salud Pública de 2022) dicho aumento en la prevalencia
afecta la vida de las y los adolescentes (Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes,
2024, mayo 27, párrafo 8).
Síntomas como no dormir bien, aumento de 12.3% en 2021 a 15.6% en 2022 en adolescentes y jóvenes
de 10 a 19 años (Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, 2024, mayo 27,
Párrafo 10). Así mismo el porcentaje reportado de pensamientos suicidas aumento de 5.1% de 2020 a
7.6 % en 2022 (Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, 2024, mayo 27, Párrafo
12).

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Estos datos confirman la tendencia en el incremento de conductas suicidas a nivel nacional, confirmado
por Ensanut 2006, reportando el incremento a más de 600% con una prevalencia de 1.1%. (Valdez-
Santiago,et. al.,(2023).
Otro dato alarmante que arroja la encuesta es que la mayor prevalencia de intentos suicidas (de alguna
vez en la vida es en población adolescente). Esto impacta la salud salud mental a futuro, ya que para
cuando los adolescentes sean adultos, la diferencia entre la prevalencia de intentos de suicidio de está
geneneración, será mayor que en las generaciones anteriores. Asimismo, las mujeres adolescentes
reportan mayor frecuencia de ideación y más intentos que los hombres, pero en contraste, estos últimos
tienen mayor taza de fallecimiento por suicidio.
Estos hallazgos refuerzan la importancia de establecer la prevención del suicidio en jóvenes como una
prioridad en la agenda nacional de salud y la pertinencia de crear programas eficientes en prevención de
salud mental.
Por ello co-contruir proyectos y servicios de salud es fundamental para lograr la aceptación de los
mismos, así como el logro de mayor nivel de impacto. Los servicios deben de considerar las opiniones
de los jóvenes y facilitar el tiempo y el espacio para que puedan participar activamente en los mismos
(Pineda y Aliño, 2002). La consideración de sus voces en el diseño y la implementación de los programas
de salud mental, es indispensable para crear rutas de atención de acuerdo a sus necesidades. Para ello se
debe de buscar la realización de proyectos integrales que potencialicen el desarrollo integral, donde
colaboren los diferentes actores que permiten las oportunidades brindadas a los jóvenes, tales como la
familia, la escuela, el gobierno y la comunidad en general.
Modelos y Prácticas en Salud Mental, una urgente necesidad ética y política
Reforzar la inversión y el trabajo a favor de la salud mental es hoy un discurso en ascenso que se ha
posicionado en las diferentes arenas públicas. No solo en gobiernos nacionales, sino en organismos de
cooperación internacional y espacios de toma de decisiones en materia de salud, cobrando legitimidad
social.
En este proceso, el papel de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización
Panamericana de la Salud (OPS) ha sido determinante. Así la OPS en 2019 establece la necesidad de
acelerar el progreso hacia servicios de salud integrales, lo cual delimito en las líneas de acción de la

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iniciativa Eliminación de las enfermedades, que incorpora el enfoque de salud comunitario, con
objetivos que subrayan la importancia de: abordar los determinantes sociales y ambientales de la salud
-objetivo 3- y fortalecer la gobernanza, la rectoría y las finanzas -objetivo 4- (Organización
Panamericana de la Salud y Oficina de la Región de las Américas de la Organización Mundial de la
Salud, 2025).
Hablar de salud mental no solo es una obligación del Gobierno y las instancias encargadas de la salud,
implica el involucramiento intersectorial desde la educación y la protección social, pero también desde
la sociedad civil. Exige acciones urgentes y responsables para el diseño e implementación de programas
y proyectos de prevención, promoción y atención en los que toda la sociedad se involucre como parte
de la solución y participe.
Esta urgencia no solo se evidencia en los datos y estadisticas epidemiológicas, sino en las consecuencias
humanas, sociales y económicas del seguir con proyectos bajo la misma lógica hegemónica de atención
a la enfermedad.
No atender la salud mental en etapas tempranas tiene implicaciones que trascienden la vida individual,
afectando a las familias, comunidades y economías nacionales.
Cómo ha documentado el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), el impacto
económico se traduce en una “pérdida anual de capital humano, solo en niños de 0 a 19 años de 387.200
millones de dólares (en paridad de poder adquisitivo). De esa cifra 340.200 millones de dólares derivan
de trastornos como la ansiedad y la depresión, mientras que 47.000 millones de dólares corresponden a
la pérdida por suicidio” (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, 2022, p. 10).
En este sentido , se confirma lo que ha demostrado la Economía de la salud:
“un abordaje preventivo de la patología reduce considerablemente los problemas de salud
mental en la adultez y sus costos asociados. […] y las inversiones dirigidas a promover, prevenir,
detectar y tratar tempranamente las enfermedades mentales son rentables y eficaces, puesto que
permiten prever, un retorno de la inversión a mediano plazo y el autofinanciamiento y
disminución de los costos de salud en plazo menor a cinco años” (Zúñiga-Fajuri y Zúñiga, 2020,
p.78).

