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TARQUI 1829: CUANDO UNA VICTORIA
TERRESTRE REVELÓ NUESTRA
VULNERABILIDAD MARÍTIMA
TARQUI 1829: WHEN A LAND VICTORY REVEALED OUR
MARITIME VULNERABILITY
Marco Gonzalo Salinas Haro, M.A.
Centro de Estudios Estratégicos Marítimos (CEESMA)

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DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v10i4.25418
Tarqui 1829: cuando una victoria terrestre reveló nuestra vulnerabilidad
marítima
Marco Gonzalo Salinas Haro, M.A.1
marsalin7@gmail.com
https://orcid.org/0009-0006-6841-7816
Vicealmirante (SP). Instructor e investigador,
Centro de Estudios Estratégicos Marítimos (CEESMA),
Academia de Guerra Naval del Ecuador (AGUENA), Guayaquil, Ecuador.
RESUMEN
La Batalla del Portete de Tarqui (27 de febrero de 1829), punto culminante de la guerra grancolombo-
peruana (1828-1829), constituyó un hito fundamental en la historiografía del Estado-nación ecuatoriano.
El presente ensayo sostuvo que el evento trascendió su dimensión militar para operar en un doble
registro: como acto fundacional de la identidad nacional y como lección paradigmática sobre las
limitaciones de una defensa unidimensional. Mediante un análisis documental crítico de fuentes
primarias —correspondencia de Bolívar y Sucre, proclamas de La Mar y Gamarra, partes oficiales,
tratados y documentos navales—, cotejadas con las tres principales corrientes historiográficas sobre el
conflicto —patriótico-conmemorativa, regional-comparada y crítico-revisionista—, el trabajo aportó
una lectura integrada de los teatros terrestre y marítimo que la bibliografía existente había tratado de
manera fragmentaria. La tesis se desarrolló mediante tres argumentos interrelacionados: el primero situó
el conflicto en el contexto de la geopolítica global (1805-1828); el segundo analizó la paradoja
estratégica de Tarqui; y el tercero proyectó esta lección hacia los debates contemporáneos sobre
seguridad multidimensional y cooperativa.
Palabras clave: historia militar; poder naval; seguridad nacional; geopolítica; identidad nacional.
1 Autor principal
Correspondencia: marsalin7@gmail.com

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Tarqui 1829: When a Land Victory Revealed Our Maritime Vulnerability
ABSTRACT
The Battle of Portete de Tarqui (February 27, 1829), the culminating point of the Gran Colombia–Peru
War (1828–1829), constituted a fundamental milestone in the historiography of the Ecuadorian nation-
state. This essay argued that the event transcended its military dimension to operate on a dual register:
as a foundational act of national identity and as a paradigmatic lesson on the limitations of a one-
dimensional defense. Through a critical documentary analysis of primary sources—correspondence of
Bolívar and Sucre, proclamations of La Mar and Gamarra, official dispatches, treaties, and naval
documents—cross-referenced with the three main historiographical currents on the conflict (patriotic-
commemorative, regional-comparative, and critical-revisionist), the study provided an integrated
reading of the land and maritime theaters that the existing bibliography had treated in a fragmentary
manner. The thesis was developed through three interrelated arguments: the first situated the conflict
within the context of global geopolitics (1805–1828); the second analyzed the strategic paradox of
Tarqui; and the third projected this lesson onto contemporary debates on multidimensional and
cooperative security.
Keywords: military history; naval power; national security; geopolitics; national identity.
Artículo recibido 20 mayo 2026
Aceptado para publicación: 20 junio 2026

