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TARQUI 1829: CUANDO UNA VICTORIA

TERRESTRE REVELÓ NUESTRA

VULNERABILIDAD MARÍTIMA

TARQUI 1829: WHEN A LAND VICTORY REVEALED OUR
MARITIME VULNERABILITY

Marco Gonzalo Salinas Haro, M.A.

Centro de Estudios Estratégicos Marítimos (CEESMA)
pág. 4051
D
OI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v10i4.25418
Tarqui 1829: cuando una victoria terrestre reveló nuestra vulnerabilidad
marítima

Marco Gonzalo Salinas Haro, M.A.
1
marsalin7@gmail.com

https://orcid.org/
0009-0006-6841-7816
Vicealmirante (SP).
Instructor e investigador,
Centro de Estudios Estratégicos Marítimos (CEESMA),

Academia de Guerra Naval del Ecuador (AGUENA), Guayaquil, Ecuador.

RESUMEN

La Batalla del Portete de Tarqui (27 de febrero de 1829), punto culminante de la guerra grancolombo-
peruana (1828-1829), constituyó un hito fundamental en la historiografía del Estado-nación ecuatoriano.
El presente ensayo sostuvo que el evento trascendió su dimensión militar para operar en un doble
registro: como acto fundacional de la identidad nacional y como lección paradigmática sobre las
limitaciones de una defensa unidimensional. Mediante un análisis documental crítico de fuentes
primarias —correspondencia de Bolívar y Sucre, proclamas de La Mar y Gamarra, partes oficiales,
tratados y documentos navales—, cotejadas con las tres principales corrientes historiográficas sobre el
conflicto —patriótico-conmemorativa, regional-comparada y crítico-revisionista—, el trabajo aportó
una lectura integrada de los teatros terrestre y marítimo que la bibliografía existente había tratado de
manera fragmentaria. La tesis se desarrolló mediante tres argumentos interrelacionados: el primero situó
el conflicto en el contexto de la geopolítica global (1805-1828); el segundo analizó la paradoja
estratégica de Tarqui; y el tercero proyectó esta lección hacia los debates contemporáneos sobre
seguridad multidimensional y cooperativa.

Palabras clave: historia militar; poder naval; seguridad nacional; geopolítica; identidad nacional.

1
Autor principal
Correspondencia:
marsalin7@gmail.com
pág. 4052
Tarqui 1829: When a Land Victory Revealed Our Maritime Vulnerability

ABSTRACT

The Battle of Portete de Tarqui (February 27, 1829), the culminating point of the Gran Colombia–Peru
War (1828–1829), constituted a fundamental milestone in the historiography of the Ecuadorian nation-
state. This essay argued that the event transcended its military dimension to operate on a dual register:
as a foundational act of national identity and as a paradigmatic lesson on the limitations of a one-
dimensional defense. Through a critical documentary analysis of primary sources—correspondence of
Bolívar and Sucre, proclamations of La Mar and Gamarra, official dispatches, treaties, and naval
documents—cross-referenced with the three main historiographical currents on the conflict (patriotic-
commemorative, regional-comparative, and critical-revisionist), the study provided an integrated
reading of the land and maritime theaters that the existing bibliography had treated in a fragmentary
manner. The thesis was developed through three interrelated arguments: the first situated the conflict
within the context of global geopolitics (1805–1828); the second analyzed the strategic paradox of
Tarqui; and the third projected this lesson onto contemporary debates on multidimensional and
cooperative security.

Keywords:
military history; naval power; national security; geopolitics; national identity.
Artículo recibido 20 mayo 2026

Aceptado para publicación: 20 junio 2026
pág. 4053
INTRODUCCIÓN

En la memoria cívico-militar del Ecuador, la Batalla del Portete de Tarqui de 1829 ocupa un sitial de
primer orden. La tradición historiográfica, sin embargo, la ha abordado casi siempre en clave
conmemorativa: ha realzado la épica del choque terrestre y ha dejado en penumbra los factores
estratégicos y políticos que decidieron su curso. De esa lectura simplificada nace una pregunta que este
trabajo considera central: ¿por qué una victoria táctica tan neta como la que alcanzó el mariscal Antonio
José de Sucre no se tradujo en un triunfo estratégico duradero para el Departamento del Sur de la Gran
Colombia, del que nacería el Ecuador?