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A partir de ello, se han articulado esfuerzos entre gobiernos, instancias de salud y actores internacionales
para encontrar soluciones posibles y viables desde las capacidades humanas, infraestructurales y
presupuestales con las que se cuenta. Con ello se destaca la importancia de modelos de prevención y
promoción de la salud mental, donde el primer círculo de contención sean la familia, los docentes y la
comunidad cercana para identificar conductas atípicas tempranamente y donde, de ser necesario, se
active un acompañamiento muldisciplinario y de atención ambulatoria, promoviendo modelos de
atención integrales.
Ello implica inclinarse a favor de modelos comunitarios y participativos, basados en un enfoque
colaborativo. Que comprendan la salud mental como un derecho coléctivo. En esta lógica, no basta con
la preocupación de las problemas que aquejan a las niñeces y las adolescencias, es indispensable su
participación. Por eso, el auge actual en la salud mental debe de ser una oportunidad para reconocer a
las y los adolescentes, como sujetos de derecho y actores políticos. Incluir su voz en la co-construción
de las estrategias de prevención y promoción, no solo legitima su participación, sino permite
empoderarlos para decidir sobre lo que les afecta y, por lo tanto, sobre elementos clave de su propia
vida.
Modelos de Política Pública para la atención en Salud Mental
• Perspectivas tradicionales y Perspectivas críticas e intergeneracionales
Los modelos de atención en salud proceden del paradigma biomédico, por lo cual, aceptan la
predominancia de la atención de las personas ante la enfermedad de los individuos ya que se “concentran
en prácticas curativas/reparativas en detrimento de las preventivas/ promocionales” (Menéndez, 2019,
como se citó en Apaz, 2024, p. 93). Se trata de modelos hegemónicos con enfoques adultocentristas,
que demarcan las relaciones verticales entre los pacientes y el sistema de salud, donde los derechos del
paciente se limitan a externar su sintomatología.
Por lo cual no dan lugar a la promoción del “derecho a la salud, la equidad y la solidaridad que sustentan
la salud universal” (Organización Panamericana de la Salud y Organización Mundial de la Salud,
Oficina Regional para las Américas [OMS], 2017, p. 5).
En lo que respecta al modelo de salud mental, este con el paso del tiempo ha sufrido cambios en el
paradigma que guía su enfoque de trabajo. Así en las últimas décadas, se ha visto influenciado por la

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defensa de los derechos humanos, “pasando por la desinstitucionalización, la introducción del modelo
de recuperación y la entrada en vigor de la Convención sobre los Derechos de las Personas con
Discapacidad (CRPD) adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2006” como
mencionan Mahdanian, et.al., (2023, p. 158). En dicho estatuto, se deja en claro que las personas con
todo tipo de discapacidades incluyendo las enfermedades de salud mental y las discapacidades
psicosociales deben de disfrutar de todos los derechos humanos y libertades fundamentales (Mahdanian,
et.al., 2023, p. 151), con lo cual los países que la ratificaron pusieron en marcha agendas que consideran
las necesidades de las personas con condiciones de salud mental y discapacidades sociales. Diseñando
modelos que permiten “la autonomía, la libertad de elección, la vida comunitaria, la inclusión social y
que contrarresten los enfoques coercitivos arraigados en el estigma contra las condiciones de salud
mental” (Mahdanian, et.al., 2023, p. 158).
El modelo de recuperación fundamenta y prioriza el trato con perspectiva de derechos humanos,
privilegia la inclusión de los pacientes dentro de sus propios contextos comunitarios y con programas
que estimulan su potencial con enfoque de vida asistida y apoyo prestado por grupos de pares.
Reconociendo la capacidad jurídica de las personas, para la eliminación de prácticas coercitivas.
Con apoyo de la Organización Mundial de la Salud, se ha logrado fomentar dichas prácticas, más sin
embargo el reto implica el cambio de posturas legitimadoras, así como la aceptación de la transición
hacia servicios de salud mental integrales que tomen en cuenta “las circunstancias y los deseos
específicos de la persona, ofreciendo variedad de enfoques para el tratamiento y el apoyo” Funk (2021,
cómo se citó en Organización Mundial de la Salud, 2021, párrafo 5). Así conforme se avanza en materia
de derechos humanos, inclusión y acceso a la salud para todos, los países han incorporado dichos
enfoques en los programas de trabajo de salud mental. Pero sigue representando un reto el cambio de
paradigma hacia modelos biopsicosociales, integrales y donde las personas y la calidad de vida sean el
centro del proceso de atención a la salud, dejando atrás la visión reduccionista de solo darle atención al
síntoma.
Dentro de los enfoques actuales en materia de salud se encuentra el de salud comunitaria que considera
la salud como un estado de bienestar físico-mental-social y no solo como la ausencia de la enfermedad.
Por ende, entiende la intersección de los diferentes factores personales, familiares, socioeconómicos,

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culturales y físicos que dan una amplia posibilidad de situaciones dentro del proceso de salud-
enfermedad (Gofin y Gofín, 2010, como se citó en Cotonieto-Martínez y Rodríguez-Terán, 2021). Así
se fundamenta en la participación comunitaria y la promoción de la salud, permitiendo la participación
de las propias comunidades y de las personas en: la identificación de los problemas, la toma de
decisiones y la implementación de los proyectos para la mejora de la salud; empoderándolas al tomar
control sobre sus propia salud y el manejo de sus condiciones de vida dentro lo posible.
Al ser un enfoque participativo en salud que se ha implementado en México y América Latina. Dada la
falta de evidencia de su eficiencia, es el centro de este artículo, para con ello recuperar las buenas
prácticas en las experiencias de su uso que se tiene en los países del continente y en particular en México.
Por ende, basados en estos conceptos y pensados en los modelos de atención a la salud para la población
infanto-juvenil, se espera que estos contengan “estrategias dirigidas al bienestar emocional, la detección
precoz de los trastornos y a la creación y mantenimiento de los recursos asistenciales comunitarios bien
dotados de profesionales […] que garanticen servicios accesibles, de calidad y con equidad” como lo
menciona Lázaro García (2023).
Enfoques participativos para las y los adolescentes
Entablar una propuesta sobre enfoques participativos significa entender los alcances de la aplicación de
la participación en todos los ámbitos.
El enfoque participativo, se puede ver reflejado desde cómo se elabora o diseña una política pública o
un proyecto hasta como se diseña un plan educativo o de atención de la salud. Es una metodología que
como su nombre lo indica invita a contribuir con el entorno, que fomenta el derecho de ser escuchado
activamente y que se basa en el respeto al derecho del mí mismo y del otro. Entender que las personas
deben de ser protagonistas de sus procesos de vida, incluyendo aquellos procesos de salud-enfermedad.
Así hablar de enfoque participativo en salud mental es acercar la salud mental a las comunidades,
replantear las formas de interactuar con los procesos salud/enfermedad, percibir a los sujetos
participantes desde el cuidado de lo cotidiano y permitir su involucramiento (Leal Rubio, 1988, p.17).
Lo comunitario como elemento clave de la prevención y la participación social, son elementos que
unidos logran un modelo de intervención basado en el empoderamiento, sobre todo si estos son
ejecutados en poblaciones vulnerables.