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INTRODUCCIÓN
En la memoria cívico-militar del Ecuador, la Batalla del Portete de Tarqui de 1829 ocupa un sitial de
primer orden. La tradición historiográfica, sin embargo, la ha abordado casi siempre en clave
conmemorativa: ha realzado la épica del choque terrestre y ha dejado en penumbra los factores
estratégicos y políticos que decidieron su curso. De esa lectura simplificada nace una pregunta que este
trabajo considera central: ¿por qué una victoria táctica tan neta como la que alcanzó el mariscal Antonio
José de Sucre no se tradujo en un triunfo estratégico duradero para el Departamento del Sur de la Gran
Colombia, del que nacería el Ecuador?
La respuesta empieza a perfilarse al observar la coincidencia temporal de los hechos. Mientras las armas
grancolombianas se imponían en las alturas de Tarqui, Guayaquil, principal puerto y centro económico
de la región, seguía bloqueado y ocupado por la Marina de Guerra del Perú. Ese desajuste entre el éxito
en tierra y la impotencia en el mar revela una dimensión estructural poco atendida: en las repúblicas
andinas del siglo XIX la suerte del Estado dependía del vínculo entre geografía y poder naval, pues el
dominio real del territorio reclamaba proyectar fuerza más allá de la costa.
La tesis que aquí se defiende es que Tarqui funcionó como un acontecimiento bisagra, con un doble
significado histórico: sirvió de cimiento heroico a la identidad nacional ecuatoriana y, a la vez, dejó una
advertencia difícil de eludir sobre los límites de una defensa concebida en un solo plano. El argumento
se ordena en tres tramos. El primero sostiene que la guerra de 1828-1829 solo se entiende dentro del
marco geopolítico abierto por las guerras napoleónicas (1805-1815) y por la Restauración europea que
las siguió, factores que crearon tanto el vacío de poder que hizo viable la independencia como la
estrechez material de las repúblicas nacientes. El segundo examina la paradoja de Tarqui —una victoria
terrestre rotunda que coincide con la ocupación peruana de Guayaquil— para mostrar cómo se
entrelazan geografía, poder naval y supervivencia estatal, y cuán frágil resulta un Estado que carece de
disuasión marítima; la llegada tardía de la fragata Colombia al Pacífico, en enero de 1829, no evitó la
ocupación, pero pesó en la retirada peruana por su efecto disuasivo. El tercero proyecta esa enseñanza
al siglo XXI y reclama una seguridad multidimensional y cooperativa, capaz de articular los dominios
terrestre, marítimo, aéreo, amazónico, insular y cibernético como requisito para sostener la soberanía en
un país de geografía tan compleja como el ecuatoriano.

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Estado de la Cuestión Historiográfica
La bibliografía sobre Tarqui puede agruparse en tres líneas. La primera, de signo patriótico-
conmemorativo, celebra el heroísmo y la afirmación de la nación en ciernes. En ella destaca la
conferencia de Julio H. Muñoz (1928-1929), aparecida en El Ejército Nacional, valiosa como fuente
primaria porque reproduce correspondencia original de Sucre; a ella se suma Tarqui documentado, de
Ángel Isaac Chiriboga (1929), que reúne partes oficiales y comunicaciones de la campaña.
La segunda línea, de mirada regional-comparada, tiene en el peruano Jorge Basadre (1968) a su
representante más sólido. Basadre inserta el conflicto en las disputas limítrofes poscoloniales y presenta
la campaña naval peruana como palanca de presión política, apoyándose en fondos del Archivo General
de la Nación del Perú, entre ellos proclamas de La Mar y correspondencia oficial. En sintonía con esa
perspectiva, el Centro de Estudios Histórico Militares del Perú (CEHMP, 2026), que se remite a
Dellepiane (1941) y Merino Schröder (1950), afirma que en la primera fase del combate solo fue batida
la división de Plaza, separada del grueso por disposición de Gamarra. Esta lectura contrasta con la
interpretación grancolombiana, que enfatiza el alcance de la victoria alcanzada por el mariscal Sucre al
frente del ejército de la Gran Colombia.
La tercera línea, de orientación crítico-revisionista, lee la batalla como un fenómeno de memoria. Bustos
(2017) reconstruye el proceso de 'nacionalización' de Tarqui en el Ecuador de los siglos XIX y XX, en
tanto que Suin Guaraca (2024) estudia el papel de la prensa del Departamento del Sur en la fabricación
del relato patriótico surgido en los días inmediatos a la batalla.
Con todo, subsiste un vacío: falta un tratamiento que integre los teatros terrestre y marítimo y que
pondere sus consecuencias de largo plazo para la doctrina de seguridad y defensa. Este ensayo procura
cubrir ese espacio a partir del examen sistemático de fuentes primarias —correspondencia de Bolívar
(Lecuna, 1948; O'Leary, 1883), documentos de Sucre (Fundación Vicente Lecuna, 1980), proclamas
peruanas (Basadre, 1968; Vargas Ugarte, 1971), tratados (Colección de Tratados del Ecuador, s.f.) y
documentación naval (Monteverde Granados, 1997; Vargas Molina, 2014)— puestas en diálogo crítico
con las corrientes historiográficas existentes.