La respuesta empieza a perfilarse al observar la coincidencia temporal de los hechos. Mientras las armas
grancolombianas se imponían en las alturas de Tarqui, Guayaquil, principal puerto y centro económico
de la región, seguía bloqueado y ocupado por la Marina de Guerra del Perú. Ese desajuste entre el éxito
en tierra y la impotencia en el mar revela una dimensión estructural poco atendida: en las repúblicas
andinas del siglo XIX la suerte del Estado dependía del vínculo entre geografía y poder naval, pues el
dominio real del territorio reclamaba proyectar fuerza más allá de la costa.

La tesis que aquí se defiende es que Tarqui funcionó como un acontecimiento bisagra, con un doble
significado histórico: sirvió de cimiento heroico a la identidad nacional ecuatoriana y, a la vez, dejó una
advertencia difícil de eludir sobre los límites de una defensa concebida en un solo plano. El argumento
se ordena en tres tramos. El primero sostiene que la guerra de 1828-1829 solo se entiende dentro del
marco geopolítico abierto por las guerras napoleónicas (1805-1815) y por la Restauración europea que
las siguió, factores que crearon tanto el vacío de poder que hizo viable la independencia como la
estrechez material de las repúblicas nacientes. El segundo examina la paradoja de Tarqui —una victoria
terrestre rotunda que coincide con la ocupación peruana de Guayaquil— para mostrar cómo se
entrelazan geografía, poder naval y supervivencia estatal, y cuán frágil resulta un Estado que carece de
disuasión marítima; la llegada tardía de la fragata Colombia al Pacífico, en enero de 1829, no evitó la
ocupación, pero pesó en la retirada peruana por su efecto disuasivo. El tercero proyecta esa enseñanza
al siglo XXI y reclama una seguridad multidimensional y cooperativa, capaz de articular los dominios
terrestre, marítimo, aéreo, amazónico, insular y cibernético como requisito para sostener la soberanía en
un país de geografía tan compleja como el ecuatoriano.
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Estado de la Cuestión Historiográfica

La bibliografía sobre Tarqui puede agruparse en tres líneas. La primera, de signo patriótico-
conmemorativo, celebra el heroísmo y la afirmación de la nación en ciernes. En ella destaca la
conferencia de Julio H. Muñoz (1928-1929), aparecida en El Ejército Nacional, valiosa como fuente
primaria porque reproduce correspondencia original de Sucre; a ella se suma Tarqui documentado, de
Ángel Isaac Chiriboga (1929), que reúne partes oficiales y comunicaciones de la campaña.

La segunda línea, de mirada regional-comparada, tiene en el peruano Jorge Basadre (1968) a su
representante más sólido. Basadre inserta el conflicto en las disputas limítrofes poscoloniales y presenta
la campaña naval peruana como palanca de presión política, apoyándose en fondos del Archivo General
de la Nación del Perú, entre ellos proclamas de La Mar y correspondencia oficial. En sintonía con esa
perspectiva, el Centro de Estudios Histórico Militares del Perú (CEHMP, 2026), que se remite a
Dellepiane (1941) y Merino Schröder (1950), afirma que en la primera fase del combate solo fue batida
la división de Plaza, separada del grueso por disposición de Gamarra. Esta lectura contrasta con la
interpretación grancolombiana, que enfatiza el alcance de la victoria alcanzada por el mariscal Sucre al
frente del ejército de la Gran Colombia.