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Las adolescencias al igual que las niñeces son poblaciones vulneradas, las primeras por omisión casi
total al nombrarlas y comprenderlas desde sus propios posicionamientos y necesidades y las segundas
por circunstancias de dependencia. La salud es un elemento clave para el desarrollo de la vida con
calidad, pero más aún de una vida con libertad de decisión, ya que es la base de los procesos de
desarrollo. Por ello los procesos bio-psico-sociales son determinantes. Por ello, aun con las limitaciones
contextuales muy particulares de cada entorno, el promover procesos incluyentes y participativos con
adolescentes, niñas y niños abona a la trasformación de sus circunstancias, ya que les otorga el poder de
hacer valer su voz. Autores como Jaramillo (2020) postulan el empoderamiento juvenil es factor
determinante en la promoción de la autonomía y la independencia entre los jóvenes, facilitando así su
desarrollo personal. Lo que les permite tomar decisiones informadas y responsables, actuar en función
de sus intereses y necesidades, así como fomentar su participación activa en sus comunidades.
Por consecuencia, dado que la falta de poder se reconoce como un factor de riesgo que afecta
negativamente la calidad de vida y la salud, el empoderamiento mejora la relación entre el individuo y
su entorno (Kar, et. al., 1999, como se cito en Pick et al., 2007, p. 297). Navarro et al. (2019) mencionan
que la participación en proyectos locales permite a los individuos asumir un rol activo en su comunidad,
lo que fortalece su agencia personal y promueve la autoconfianza y habilidades de liderazgo, dejando
en claro como al participar se gana confianza y por ende un autoconcepto sano de sí mismo.
Modelos atención de salud con y desde las y los adolescentes
En modelos de atención a problemas sociales, la participación comunitaria se posiciona como
fundamento clave para la gestión de proyectos organizacionales a nivel local. La salud pública con
enfoque comunitario respalda esta mirada, al permitir la construcción de escenarios de promoción de la
salud desde marcos ideológicos y culturales propios del contexto en el que se inserta. Pensar la salud y
sus procesos no solo conlleva reconocer cómo cada grupo entiende y vive la salud, sino también
garantizarles un rol activo acorde a sus capacidades y posibilidades reales.
Por consiguiente, la salud comunitaria entendida como un “enfoque a través del cual se implementan
estrategias orientadas a intervenir en el proceso salud-enfermedad-atención de una comunidad en
específico” (Cotonieto-Martínez y Rodríguez-Terán, 2021, p. 295), permite visibilizar y atender

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problemáticas particulares. Al hacerlo, aporta significativamente a la mejora de la calidad de vida tanto
de las personas como de sus comunidades.
En este marco, emergen con fuerza los llamados programas entre pares, en los que las personas
adquieren saberes y desarrollan conciencia sobre su propia agencia. Desde allí comienzan a potenciar
sus habilidades personales, sociales y emocionales, logrando resiliencia y transformación conductual a
partir de los aprendizajes generados por la experiencia compartida. Diversos autores han subrayado la
potencia de estos modelos para favorecer el desarrollo de capacidades desde la autodeterminación
(Agrest y Stastny, 2013; Hammeed Shalavy y O. Agyapong, 2020).
Estos programas no sólo orientan a las y los adolescentes en un marco de empatía y contención, sino
que también les ofrecen la posibilidad de identificarse con sus pares y abrir canales de comunicación
genuinos en torno a temas habitualmente silenciados o tabú, como la salud mental o la sexualidad. Desde
esta horizontalidad, se habilita el diálogo y el acompañamiento inmediato.
Ello dado que se involucra la existencia de un vínculo de apoyo donde “dos semejantes se brindan
soporte […] abiertamente en base a sus experiencias dolorosas” (Agrest y Stastny, 2013, p. 411),
reconocimiendo las necesidades de ellos mismos como parte del acompañamiento. Potencializar a cada
uno, significa poner en práctica la escucha activa a sus necesidades, la empatía y la sensibilidad ante su
situación, no solo hacia quien es acompañado, sino del propio acompañante. Esa es la riqueza de los
enfoques entre pares, permiten la participación y retroalimentación de los procesos, permitiéndoles
aprendizaje en todas las esferas de su vida.
Cuando desde la mirada de la formación entre pares, se siembra el empoderamiento, los resultados se
traducen en formación de capacidades personales, interpersonales y sociales como herramientas clave
para el logro de oportunidades de desarrollo de las juventudes, ya que aumentan la posibilidad de manejo
conciente de las propias decisiones.
METODOLOGÍA
Bajo esta perspectiva, el estudio explica la importancia de incluir en el análisis y la práctica los marcos
de referencia en los que se posicionan los sujetos en la vida cotidiana, en el proceso de la salud-
enfermedad, al tiempo que se analiza y da cuenta de los saberes construidos. Al tratar de adolescencias
verifica la construcción social del concepto y el rol social asignado a quienes están en esta franja etaria,