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Análisis
El Contexto Geopolítico Global (1805-1828) y la Configuración del Escenario Sudamericano
El conflicto de 1828-1829 no se explica sin el tablero internacional que dejaron las guerras napoleónicas.
En los primeros años del siglo XIX, Europa vivía un pulso por la hegemonía entre Francia y el Reino
Unido que se derramó sobre los dominios ultramarinos de las coronas ibéricas. Napoleón Bonaparte,
emperador desde su autocoronación en 1804, empleó a su ejército para dilatar la influencia francesa por
el continente, rehizo fronteras e impuso alianzas que fueron minando el predominio de las viejas
monarquías.
El vuelco decisivo llegó el 21 de octubre de 1805 en Trafalgar, donde la Royal Navy destruyó a la
escuadra combinada franco-española. Aquel desastre afianzó a Inglaterra como primera potencia
marítima y comercial y, al mismo tiempo, arruinó de manera irreversible el poder naval de España, con
lo que quedó comprometido el porvenir de su imperio. Sheldon-Duplaix (2023) recuerda que el triunfo
británico alejó el riesgo de una invasión de las islas y resquebrajó la alianza franco-española que sostenía
la política europea desde 1796.
Desde 1806, Napoleón puso en marcha el Bloqueo Continental para asfixiar la economía británica
cerrando a su comercio los puertos del continente. La negativa de Portugal, aliado histórico de Londres,
precipitó el Tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807), que franqueaba el paso de tropas
francesas por España rumbo a territorio portugués. Las miras del emperador, sin embargo, eran mayores:
crecido por una cadena de victorias, juzgó más provechoso apoderarse de España que aliarse con ella
(Sheldon-Duplaix, 2023).
En marzo de 1808 los franceses entraron en la Península. Napoleón hizo comparecer en Bayona a
Fernando VII y a su padre Carlos IV y los forzó a abdicar el 5 de mayo de 1808, con lo que colocó en
el trono español a su hermano José Bonaparte. Jean Meyer, en cita que recoge Sheldon-Duplaix (2023),
vio en Napoleón un 'accidente histórico' que adelantó independencias 'prematuras': al apartar a la familia
real abrió un vacío político que dejó a América sin la legitimidad que le prestaba la monarquía.
Las repercusiones en Hispanoamérica fueron hondas y no se hicieron esperar. Sobrevilla (2019) sostiene
que 'las Abdicaciones Reales fueron el verdadero punto de inflexión para la monarquía hispana':
suprimido el rey legítimo, cedieron los cimientos del orden monárquico y, entre 1808 y 1810, brotaron

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por doquier juntas de gobierno criollas que se proclamaban fieles a Fernando VII a imitación de la
resistencia peninsular.
Portugal protagonizó, en paralelo, otro giro geopolítico de gran calado. En noviembre de 1807, con las
columnas francesas ya cerca de Lisboa, el príncipe regente João —el futuro João VI— adoptó una
medida sin antecedentes: al amparo de buques británicos mandados por el contralmirante Sir William
Sidney Smith, trasladó la corte portuguesa a Río de Janeiro. El 22 de enero de 1808, en Salvador de
Bahía, rubricó el Decreto de Apertura de los Puertos a las Naciones Amigas, que reorientó el comercio
del Atlántico Sur en provecho directo de Gran Bretaña (Sheldon-Duplaix, 2023).
Derrotado Napoleón en Leipzig (1813) y consumada su primera abdicación en abril de 1814, las
potencias vencedoras reunieron el Congreso de Viena (septiembre de 1814 a junio de 1815). Bajo el
impulso del canciller austriaco Klemens von Metternich, aquel cónclave restauró el equilibrio
continental y erigió un orden conservador pensado para frenar las ideas revolucionarias. El 26 de
septiembre de 1815, a instancias del zar Alejandro I, se suscribió en París la Santa Alianza, que
Metternich transformó en una maquinaria de represión de liberales y nacionalistas, prolongada en los
congresos de Aquisgrán (1818), Troppau (1820-1821) y Verona (1822).
Para Hispanoamérica, aquel orden restaurado resultó ambivalente. Las potencias de la Santa Alianza
observaban con desconfianza los movimientos emancipadores; Gran Bretaña, en cambio, dueña del mar
tras Trafalgar, empujaba el libre comercio con las colonias y con ello allanaba el camino al
reconocimiento de las nuevas repúblicas. En medio de esas fuerzas encontradas, la independencia
sudamericana siguió su propio pulso, atravesada por la certeza de que el poder naval sería decisivo.
Simón Bolívar, que había visto de cerca el poderío napoleónico en Italia en 1804, hizo del dominio del
mar una pieza de su pensamiento geopolítico. Entendió que asegurar Guayaquil era indispensable para
reunir fuerzas por vía marítima y liberar Quito (Lecuna, 1950, Tomo II, p. 234): el puerto guayaquileño
era la charnela entre el Pacífico sur y el norte andino, el punto desde el cual proyectar tropas de Colombia
hacia el Perú.
En esa misma línea se pronunció José de San Martín tras Chacabuco (1817): “Una vez conseguida la
victoria en Chile, aliando fuerzas pasaremos por mar a tomar Lima” (Mitre, 1887, Tomo II, p. 345).
Bernardo O'Higgins lo formuló con aún mayor nitidez: “Este triunfo y cien más se harán insignificantes