La tercera línea, de orientación crítico-revisionista, lee la batalla como un fenómeno de memoria. Bustos
(2017) reconstruye el proceso de 'nacionalización' de Tarqui en el Ecuador de los siglos XIX y XX, en
tanto que Suin Guaraca (2024) estudia el papel de la prensa del Departamento del Sur en la fabricación
del relato patriótico surgido en los días inmediatos a la batalla.

Con todo, subsiste un vacío: falta un tratamiento que integre los teatros terrestre y marítimo y que
pondere sus consecuencias de largo plazo para la doctrina de seguridad y defensa. Este ensayo procura
cubrir ese espacio a partir del examen sistemático de fuentes primarias —correspondencia de Bolívar
(Lecuna, 1948; O'Leary, 1883), documentos de Sucre (Fundación Vicente Lecuna, 1980), proclamas
peruanas (Basadre, 1968; Vargas Ugarte, 1971), tratados (Colección de Tratados del Ecuador, s.f.) y
documentación naval (Monteverde Granados, 1997; Vargas Molina, 2014)— puestas en diálogo crítico
con las corrientes historiográficas existentes.
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Análisis

El Contexto Geopolítico Global (1805-1828) y la Configuración del Escenario Sudamericano

El conflicto de 1828-1829 no se explica sin el tablero internacional que dejaron las guerras napoleónicas.
En los primeros años del siglo XIX, Europa vivía un pulso por la hegemonía entre Francia y el Reino
Unido que se derramó sobre los dominios ultramarinos de las coronas ibéricas. Napoleón Bonaparte,
emperador desde su autocoronación en 1804, empleó a su ejército para dilatar la influencia francesa por
el continente, rehizo fronteras e impuso alianzas que fueron minando el predominio de las viejas
monarquías.

El vuelco decisivo llegó el 21 de octubre de 1805 en Trafalgar, donde la Royal Navy destruyó a la
escuadra combinada franco-española. Aquel desastre afianzó a Inglaterra como primera potencia
marítima y comercial y, al mismo tiempo, arruinó de manera irreversible el poder naval de España, con
lo que quedó comprometido el porvenir de su imperio. Sheldon-Duplaix (2023) recuerda que el triunfo
británico alejó el riesgo de una invasión de las islas y resquebrajó la alianza franco-española que sostenía
la política europea desde 1796.

Desde 1806, Napoleón puso en marcha el Bloqueo Continental para asfixiar la economía británica
cerrando a su comercio los puertos del continente. La negativa de Portugal, aliado histórico de Londres,
precipitó el Tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807), que franqueaba el paso de tropas
francesas por España rumbo a territorio portugués. Las miras del emperador, sin embargo, eran mayores:
crecido por una cadena de victorias, juzgó más provechoso apoderarse de España que aliarse con ella
(Sheldon-Duplaix, 2023).

En marzo de 1808 los franceses entraron en la Península. Napoleón hizo comparecer en Bayona a
Fernando VII y a su padre Carlos IV y los forzó a abdicar el 5 de mayo de 1808, con lo que colocó en
el trono español a su hermano José Bonaparte. Jean Meyer, en cita que recoge Sheldon-Duplaix (2023),
vio en Napoleón un 'accidente histórico' que adelantó independencias 'prematuras': al apartar a la familia
real abrió un vacío político que dejó a América sin la legitimidad que le prestaba la monarquía.

Las repercusiones en Hispanoamérica fueron hondas y no se hicieron esperar. Sobrevilla (2019) sostiene
que 'las Abdicaciones Reales fueron el verdadero punto de inflexión para la monarquía hispana':
suprimido el rey legítimo, cedieron los cimientos del orden monárquico y, entre 1808 y 1810, brotaron
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por doquier juntas de gobierno criollas que se proclamaban fieles a Fernando VII a imitación de la
resistencia peninsular.