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así como la influencia de estos posicionamientos y su impacto en las oportunidades de vida y de acceso
a derechos de las personas. Ello no solo es analizar las conceptualizaciones individuales e
intrapersonales, sino cómo desde las instituciones se vislumbran las relaciones de atención en materia
de salud a diferentes grupos poblacionales (Apaz, 2024, p.93). Como tal, implica un cambio de
paradigma que transforma las posibilidades de abordaje de lo que acontece en las adolescencias.
En el acercamiento a la problemática se tomó el estudio de caso de dos programas de salud ubicados en
México: Grupos de adolescentes promotores de salud (GAPS) y ConTacto Joven, programas donde las
y los adolescentes son reconocidos como actores de cambio en el ámbito de la salud mental. El objetivo
es examinar las prácticas y modelos de la salud mental comunitaria que incorporan o promueven la
participación adolescente y juvenil.
En la búsqueda de información de proyectos se logró detectar la existencia de unos pocos programas
que operan con el enfoque en salud comunitaria y dentro de esta categoría, más limitado la existencia
de programas que apoyen líneas de acción que fomenten la horizontalidad como herramientas eficaces.
Así se encontraron programas dirigidos hacia la población adolescente y juvenil pero que no permiten
su participación activa y no son proyectos de apoyo entre pares, algunos de los cuales se describen a
continuación.
Para llevar a cabo el acercamiento teórico se hizo una revisión y el análisis de los procesos de diseño e
implementación de estos programas, corroborando los elementos que permiten la participación de las
juventudes en dichos procesos.
Cabe resaltar que la investigación se llevó a cabo a través del análisis documental de las reglas de
operación y los discursos de las instituciones participantes o promotoras, bajo la perspectiva
hermenéutica-interpretativa, la cual admite abordar los textos y los discursos objeto de estudio como
fuente directa para comprender su significado en el contexto que se realizaron, a través de un ejercicio
crítico y sistematizado de interpretación de estos.
Es un estudio cualitativo de tipo comparativo, a partir de la información de:
• Enfoque del programa.
• Diseño e implementación del programa, así como los procesos organizacionales que facultan o
no la participación comunitaria (tipos y etapas).

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• Nivel de participación de las y los adolescentes.
• Fomento y validación de derechos humanos de las y los adolescentes, según la Convención
Iberoamericana de los derechos de los jóvenes- Tratado Internacional de Derechos de la
Juventud, actualizada en 2016:
Art. 21. Participación de los jóvenes.
Art. 25 Derecho a la salud (Organismo Internacional de Juventud, 2016).
Estas categorías de análisis se correlacionan directamente con la capacidad de participación y de trabajo
en equipo intergeneracional, las cuales forman parte del repertorio del ámbito interpersonal y
comunitario clave para lograr niveles de empoderamiento adecuados para el logro del equilibrio y salud
integral de las y los adolescentes.
Al mismo tiempo son parte de los elementos clave del fomento de los derechos humanos, ya que, al
permitirles tener voz y voto, se valida la oportunidad al disfrute de garantías asociadas a la libertad y al
derecho a tomar decisiones de forma autónoma.
En el proceso de análisis se correlacionan las oportunidades de fomento de la salud mental entre pares
con el fortalecimiento de capacidades clave para el empoderamiento interpersonal y comunitario, tales
como: la participación, el trabajo en equipo mismas que se generan en la interacción con las otras
personas ya sean pares o equipo intergeneracional.
Lo anterior implicó la construcción del objeto de estudio basado en la revisión de los modelos de salud
y salud mental a nivel mundial, latinoamericano y mexicano. Así como la revisión de los programas y
proyectos de salud analizando la información del ciclo de la política pública en la fase de diseño/
formulación y la fase de implementación/ejecución.
Se retoman las perspectiva de Juventudes, de Derechos Humanos e Inclusión para analizar los
constructos sociales alrededor de las prácticas sociales validadas socialmente para las y los adolescentes.
Así como la perspectiva intergeneracional para validar los constructos elaborados.
Los casos se seleccionaron de acuerdo con la disposición de información del programa de salud mental
con población adolescente, por lo cual es un muestreo por conveniencia. Por otro lado, se tomó la
decisión estratégica de delimitar la población objetivo, dado que en Latinoamérica y en particular

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México no se cuenta con información de proyectos documentados y de acceso abierto de política pública
o gubernamental donde se permita que las infancias tengan un rol activo dentro de la salud mental.
La búsqueda se hizo en documentos académicos, fuentes de gobierno, medios de comunicación
nacionales e internacionales, páginas web de organismos internacionales, mismas que arrojaron
información de programas como: Grupos de adolescentes promotores de salud (GAPS) y ConTacto
Joven, Red Nacional de Atención Juvenil que fueron los dos programas seleccionados a pesar de las
limitaciones de datos en los diferentes medios de información.
De otros proyectos, tales como Promotores de Vida en Durango, del Instituto Duranguense de la
Juventud, solo se consiguió información en notas de periódico. Además, se localizaron modelos
construidos de programas entre pares con sus respectivos recursos pedagógicos y de acompañamiento
para todos los actores clave involucrados en el proceso de salud mental comunitaria, como: “Yo Apoyo
a mis amigos”, que al ser un proyecto de elaborado con recurso del Fondo de Naciones Unidas para la
infancia (UNICEF), se tienen publicados los manuales para su operación, pero no los datos de la
implementación y seguimiento en México. Por otra parte, se encontró información de ColectivaMente
que un programa desde Naciones Unidas para el fomento de la salud mental, pero no una iniciativa de
política pública, por lo cual, se decidió descartar su análisis.
A continuación, se conceptualizan las categorías analizadas:
- Programa de Salud Mental como el conjunto estructurado de acciones que promueven, de manera
coordinada las actividades dirigidas a fortalecer los servicios de salud, que permiten reducir la carga de
la enfermedad psíquica, prevenir la discapacidad y desarrollar la rehabilitación (Organización
Panamericana de la Salud, párrafo 11).
1. Fases del ciclo de políticas públicas:
a) Diseño/formulación del plan de acción que el Estado elige que se adapta a sus objetivos,
capacidades y recursos. Esté incluye las actividades a desarrollar para darle respuesta a dicho
problema público. (Colmex, 2025)
b) Implementación/ejecución del programa con enfoque participativo, implica el diseño de las
actividades del programa de acuerdo con el objetivo de este, en cuya delimitación debe contener
que fomenta la participación social.