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si no se domina el mar” (Barros Arana, 1884, Tomo X, p. 234). Pocas frases expresan tan temprano y
con tanta lucidez el vínculo entre las victorias en tierra y el control del mar durante la guerra de
independencia.
Esta intuición estratégica de los libertadores anticipó, en el plano de la praxis, los principios que la teoría
del poder marítimo formalizaría décadas más tarde. Mahan (1890) sostuvo que la seguridad y la
prosperidad de los Estados dependen del control de las comunicaciones marítimas y de la concentración
de la fuerza naval, mientras que Corbett (1911) precisó que el objeto de la guerra naval no es el mar en
sí, sino su dominio como vía para asegurar o disputar el movimiento de las fuerzas terrestres, lo que
confiere a las operaciones anfibias y conjuntas un carácter decisivo. En su relectura contemporánea, Till
(2013) subrayó que el poder marítimo trasciende lo estrictamente militar para articular la proyección de
fuerza, la diplomacia y el orden económico del Estado. Leída a esta luz, la campaña de 1828-1829
constituye un caso ilustrativo de la interdependencia entre el dominio del mar y la consolidación estatal:
la carencia de una capacidad naval disuasiva no invalidó la victoria terrestre, pero impidió convertirla
en un resultado estratégico definitivo.
Esa conciencia estratégica cuajó en la creación de escuadras. La Escuadra del Sur, formada en Guayaquil
entre 1822 y 1823 con la corbeta Pichincha, la goleta Guayaquileña y el bergantín Chimborazo, resultó
decisiva en la liberación del Perú. Su labor culminó en el bloqueo del Callao en 1824, que quebrantó a
los realistas y permitió a Bolívar afianzar sus operaciones en Junín y Ayacucho (Sánchez, 2020; Salinas,
2025). Según refiere Sánchez Bravo (1997), bajo el mando de Illingworth y Wright esa escuadra
mantuvo el cerco del Callao durante nueve meses e impidió que los realistas recibieran refuerzos por
mar.
Aquella misma fuerza, no obstante, se deterioró hasta quedar inoperante hacia 1828, justo cuando el
nuevo diferendo con el Perú exigía el poder naval que tanto había costado levantar. Monteverde
Granados (1997) lo consigna: “Los buques de la Escuadra del Sur regresaron a Guayaquil en 1825 en
pésimas condiciones de navegabilidad, sin fondos para reparaciones y con tripulaciones diezmadas” (p.
45). Esa circunstancia es clave para entender la asimetría que marcaría el rumbo y el final del conflicto
de 1828-1829.

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La Paradoja Estratégica de Tarqui: Victoria Terrestre, vulnerabilidad Marítima
Conviene recordar un antecedente. Al disolverse el orden colonial español quedaron un vacío de poder
y unas fronteras imprecisas, gobernadas por el principio del uti possidetis iuris de 1810, que alimentó
reclamos territoriales encontrados entre las nuevas repúblicas (Ayala Mora, 2008). En ese marco, la
Gran Colombia —creada en 1819 y formada por los actuales Colombia, Venezuela, Panamá y
Ecuador— encarnaba el ambicioso proyecto bolivariano de unidad continental, mientras el Perú surgía
como una república con pretensiones hegemónicas en la región.
El pleito venía de lejos. Ya en 1822 el Perú había intentado hacerse con Guayaquil, empeño que frustró
la oportuna intervención de Sucre tras la Batalla de Pichincha (Muñoz, 1928-1929). En 1826 convocó
elecciones en Jaén y Mainas, territorios que su propio Congreso había reconocido antes como
dependientes de la Gran Colombia. Así lo consigna Paz Soldán (1868): “el Congreso del Perú, por ley
de 1826, declaró que las provincias de Jaén y Mainas pertenecían al Perú, a pesar de que el uti possidetis
de 1810 las asignaba a la jurisdicción de Quito” (Tomo I, p. 456).
A ello se añadieron maniobras de hostigamiento político y militar. En 1827, la Tercera División del
Ejército Colombiano acantonada en Lima se insubordinó, azuzada por el gobierno peruano, con el
propósito de sublevar los departamentos del sur. Testigo directo, el general Tomás Cipriano de
Mosquera (1854) lo narra: “El gobierno peruano, seduciendo a los jefes colombianos, logró que la
división se pronunciara contra Bolívar, esperando utilizarla para segregar los departamentos del sur” (p.
234).
El propósito político de Colombia quedó fijado con claridad en la nota que el Secretario de Relaciones
Exteriores, Estanislao Vergara, dirigió al ministro peruano José Villa el 3 de marzo de 1828, transcrita
por O'Leary (1883):
El infrascrito, Secretario de Estado y de Relaciones Exteriores de la República de Colombia,
tiene el honor de dirigirse al señor Ministro Plenipotenciario de la República del Perú para
manifestarle que, no habiendo obtenido respuesta satisfactoria a las justas reclamaciones de
Colombia sobre la devolución de las provincias de Jaén y Maynas, ocupadas por fuerzas
peruanas, ni sobre el pago de la deuda contraída por el Perú por los gastos de la guerra de
independencia, ni sobre la reposición del cónsul colombiano en Lima, el Gobierno de Colombia