Portugal protagonizó, en paralelo, otro giro geopolítico de gran calado. En noviembre de 1807, con las
columnas francesas ya cerca de Lisboa, el príncipe regente João —el futuro João VI— adoptó una
medida sin antecedentes: al amparo de buques británicos mandados por el contralmirante Sir William
Sidney Smith, trasladó la corte portuguesa a Río de Janeiro. El 22 de enero de 1808, en Salvador de
Bahía, rubricó el Decreto de Apertura de los Puertos a las Naciones Amigas, que reorientó el comercio
del Atlántico Sur en provecho directo de Gran Bretaña (Sheldon-Duplaix, 2023).

Derrotado Napoleón en Leipzig (1813) y consumada su primera abdicación en abril de 1814, las
potencias vencedoras reunieron el Congreso de Viena (septiembre de 1814 a junio de 1815). Bajo el
impulso del canciller austriaco Klemens von Metternich, aquel cónclave restauró el equilibrio
continental y erigió un orden conservador pensado para frenar las ideas revolucionarias. El 26 de
septiembre de 1815, a instancias del zar Alejandro I, se suscribió en París la Santa Alianza, que
Metternich transformó en una maquinaria de represión de liberales y nacionalistas, prolongada en los
congresos de Aquisgrán (1818), Troppau (1820-1821) y Verona (1822).

Para Hispanoamérica, aquel orden restaurado resultó ambivalente. Las potencias de la Santa Alianza
observaban con desconfianza los movimientos emancipadores; Gran Bretaña, en cambio, dueña del mar
tras Trafalgar, empujaba el libre comercio con las colonias y con ello allanaba el camino al
reconocimiento de las nuevas repúblicas. En medio de esas fuerzas encontradas, la independencia
sudamericana siguió su propio pulso, atravesada por la certeza de que el poder naval sería decisivo.

Simón Bolívar, que había visto de cerca el poderío napoleónico en Italia en 1804, hizo del dominio del
mar una pieza de su pensamiento geopolítico. Entendió que asegurar Guayaquil era indispensable para
reunir fuerzas por vía marítima y liberar Quito (Lecuna, 1950, Tomo II, p. 234): el puerto guayaquileño
era la charnela entre el Pacífico sur y el norte andino, el punto desde el cual proyectar tropas de Colombia
hacia el Perú.

En esa misma línea se pronunció José de San Martín tras Chacabuco (1817): “Una vez conseguida la
victoria en Chile, aliando fuerzas pasaremos por mar a tomar Lima” (Mitre, 1887, Tomo II, p. 345).
Bernardo O'Higgins lo formuló con aún mayor nitidez: “Este triunfo y cien más se harán insignificantes
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si no se domina el mar” (Barros Arana, 1884, Tomo X, p. 234). Pocas frases expresan tan temprano y
con tanta lucidez el vínculo entre las victorias en tierra y el control del mar durante la guerra de
independencia.

Esta intuición estratégica de los libertadores anticipó, en el plano de la praxis, los principios que la teoría
del poder marítimo formalizaría décadas más tarde. Mahan (1890) sostuvo que la seguridad y la
prosperidad de los Estados dependen del control de las comunicaciones marítimas y de la concentración
de la fuerza naval, mientras que Corbett (1911) precisó que el objeto de la guerra naval no es el mar en
sí, sino su dominio como vía para asegurar o disputar el movimiento de las fuerzas terrestres, lo que
confiere a las operaciones anfibias y conjuntas un carácter decisivo. En su relectura contemporánea, Till
(2013) subrayó que el poder marítimo trasciende lo estrictamente militar para articular la proyección de
fuerza, la diplomacia y el orden económico del Estado. Leída a esta luz, la campaña de 1828-1829
constituye un caso ilustrativo de la interdependencia entre el dominio del mar y la consolidación estatal:
la carencia de una capacidad naval disuasiva no invalidó la victoria terrestre, pero impidió convertirla
en un resultado estratégico definitivo.