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2. Procesos organizacionales o de diseño de las intervenciones, entendiendo estos como
procesos y actividades donde existan interacciones desde y hacia la comunidad de pertenencia,
que facultan la participación de:
a) las y los adolescentes hacia la comunidad.
b) de la comunidad en el proyecto.
3. Nivel del participación de las y los adolescentes. La participación en diferentes tipos y grados,
según su nivel de involucramiento para el logro de la validación de sus posicionamientos y de
sí mismos, que les permiten una variedad de aprendizajes interaccionales. Así se subdividieron
en:
a) Nivel mínimo, participan como parte del proyecto colaborando, sin que les permitan aportar en
perspectivas o toma de decisiones.
b) Nivel medio, participan como parte del proyecto colaborando, aportan opiniones que son
tomadas en cuenta para las decisiones a cierto nivel.
c) Nivel adecuado, participan colaborando, aportan opiniones y son actores junto con los otros
tomadores de decisiones en el proyecto.
4. Fomento y validación de Derechos Humanos de las y los adolescentes.
5. La formación de capacidades que permiten el empoderamiento de las y los adolescentes,
tales como:
a) Participación.
b) Trabajo en equipo, que se clasifica en:
- Trabajo en equipo intergeneracional, que implica la colaboración entre diferentes
generaciones: las y los adolescentes, jóvenes y/o adultos, de forma horizontal o vertical.
- Apoyo entre pares, colaboración entre iguales.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN.
La invisibilización de las adolescencias, quedo al descubierto en la búsqueda de proyectos y los recursos
disponibles de información. Desde etapas tempranas para el presente estudio, se encontraron
limitaciones tanto en la búsqueda de casos mexicanos de políticas públicas, como en la bibliografía

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emanada de estudios académicos que validaran el enfoque de salud comunitario y de salud mental para
las adolescencias. Ello delimito la oportunidad de información disponible, dada la carencia de
documentos oficiales de diseño, monitoreo y seguimiento de la política pública.
Los casos de estudio de salud mental comparten características como: la población objetivo:
adolescencias, la participación en el programa y el objetivo de trabajo que conlleva el trabajo de
promoción, prevención o atención de la salud mental en este grupo poblacional.
a) El programa de Grupos de adolescentes promotores de salud (GAPS).
Es un programa público que depende de la Secretaria de Salud en México, llevado a cabo desde 2008,
cuyo objetivo es formar grupos de 10 a 25 adolescentes, de edades entre los 10 a 19 años, para que sean
agentes activos en la promoción de estilos de vida saludables, entre sus pares. El modelo de atención
para GAPS dicta
“es un modelo […]cuyo principio es la generación de competencias que permitan a las y los
adolescentes disminuir los factores de riesgo y fortalecer habilidades y capacidades para la vida.
[…] se buscar que las y los adolescentes sean capaces de prevenir enfermedades, promover
estilos de vida saludables con sus pares y en los ámbitos personal, familiar y comunitario que
repercuten a lo largo de su vida y disminuyan los costos en materia de salud asociados a
enfermedades crónicas no transmisibles” (Casas de la Torre, et.al., 2018, p. 8).
“Los GAPS son incluyentes, permiten participar adolescentes de todas las condiciones físicas, sociales
y culturales” (Casas de la Torre, et.al., 2018, p. 8). Y su “metodología para la operación implica
intervenciones directas con adolescentes de 10 a 14 y de 15 a 19 años, donde el coordinador de los
GAPS modera las actividades” de forma inclusiva y horizontal, dadas las necesidades e intereses de los
diferentes grupos, permitiendo la participación de las y los adolescentes (Casas de la Torre, et.al., 2018,
p. 9).
Atiende a través de la prevención, los problemas de salud relacionados a la etapa de vida: violencia
autoinfligida, suicidio, problemas de conducta alimentaria, adicciones y consumo de sustancias
psicoactivas, los cuales son trastornos de salud mental de acuerdo con el Manual Diagnóstico y