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se ve en la dolorosa necesidad de declarar que, si dentro de seis meses contados desde la fecha,
no hubiere puesto el Perú a las órdenes de la Intendencia del Azuay las provincias mencionadas,
el Gobierno de Colombia creerá no sólo que el Perú lo hostiliza con ánimo irrevocable, sino que
ha dejado la decisión a la suerte de las armas. (Tomo XXIX, p. 235)
Las miras del Perú iban más lejos. En su proclama de 1828, el mariscal José de La Mar declaró, según
recoge Basadre (1968):
Peruanos: El gobierno de Colombia, olvidando los vínculos de fraternidad que deben unir a los
pueblos que combatieron juntos por la independencia, pretende arrebatarnos los territorios de
Jaén y Mainas, que siempre fueron nuestros. No permitiremos que la ambición de un extranjero
desmembre nuestro suelo. Marcho al norte a ponerme al frente del ejército. El Perú sabrá
defender su honor y su integridad. (Tomo I, p. 289)
Con todo, ciertos testimonios de la época dejan ver que las aspiraciones peruanas rebasaban la simple
defensa de Jaén y Mainas. El general José Antonio Páez (1867) anotó en sus memorias: 'La intención
era ir hasta el Juanambú, convocar un Congreso en Quito, y separar el Sur con el título de República del
Ecuador. La Mar debía ser presidente del Ecuador y Gamarra del Perú' (p. 345).
La Asimetría Naval y el Combate de Malpelo
Hacia 1828, la Gran Colombia carecía de una marina capaz de atender a la vez el Pacífico y el Atlántico,
donde la escuadra española del almirante Laborde amenazaba con reconquistar posiciones en México y
Venezuela (Lecuna, 1950, Tomo III, p. 345). Repartidas así sus fuerzas, en el Pacífico apenas quedó la
goleta Guayaquileña para las emergencias. El Perú, en cambio, disponía de una fuerza netamente
superior: según detalla Chiriboga (1929), la integraban la fragata Protector, la corbeta Libertad, la goleta
Arequipeña, los bergantines Congreso y La Peruviana y ocho lanchas cañoneras (p. 234). Colombia,
que sí contaba con buques de primer orden como las fragatas Colombia y Cundinamarca, las mantenía
ocupadas en el Caribe (Vargas Molina, 2014). La Tabla 1 resume la composición de ambas fuerzas.

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Tabla 1
Fuerzas navales en el teatro del Pacífico (1828)
Marina de Guerra del Perú Fuerza naval de la Gran Colombia en el
Pacífico
Fragata Protector
Corbeta Libertad
Goleta Arequipeña
Bergantín Congreso
Bergantín La Peruviana
Ocho lanchas cañoneras
Goleta Guayaquileña (única disponible para
emergencias)
Corbeta Pichincha (participó en el Combate de
Malpelo)
Fragatas Colombia y Cundinamarca
(comprometidas en el Caribe)
Nota. Elaboración propia a partir de Chiriboga (1929, p. 234) y Vargas Molina (2014). La superioridad numérica y de porte de
la escuadra peruana condicionó el bloqueo del Golfo de Guayaquil.
El 31 de agosto de 1828 tuvo lugar el Combate de Punta Malpelo, en el que la corbeta peruana Libertad
se enfrentó a las naves grancolombianas Guayaquileña y Pichincha, al mando del comodoro Tomás
Carlos Wright. Vargas Molina (2014) describe el plan ideado por Illingworth: 'La maniobra naval
dependía del factor sorpresa, mediante el empleo de la goleta Guayaquileña y la corbeta Pichincha,
tripuladas por cholos canoeros —hábiles navegantes locales cuyo conocimiento del estuario resultaba
crucial— con el fin de disuadir a la fragata Presidente en su intento de bloqueo sobre Guayaquil' (p. 81).
En el plano táctico, Malpelo favoreció relativamente a la escuadra grancolombiana, que conservó su
posición sin ser destruida. Su significado estratégico, en cambio, fue adverso: al no poder capturar la
Libertad, el plan de Illingworth se frustró y la superioridad naval peruana quedó intacta. Vargas Molina
(2014) lo sintetiza: 'A partir de ese momento, la situación estratégica en el teatro marítimo se tornó
totalmente favorable al Perú' (p. 81). Malpelo probó que, sin capacidad para infligir una derrota decisiva,
las acciones navales aisladas no bastan para mover el equilibrio: el mar no se domina con brillantez
táctica, sino con superioridad sostenida.
Consolidado el resultado, el Perú impuso un bloqueo efectivo sobre el Golfo de Guayaquil y el litoral,
que estranguló una economía regional pendiente de las exportaciones de cacao y de las importaciones

