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creciente exigencia documental y reducidos espacios para el contacto humano, su posibilidad de brindar
una atención pausada y relacional, se ve afectada. Por ello, la rehumanización implica atender al
paciente y al profesional que le atiende.
La primera consecuencia a la que invita el debate es que la humanización no se reduce a campañas de
buen trato ni a invocaciones para que se recupere la vocación. La vocación puede guiar el sentido moral
del trabajo, pero no reemplaza la remuneración adecuada, el descanso suficiente, la educación continua,
el liderazgo clínico ni el reconocimiento institucional. Una mirada madura sobre la humanización es
como sostener que no se puede reclamar un cuidado digno sin, al mismo tiempo, asegurar la dignidad
laboral de los cuidadores. Esta afirmación se conecta con la literatura sobre burnout, en la que la fatiga
emocional, la despersonalización y la reducción de la realización profesional modifican literalmente la
forma en que los profesionales enfrentan el sufrimiento y la demanda de cuidado (Maslach et al., 2001).
El segundo aprendizaje es que la técnica y la humanización deben ir de la mano. La enfermería actual
no puede eliminar la tecnología ni romantizar una práctica alejada de los dispositivos, los protocolos y
la evidencia. En las unidades de cuidados intensivos, la vida del paciente se sostiene mediante
monitores, respiradores, bombas de infusión, algoritmos terapéuticos y procedimientos invasivos. Sin
embargo, estas finalidades deben seguir estando, en última instancia, subordinadas a la racionalidad del
cuidado. La técnica humaniza cuando resguarda la vida, mitiga el dolor, aumenta la seguridad, y
posibilita intervenciones a tiempo; pero deshumaniza cuando sustituye la comunicación, la presencia,
la privacidad, la familia y la historia de la persona (García-Uribe et al., 2024).
Desde esta perspectiva, el problema no es el monitor en sí, sino que se mire sólo en el monitor; no es el
protocolo, sino seguirlo de modo automatizado; no es el registro, sino documentar sin evaluar; no es la
escala, sino emplearla sin interpretar la vivencia del enfermo. La técnica es humanizadora si se ejerce
con explicación, respeto, privacidad, comunicación y valoración integral. La acción técnica debe
dramatizarse como acción técnica enfermera, y no ser antagonista ni sustituir a la acción técnica de
enfermería: el ámbito de la acción técnica enfermera ha de ser reacondicionado para que el quehacer
técnico sea manifestación –y no antítesis– del cuidado.
La tercera implicación tiene que ver con la distancia entre la regulación y la práctica hospitalaria. El
derecho positivo ecuatoriano es suficiente para fundamentar una atención humana, segura, integral,