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Estadístico de los trastornos mentales. Así como embarazo adolescente no planificado, infecciones de
trasmisión sexual y accidentes de tránsito.
En la evaluación del GAPS, respecto a las categorías del Programa de atención a la Salud Mental desde
las adolescencias.
El modelo postula se sostiene sobre la base del aprendizaje significativo y el constructivismo, ya que
solo los individuos dan significado a sus aprendizajes cuando pueden ser aplicados a sus circunstancias
y se vuelven parte de sus herramientas necesarias, por lo que podemos definir que es un programa con
un tipo de implementación participativa, más sin embargo el diseño es Top-Down, es decir la
articulación del proyecto se lleva a cabo desde las instituciones de salud, aunque previó a su diseño se
cuenta con una investigación diagnóstica, pero en está o en el diseño, no participan las y los adolescentes.
Respecto a la variable de nivel de participación de las y los adolescentes, el modelo menciona se tiene
como objetivo la participación entre pares, en términos de la interacción entre las y los adolescentes que
participan en las sesiones de capacitación de los GAPS, a su vez ellos comparten con sus amigos y
compañeros, familia y comunidad, lo aprendido, dejando entrever entre los objetivos evaluados: que
las y los adolescentes propongan y ejerciten acciones para influir en los estilos de vida de las personas
que conviven con ellos (Casas de la Torre, et.al., 2018, p. 31), por ello se le asigna un nivel de
participación adecuado, ya participan colaborando, aportan opiniones y son actores junto con los otros
tomadores de decisiones en el proyecto, aunque habrá que hacer la aclaración que, dentro de la
información contenida en el modelos de atención, no propone ninguna actividad en particular que
fomente la formación de está capacidad en particular. Así se podría evaluar que cumple con el fomento
de la participación comunitaria en la diada jóvenes-comunidad.
En el fomento de la participación de la comunidad para el logro del programa, las líneas estratégicas
para formar un GAPS mencionan se debe de llevar a cabo la vinculación, misma que implica la
coordinación con centros escolares, asociaciones de padres de familia y asociaciones civiles que trabajen
temas de adolescencias, así como alianzas con centros religiosos y deportivos. De manera intersectorial
e intrasectorial se deben de allegar de apoyo de todas las áreas de salud y bienestar social que tengan
relación con las adolescencias (Casas de la Torre, et. al., 2018, p. 15). En otro momento para la

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conformación de los grupos se invita a una junta informativa a toda la comunidad, padres de familia y
adolescentes a participar.
La variable de fomento y validación de los Derechos Humanos, se hace referencia a que es un
programa con ejes transversales tales como la inclusión, la equidad y los derechos humanos. El modelo
menciona: los derechos de las y los adolescentes son el prerrequisito para la participación de los GAPS
“como parte de las normas que rigen las interacciones y determinan límites de actuación de las y los
adolescentes y los adultos que conviven con ellas y ellos” (Casas de la Torre, et.al., 2018, p.16).
Validando una interacción con la validación de los derechos de las y los adolescentes.
Respecto a la validación del fomento o creación de capacidades de empoderamiento en las y los
adolescentes, se pudo revisar lo siguiente:
• La participación es impulsada y motivada, una vez que se vuelven promotores de la salud
acreditados, ello les permite participar en la capacitación de los siguientes grupos de GAPS, la
Semana Nacional de promoción de la salud de la adolescencia y en la definición de actividades,
cabe reiterar que aunque las y los jóvenes participan son el personal de salud quien guía las
actividades (Secretaria de Salud de los Estados Unidos Mexicanos y Centro Nacional para la
Salud de la Infancia y la Adolescencia, n.d., p. 22).
• Con respecto a la identidad comunitaria, como elemento de formación de las y los jóvenes,
no se detectan elementos claros de su desarrollo. Solo el que se fomenta se siga trabajando en
sus propias comunidades. Hay elementos para motivar a las y los adolescentes a obtener un
sentido de pertenencia al grupo de promotores y el programa como camisetas, identificadores y
si requieren equipo deportivo, un ambiente donde ellos se sientan cómodos. Los lideres
comunitarios son invitados a coparticipar para la promoción de los GAPS.
• En la variable de trabajo en equipo, el programa incluye a las y los adolescentes, para que a
su vez trabajen: autosuficiencia, autoestima y trabajo en equipo (Secretaria de Salud de los
Estados Unidos Mexicanos & Centro Nacional para la Salud de la Infancia y la Adolescencia,
n.d., p. 22).
En las categorías de organización que conllevan el fomento de estas capacidades, se encontró:

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• El trabajo en equipos intergeneracionales, si existe dado que se organizan equipos entre un
coordinador de grupo (médico responsable de la unidad médica, promotores de salud, el
responsable de enfermería o médico pasante) y los promotores de salud adolescente, dos veces
al mes mínimamente (Secretaria de Salud de los Estados Unidos Mexicanos & Centro Nacional
para la Salud de la Infancia y la Adolescencia, n.d., p. 22). En este sentido los autores mencionan
se detecta como dificultad, qué el personal de salud tiene carencias de herramientas y
habilidades para su interacción con las y los adolescentes. Así como falta de perspectiva de
juventudes para este acercamiento, lo que les permita promover la participación y el desarrollo
de acciones en conjunto (Secretaria de Salud de los Estados Unidos Mexicanos y Centro
Nacional para la Salud de la Infancia y la Adolescencia, n.d., p.10).
• El apoyo entre pares fomenta la difusión de estilos de vida saludables, desde la modelación de
las y los promotores adolescentes
b) ConTacto Joven, Red Nacional de Atención Juvenil.
Es un programa desde el Instituto Mexicano de la Juventud (IMJUVE), en colaboración con la Secretaría
de Salud, la Comisión Nacional contra las Adicciones (CONADIC), el Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia (UNICEF), los Centros de Integración Juvenil (CIJ), la Facultad de Medicina de la
Universidad Nacional de México (UNAM) y varias universidades del país. Y ofrece apoyo
psicoemocional o acompañamiento a adolescentes y jóvenes de 13 a 29 años, con la colaboración de la
red nacional de voluntariado juvenil, conformada por psicólogos y trabajadores sociales. Se trata de una
iniciativa de acompañamiento emocional entre pares, de joven a joven, que busca contribuir a mejorar
la calidad de vida de las personas adolescentes y jóvenes, así como de sus comunidades. (Instituto
Mexicano de la Juventud, 2024, p. 28)
La asesoría es establecida a través de la plataforma de U-Partners, la cual es un sistema de administración
de casos y mensajería que funciona a través de WhatsApp o Facebook Messenger. Y trabaja dentro del
proyecto de UReport (UReport Unicef México, n.d., parrafos 2), que es una herramienta desarrollada
por UNICEF cuyo fin es empoderar a las y los jóvenes o adolescentes a ejercer su derecho a participar.