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de manufacturas. El 1 de febrero de 1829, sus fuerzas ocuparon Guayaquil (Flores Aguirre, 2019); la
Figura 1 representa la disposición simultánea de ambos teatros de operaciones.
Figura 1. Teatro de operaciones de la campaña grancolombo-peruana de 1828-1829.
Nota. Elaboración propia sobre la base de Chiriboga (1929), Vargas Molina (2014) y la correspondencia de Sucre (Fundación
Vicente Lecuna, 1980). Coordenadas geográficas aproximadas; sin escala.
La Decisión Estratégica de Sucre y la Batalla del 27 de Febrero
El modo en que Sucre concibió la maniobra quedó explícito en su correspondencia con el general Juan
José Flores, en diciembre de 1828, según la transcripción de la Fundación Vicente Lecuna (1980):
Opino, mi querido general, que Ud. debe concentrar sus esfuerzos en Cuenca, abandonando
Guayaquil si fuere necesario. La pérdida de Guayaquil me parece insignificante, en cambio de
destruir al ejército peruano que se presenta por Loja. Durante la estación de lluvias, es difícil
que una división peruana penetre desde Guayaquil a Riobamba. Así la espalda del ejército está
segura. No pienso que sea bueno abandonar Cuenca; creo que el enemigo debe esperarse a las
puertas de esa ciudad. La llanura de Tarqui es un buen campo de batalla; a la parte de allá hay
una fuerte posición que yo ocupé cuando vine a la campaña de Pichincha. (Tomo II, p. 156)

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Priorizar el teatro andino no fue un desacierto, sino la lógica de un plan sensato ante la penuria de medios
navales. Desde Zipaquirá, el 3 de julio de 1828, Bolívar había advertido a Sucre sobre esas limitaciones
en carta que transcribe Lecuna (1948):
Mi querido general: He meditado profundamente sobre la situación del sur. Las fragatas
Colombia y Cundinamarca no podrán estar en el Pacífico antes de seis meses. Esto nos obliga a
modificar nuestros planes. La guerra se iniciará por mar, pero no podemos oponernos a la
escuadra peruana con nuestras débiles goletas. Conviene, pues, que concentréis vuestros
esfuerzos en la defensa del Azuay. Guayaquil puede caer temporalmente, pero si destruimos el
ejército de La Mar, todo se recuperará después. (Tomo VIII, p. 312)
El 27 de febrero de 1829, la victoria fue en efecto rotunda en lo militar. El parte oficial de Sucre al
Ministro de Guerra, fechado el 1 de marzo de 1829 y publicado en la Gaceta de Colombia (1829), así lo
atestigua:
Excelentísimo señor: Tengo el honor de informar a Vuestra Excelencia que el 27 del pasado, a
las cinco y media de la mañana, las tropas de mi mando atacaron al ejército peruano en las
alturas del Portete de Tarqui. Después de tres horas de fuego sostenido, el enemigo fue
completamente derrotado, dejando en el campo más de mil quinientos muertos y gran número de
prisioneros, entre ellos el general Plaza. Nuestras pérdidas no pasan de trescientos hombres. El
enemigo se retira en desorden hacia Cuenca. (N° 421)
La historiografía peruana matiza este resultado. El Centro de Estudios Histórico Militares del Perú
(CEHMP, 2026), sobre la base de Dellepiane (1941) y Merino Schröder (1950), sostiene que en la
primera fase solo fue vencida la división Plaza —demasiado adelantada y sin municiones—, mientras
que en la segunda los refuerzos de La Mar y Gamarra se habrían impuesto sobre la caballería
grancolombiana. Lejos de debilitar la tesis de este ensayo, tal lectura la respalda: si incluso la versión
peruana admite que el desenlace terrestre fue ambiguo, mejor se comprende por qué la resolución del
conflicto terminó dependiendo del dominio del mar y de factores ajenos a lo militar.
La Paradoja Estratégica y sus Consecuencias
El curso posterior, sin embargo, mostraría que ceder Guayaquil era subestimar su peso geopolítico.
Durante cinco meses el Perú retuvo el control del mar mientras el ejército grancolombiano se mostraba