Esa conciencia estratégica cuajó en la creación de escuadras. La Escuadra del Sur, formada en Guayaquil
entre 1822 y 1823 con la corbeta Pichincha, la goleta Guayaquileña y el bergantín Chimborazo, resultó
decisiva en la liberación del Perú. Su labor culminó en el bloqueo del Callao en 1824, que quebrantó a
los realistas y permitió a Bolívar afianzar sus operaciones en Junín y Ayacucho (Sánchez, 2020; Salinas,
2025). Según refiere Sánchez Bravo (1997), bajo el mando de Illingworth y Wright esa escuadra
mantuvo el cerco del Callao durante nueve meses e impidió que los realistas recibieran refuerzos por
mar.

Aquella misma fuerza, no obstante, se deterioró hasta quedar inoperante hacia 1828, justo cuando el
nuevo diferendo con el Perú exigía el poder naval que tanto había costado levantar. Monteverde
Granados (1997) lo consigna: “Los buques de la Escuadra del Sur regresaron a Guayaquil en 1825 en
pésimas condiciones de navegabilidad, sin fondos para reparaciones y con tripulaciones diezmadas” (p.
45). Esa circunstancia es clave para entender la asimetría que marcaría el rumbo y el final del conflicto
de 1828-1829.
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La Paradoja Estratégica de Tarqui: Victoria Terrestre, vulnerabilidad Marítima

Conviene recordar un antecedente. Al disolverse el orden colonial español quedaron un vacío de poder
y unas fronteras imprecisas, gobernadas por el principio del uti possidetis iuris de 1810, que alimentó
reclamos territoriales encontrados entre las nuevas repúblicas (Ayala Mora, 2008). En ese marco, la
Gran Colombia —creada en 1819 y formada por los actuales Colombia, Venezuela, Panamá y
Ecuador— encarnaba el ambicioso proyecto bolivariano de unidad continental, mientras el Perú surgía
como una república con pretensiones hegemónicas en la región.

El pleito venía de lejos. Ya en 1822 el Perú había intentado hacerse con Guayaquil, empeño que frustró
la oportuna intervención de Sucre tras la Batalla de Pichincha (Muñoz, 1928-1929). En 1826 convocó
elecciones en Jaén y Mainas, territorios que su propio Congreso había reconocido antes como
dependientes de la Gran Colombia. Así lo consigna Paz Soldán (1868): “el Congreso del Perú, por ley
de 1826, declaró que las provincias de Jaén y Mainas pertenecían al Perú, a pesar de que el uti possidetis
de 1810 las asignaba a la jurisdicción de Quito” (Tomo I, p. 456).

A ello se añadieron maniobras de hostigamiento político y militar. En 1827, la Tercera División del
Ejército Colombiano acantonada en Lima se insubordinó, azuzada por el gobierno peruano, con el
propósito de sublevar los departamentos del sur. Testigo directo, el general Tomás Cipriano de
Mosquera (1854) lo narra: “El gobierno peruano, seduciendo a los jefes colombianos, logró que la
división se pronunciara contra Bolívar, esperando utilizarla para segregar los departamentos del sur” (p.
234).

El propósito político de Colombia quedó fijado con claridad en la nota que el Secretario de Relaciones
Exteriores, Estanislao Vergara, dirigió al ministro peruano José Villa el 3 de marzo de 1828, transcrita
por O'Leary (1883):

El infrascrito, Secretario de Estado y de Relaciones Exteriores de la República de Colombia,
tiene el honor de dirigirse al señor Ministro Plenipotenciario de la República del Perú para
manifestarle que, no habiendo obtenido respuesta satisfactoria a las justas reclamaciones de
Colombia sobre la devolución de las provincias de Jaén y Maynas, ocupadas por fuerzas
peruanas, ni sobre el pago de la deuda contraída por el Perú por los gastos de la guerra de
independencia, ni sobre la reposición del cónsul colombiano en Lima, el Gobierno de Colombia