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Se atienden casos de estrés, ansiedad y manejo de emociones y desde 2020 a 2024 se han atendido a
94,872 jóvenes, con 300 voluntarios en 26 entidades de México. El trabajo es supervisado por
profesionales de las áreas afiliadas a la escuela de Trabajo social y Psiquiatría de la UNAM.
La incidencia del programa implica participar y desarrollar las llamadas Jornadas de promoción de la
salud mental y las Estrategias Prioritarias del Gobierno Federal, mediante la asistencia a escuelas, ferias
y eventos en territorio.
En lo que respecta a las categorías del programa de atención a la salud mental de las y los adolescentes,
se logró encontrar que si fomenta la participación de las juventudes para el proyecto, ya que los jóvenes
ayudan a sus iguales con apoyo psicológico. (Instituto Mexicano de la Juventud, 2024, p.8)
Tipo de diseño Top-down, dado que es estructurado desde el Instituto, no permite posibilidad de
procesos participativos para la creación, y existe una separación en la estructura dada entre los tomadores
de decisiones y los operadores del programa.
Tipo de implementación
Nivel de participación de las y los adolescentes
Nula, ya que la franja etaría de los jóvenes que participan es la de la adolescencia. Ello dado que el
programa requiere un perfil de participación relacionado con la formación profesional en salud y apoyo
psicosocial, por ello son los estudiantes de licenciaturas como: trabajo social, promoción para la salud,
enfermeria comunitaria, salud pública, psicología y/u otras afines, los que a partir de los 20 años, pueden
fungir en los roles de apoyo psicoemocional. Y como supervisores de casos, a partir de los 23 años
(Instituto Mexicano de la Juventud, 2024, p. 11, 13), ello implica que las actividades se desarrollan entre
jóvenes para adolescentes y jóvenes. Así se le asigna un nivel de participación nulo para adolescentes,
mientras que la población juvenil participa a nivel mínimo, ya que colaboran, pero no toman decisiones
ni son ellos los que abonan con su perspectiva al diseño o implementación al programa, esto de acuerdo
a la información contenida en los documentos consultados.
Participación comunitaria y participación de la comunidad
El proyecto al ser llevado por el Instituto Mexicano de las Juventudes tiene enfoque en juventudes y los
equipos dentro del mismo son de jóvenes. El programa menciona que puede incorporar incluso a ex-

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usuarios que fueron parte de otros programas como lo es Jóvenes Construyendo el Futuro. (Instituto
Mexicano de la Juventud, 2024, p. 17)
Por lo cual sigue abonando a la inclusión social y laboral de la población objetivo en esté caso jóvenes,
con lo cuál el criterio de participación de la comunidad se queda dentro de este sector etario, ya que
incluso parte de los intervinientes del acompañamiento socioemocional son voluntarios.
Mientras que respecto a la participación comunitaria se cumple al otorgar el servicio de forma gratuita
hacia los adolescentes y jóvenes.
Fomento y validación de Derechos de las y los adolescentes
Se valida la oportunidad al derecho a la salud al permitir un programa que pueda alcanzar esta población
de forma gratuita. El programa responde a la necesidad de crear espacios estrategicos para la promoción
de los derechos humanos de las personas jóvenes a través del acompañamiento y fortalecimiento de
liderazgo a personas jóvenes, se logra a través de las convocatorias el impulso a la participación juvenil
(Instituto Mexicano de la Juventud. (2022, p. 9)
En cuanto a las categorías del fomento o creación de capacidades de empoderamiento de las y los
adolescentes, tales como:
• Participación, esta se cumple bajo la premisa de que los jóvenes pueden participar como:
supervisores/supervisoras de casos, atención de casos o en la elaboración de materiales
educativos. (Instituto Mexicano de la Juventud, 2021, April 19). Pero no es inclusiva para
los adolescentes.
• Mientras que las otras categorías correspondientes, como identidad comunidad y su
reforzamiento y el trabajo en equipo no se posee la información suficiente para
analizarlas.
Categorías de organización que conllevan el fomento de estas capacidades son:
• El trabajo en equipos intergeneracionales se da entre especialistas en materia de Salud
Mental y Psiquiatría con los jóvenes. Este programa al igual que todos los que emanan del
Instituto Mexicano de las Juventudes están elaborados con transversalización de la
perspectiva de juventud, es decir, se trabaja con otras secretarías, dependencias y actores