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incapaz de recobrar la ciudad. El saldo fue duro: quiebra fiscal, desabastecimiento y facciones que
llegaron a sopesar la anexión al Perú (Flores Aguirre, 2019).
Guayaquil no se recuperó por las armas, sino por una suma de azares y decisiones políticas que la Figura
2 ordena en su secuencia. El primero fue fortuito: el 18 de mayo de 1829, la fragata peruana Presidente
—buque insignia de la escuadra— voló y se hundió en la ría de Guayaquil a causa de un incendio
(Vargas Molina, 2014, p. 95). El segundo fue político: los días 6 y 7 de julio de 1829, los generales
Gutiérrez y Gamarra encabezaron un golpe contra La Mar. Gamarra proclamó, según transcribe Vargas
Ugarte (1971): 'La nación peruana (…) ha depuesto al general La Mar del mando supremo. Yo (…)
asumo provisionalmente la presidencia con el firme propósito de restablecer la paz con la Gran
Colombia' (Tomo VII, p. 234).
El tercer factor fue la llegada, tardía pero determinante, de la fragata Colombia. Monteverde Granados
(1997) lo registra: 'La fragata Colombia, al mando del capitán Juan Illingworth, culminó la travesía del
Cabo de Hornos en enero de 1829, iniciando su despliegue hacia aguas ecuatorianas' (p. 45). Vargas
Molina (2014) concluye que 'la combinación de la pérdida de la Presidente y la inminente llegada de la
Colombia invirtió la correlación de fuerzas navales, haciendo insostenible la posición peruana en
Guayaquil' (p. 97). El episodio confirma que la proyección del poder naval puede inclinar un desenlace
incluso sin librar combate.
El 22 de septiembre de 1829 se firmó, por fin, el Tratado de Guayaquil, cuyo artículo 2° disponía, según
la Colección de Tratados del Ecuador (s.f.): 'Ambas partes reconocen por límites de sus respectivos
territorios los mismos que tenían antes de su independencia los antiguos Virreinatos de Nueva Granada
y del Perú, conforme al uti possidetis de 1810' (Tomo I, p. 67). Como observa Suin Guaraca (2024),
aquel tratado fue 'más una negociación política que una imposición militar derivada de Tarqui'.

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Figura 2. Cronología de la campaña grancolombo-peruana de 1828-1829.
Nota. Elaboración propia. Cada hito se sustenta en la fuente indicada: Vargas Molina (2014), Monteverde Granados (1997),
Flores Aguirre (2019), Gaceta de Colombia (1829), Vargas Ugarte (1971) y la Colección de Tratados del Ecuador (s.f.).
Junto a esa enseñanza estratégica, la batalla desempeñó un papel no menos importante: dotó de símbolos,
héroes y relatos a una identidad nacional que empezaba a formarse. Disuelta la Gran Colombia en 1830,
el joven Estado ecuatoriano necesitaba referentes que lo cohesionaran. Bustos (2017) muestra cómo
Tarqui fue 'nacionalizado' a través de una apropiación simbólica hecha de monumentos, efemérides y
su incorporación al relato escolar. En los términos de Nora (1984), Tarqui funciona como un 'lugar de
memoria' en el que se condensa y ritualiza la identidad nacional ecuatoriana.
De la Lección Histórica a la Seguridad Multidimensional y Cooperativa
La vulnerabilidad marítima aprendida en 1829 cobraría, décadas más tarde, una proyección oceánica
con la incorporación de las Islas Galápagos al Ecuador en 1832. Aunque su valor estratégico no se
apreció de inmediato en toda su hondura, el archipiélago se iría revelando como la posición marítima
decisiva para proyectar y controlar el espacio ecuatoriano en el Pacífico oriental. Al declarar a Galápagos
'área de seguridad nacional' (Art. 5), la Constitución de 2008 institucionalizó esa lección: la soberanía
marítima no se agota en la costa continental, sino que alcanza los espacios oceánicos e insulares críticos.
Con todo, la lección rindió al principio frutos apenas parciales. Al concentrar la mirada en el eje costa-
sierra, se descuidó la defensa de las vastas llanuras amazónicas —las provincias de Jaén y Mainas, que
siguieron en litigio y acabaron perdiéndose—, un olvido geopolítico que años después facilitó las

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mayores cesiones territoriales del país. La advertencia es clara: la conciencia estratégica no puede
ceñirse a los espacios de siempre, sino abarcar el territorio en su conjunto.
La Guerra del Cenepa (1995) hizo evidente la necesidad de 'conjuntez' operacional entre Ejército, Fuerza
Aérea y Fuerza Naval para actuar en los teatros de manera oportuna y eficaz. Fue una prueba que las
Fuerzas Armadas del Ecuador superaron, y que ratificó la lección de coordinación interarmas anticipada
por la paradoja de Tarqui con 166 años de anticipación.
Ya en el siglo XXI, esa concepción se ensancha hacia un paradigma mayor. La Constitución de 2008
fija como deber primordial del Estado garantizar la 'seguridad integral' (Art. 3.8), noción que, como
advierte Moncayo (2022), desborda lo militar para incluir lo político, lo económico y lo social. El Libro
Blanco de la Defensa Nacional (Ministerio de Defensa Nacional, 2018) refuerza esa mirada al concebir
la defensa como un bien público que 'requiere del accionar de todas las instituciones del Estado' e
incorpora 'actividades políticas, psicosociales, económicas y militares'.
Hoy, la seguridad nacional afronta amenazas híbridas —crimen organizado transnacional, narcotráfico,
minería ilegal, ciberdelincuencia, desinformación— que actúan en varios dominios a la vez y desbordan
las fronteras. Responder con eficacia exige, además de coordinación interna, cooperación regional. Lo
resume Moncayo (2022): 'La historia militar del Ecuador está marcada por lecciones no aprendidas, por
victorias que pudieron ser mayores y por derrotas que pudieron evitarse si hubiésemos comprendido que
la guerra moderna no se libra en un solo escenario' (p. 127). En la misma dirección, Jarrín (2026) sostiene
que 'la seguridad cooperativa regional pondría al Ecuador como un articulador estratégico por ser más
oportuna, eficaz y confiable', y subraya que las alianzas binacionales deben inscribirse en un marco
regional sujeto al derecho internacional.
CONCLUSIONES
La pregunta que guió este estudio —¿por qué una victoria táctica tan neta como la de Sucre no se tradujo
en un triunfo estratégico definitivo para el naciente Ecuador?— halla respuesta en el juego entre
geografía, capacidades militares y construcción del Estado. Tarqui demostró que el éxito en un dominio
puede quedar neutralizado si se descuidan los demás, en particular el marítimo y, por extensión, el
amazónico. La tesis central, desplegada en tres argumentos, se confirma: la batalla fue a la vez cimiento
identitario y lección geopolítica duradera.