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institucionales para llevar a cabo los objetivos de trabajo establecidos en materia de
desarrollo juvenil a nivel nacional. (Instituto Mexicano de la Juventud, 2019, p. 20)
• El apoyo entre pares es promovido desde la iniciativa como la vía adecuada para trabajar
la salud mental, dadas las necesidades de la población mexicana en la materia.
Como elemento final se puede discutir como la falta misma de proyectos con enfoque de salud
comunitaria, enfoque desde o de las adolescencias y con el uso de co-onstrucción de proyectos, es
resultado del nivel bajo de aceptación política y social de estos modelos de salud mental con enfoque de
salud comunitaria, a pesar de la postura gubernamental de atención primaria en salud y la instalación
del modelo operativo de promoción de la salud. Así en los diferentes discursos tales como notas de
periódico o conferencias donde se da a conocer los programas, las figuras políticas focalizan que, por
mandato oficial, los jóvenes deberán de estar en el centro de las políticas públicas del país, para que en
un trabajo coordinado con las instituciones sean corresponsables de la realidad social en el país,
promoviendo la formación comunitaria y la capacitación para lograr agentes de cambio
juveniles(Centros de Integración Juvenil, 2021, 5 de Mayo).
Por su parte resultado de los programas que se analizan GAPS y ConTacto Joven, la propuesta de trabajo
mantiene que el apoyo entre pares es un elemento clave de desarrollo personal, reconociendo la
importancia de la formación en participación y dar oportunidad de tener voz y voto a las y los
adolescentes. Además de postular estar establecidos bajo los enfoques de inclusión y derechos humanos.
Es decir, en el diseño de los modelos de intervención se reconoce la importancia de la construcción de
proyectos de salud mental desde las adolescencias y juventudes. Más sin embargo en la ejecución esto
varia, por ejemplo el programa de GAPS permite el acercamiento de las adolescencias a las
comunidades, concediendo un rol de importancia, los empodera a través de fomentar su liderazgo en las
actividades deportivas y culturales con sus pares, pero los adolescentes no tienen voz y voto para
delimitar que si es viable y que no. Por lo cual algunos retos del programa son fomentar un acercamiento
más viable a la unidad de salud a través de la diversificación de las actividades que se ofertan.
Por su parte ConTacto Jóven termina siendo una iniciativa entre pares de jóvenes, pero que no entre
adolescentes. Ya qué solo los jóvenes con formaciones afines a las necesidades del programa (dada su

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preparación académica o su formación en programas previos que acompaña el Instituto Mexicano de las
Juventudes) pueden participar.
En este sentido GAPS al no contener un diseño participativo del programa en conjunto con las y los
adolescentes, tiende hacia paradigmas tradicionales de salud en esta etapa de la política, aunque en la
de implementación hacia pares y de desarrollo comunitario si logra romper con ese paradigma y
fomentar el trabajo horizontal con las adolescencias. En el caso de ConTacto Jóven es más marcado el
paradigma con el que se elabora el programa dado que se apoya directamente en la atención a la salud
mental.
Por último, cabe denotar que las categorías de las capacidades de empoderamiento son validadas en la
medida que el programa fomenta su formación, dándole importancia a los elementos trasversales que
apoyan que las y los adolescentes puedan ser parte del proyecto de manera activa y no solo como parte
de los sujetos objeto de la población de atención, por ello, ambos programas permiten en diferentes
etapas el fomento del empoderamiento.
CONCLUSIONES
La salud mental en la adolescencia constituye un desafío prioritario de salud pública a nivel global,
regional y nacional. Los procesos de acompañamiento entre pares y desde una perspectiva comunitaria,
implica un cambio de paradigma en las interacciones entre las y los adolescentes con los demás actores
intervinientes en los procesos de fomento de la salud mental. Ya que es preocupante el incremento de
casos de rastornos como ansiedad, depresión y conductas suicidas entre adolescentes, lo que evidencia
la necesidad de replantear los modelos tradicionales de atención centrados exclusivamente en la
enfermedad. Estos enfoques resultan insuficientes para abordar la complejidad biopsicosocial que
caracteriza la experiencia adolescente y los múltiples determinantes sociales que influyen en su bienestar
mental.
Asimismo, los hallazgos del estudio subrayan la necesidad de avanzar hacia modelos de salud mental
comunitarios, preventivos y participativos. Estos modelos superan la lógica biomédica tradicional al
reconocer que la salud mental no depende únicamente de intervenciones clínicas, sino también de
procesos sociales, educativos y comunitarios que fortalecen el bienestar emocional, la resiliencia y las
redes de apoyo. En este marco, la participación activa de las y los adolescentes en el diseño,

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implementación y evaluación de estrategias de salud mental resulta fundamental para garantizar la
pertinencia y eficacia de las intervenciones
La incorporación de enfoques participativos e intergeneracionales permite reconocer a las y los
adolescentes no solo como beneficiarios de las políticas públicas, sino como sujetos de derecho y actores
capaces de incidir en la transformación de sus propias condiciones de vida. Este reconocimiento
favorece procesos de empoderamiento juvenil, fortalece el capital social comunitario y contribuye a la
construcción de entornos más saludables y equitativos. En este sentido, existe un gran reto para los
hacedores de política pública desde y con las juventudes, ya que implica pasar de un enfoque centrado
en atender las necesidades de las y los jóvenes a un enfoque donde las juventudes son parte de la solución
y se responsabilizan personal y socialmente por encontrar problemas acompañados de las otras
generaciones. Pero también de quienes operan desde las instituciones los proyectos. Sin duda alguna,
habrá que fomentar el uso de la perspectiva intergeneracional, entendiendo está como un enfoque donde
se validan las oportunidades de acuerdos y participación horizontal, donde cada uno de estos grupos
aporta saberes importantes para la consecución de proyectos que tratan de problemáticas y necesidades
sentidas desde las poblaciones, en este caso las adolescencias.
Dejando en claro que en un esfuerzo conjunto donde las y los adolescentes sean escuchados, se valore
y fomente su participación fundamenta la construcción de oportunidades de salud mental a través del
empoderamiento. Con ello habrá que entender que la salud mental se cimienta en la construcción de
capacidades que permiten dar herramientas para que las personas logren todo su potencial. Por ello, al
diseñar y operar proyectos entre pares se impulsa y apoya a los usuarios, pero también se fomenta el
desarrollo de autoestima, responsabilidad y eficacia personal en quienes acompañan. El
empoderamiento se da en ambas direcciones y permite poder decidir y de actuar conscientemente,
logrando consecuentemente un estado de bienestar en el que las personas realizan su propio potencial
en ambas partes. En definitiva, la construcción de estrategias comunitarias basadas en el
acompañamiento emocional entre pares y en la participación juvenil representa una alternativa viable
para ampliar el alcance de las intervenciones preventivas y fortalecer los sistemas locales de cuidado.

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