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En primer término, la guerra de 1828-1829 no se entiende fuera del marco abierto por las guerras
napoleónicas. Trafalgar (1805) afirmó la supremacía naval británica y quebró el poder marítimo español;
las abdicaciones de Bayona (1808) abrieron el vacío de poder que disparó las independencias; el
Congreso de Viena (1814-1815) y la Santa Alianza levantaron un orden conservador que, con todo, no
logró frenar la emancipación americana, aunque sí condicionó la escasez material de las nuevas
repúblicas. Bolívar, San Martín y O'Higgins comprendieron que sin dominio del mar no había victoria
posible, lección que Sucre, por falta de medios, no pudo sostener en 1829.
En segundo término, la paradoja de Tarqui —triunfo en tierra, derrota en el mar— encierra una lección
geopolítica de fondo. La opción de Sucre de sacrificar Guayaquil para asegurar la sierra, impecable en
lo táctico y justificada por la falta de medios navales, dejó al descubierto la fragilidad de un Estado sin
disuasión marítima. Que el principal puerto no pudiera recobrarse por la fuerza, y que su devolución
dependiera del azar (la explosión de la Presidente) y de la política (el golpe contra La Mar), prueba que
la soberanía no puede quedar a merced de la fortuna ni de las decisiones ajenas. La lectura matizada del
CEHMP (2026), que subraya el éxito peruano en la segunda fase, no contradice esta tesis: la ambigüedad
del resultado terrestre refuerza que fue el dominio naval el factor determinante.
En tercer término, proyectada al siglo XXI, esa lección reclama una seguridad multidimensional y
cooperativa. La incorporación de Galápagos en 1832 y su condición de 'área de seguridad nacional'
(Constitución, Art. 5) son el corolario lógico de la vulnerabilidad revelada en 1829. El descuido de la
defensa amazónica facilitó, décadas más tarde, las mayores cesiones territoriales del país, prueba de que
la conciencia estratégica debe abarcar todo el espacio nacional. El Cenepa (1995) confirmó la necesidad
de 'conjuntez' operacional, y la Constitución de 2008 consagró el principio de 'seguridad integral' (Art.
3.8).
En suma, conmemorar Tarqui debe ser algo más que un elogio épico: ha de servir de recordatorio de
que la soberanía de un Estado de geografía compleja —costa, sierra, Amazonía, espacios insulares y
oceánicos— es indivisible y exige una visión de seguridad integral, multidimensional y cooperativa. La
enseñanza perdurable del 27 de febrero de 1829 es que ningún dominio puede sacrificarse en favor de
otro sin poner en riesgo la existencia misma de la Nación.

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Declaraciones
Contribución de autoría. El autor concibió, investigó y redactó el presente trabajo. En su preparación
se emplearon herramientas de inteligencia artificial como apoyo para la edición de estilo y forma, bajo
revisión y responsabilidad plena del autor.
Financiamiento. La investigación no contó con financiamiento externo.
Conflicto de intereses. El autor declara no tener conflictos de interés.
Disponibilidad previa. Una versión preliminar de este trabajo fue difundida como lectura recomendada
de uso académico en el repositorio docente de la Academia de Guerra Naval del Ecuador (AGUENA),
en su colección de lecturas recomendadas (aguena.armada.mil.ec), como recurso educativo de apoyo a
sus cursos. Dicho documento es de autoría del propio autor de este artículo; por tanto, las coincidencias
detectadas por los sistemas antiplagio respecto de esa dirección corresponden a auto-similitud y no a
uso de fuentes ajenas. El presente artículo constituye una versión revisada y no ha sido publicado en
ninguna revista científica ni se encuentra en evaluación simultánea en otra publicación.
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