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La cultura en el aula: más allá del folclore
En las escuelas del Distrito de Barranquilla, la multiculturalidad suele ser reducida a manifestaciones
folclóricas, jornadas gastronómicas o celebraciones de raíces étnicas, sin problematizar la profundidad
de la matriz cultural que traen los estudiantes (Dietz, 2012, p. 28; Tubino, 2005, p. 42). La discriminación
encubierta florece cuando se impone una cultura escolar uniforme que ignora las variaciones
lingüísticas, las formas de crianza y las cosmovisiones de comunidades afrocolombianas, indígenas y
migrantes (Restrepo, 2016, p. 65; Walsh, 2009, p. 22).
Al no reconocer estas particularidades como documentos legítimos de la realidad humana, la escuela
valida una única forma de ser y estar en el aula, mientras que, por silencio, se deslegitima al otro
(Grimson, 2011, p. 92; Skliar, 2007, p. 41). Esta invisibilización se alimenta del etnocentrismo
institucional, que convierte la diversidad en un adjetivo decorativo antes que en un eje transformador de
la práctica pedagógica (Candau, 2008, p. 56; Appadurai, 1996, p. 87). Desde la perspectiva de la
antropología, se sostiene que la cultura en el aula debe ser tratada como un marco de sentido, desde el
cual los estudiantes comprenden su lugar en el mundo y en la institución escolar (Levinson & Pollock,
2011, p. 38; Pérez-Alonso, 2011, p. 40).
Poder y currículo: la normalización de la exclusión
El currículo en las escuelas públicas de Barranquilla puede operar, como una herramienta de
normalización cuando determinados saberes y formas culturales logran mayor legitimidad que otros
(Bernstein, 1990, p. 21; Giroux, 1997, p. 85). Los criterios de evaluación, los programas de bienestar y
los manuales de convivencia se articulan desde una perspectiva etnocéntrica que naturaliza una forma
de ser y pensar como norma, penalizando lo distinto (Bourdieu, 1991, p. 24; Lévi-Strauss, 1958, p. 53).
Esta tendencia recuerda la crítica de Llobera (1988) a la “manía taxonómica”, entendida como la
propensión de las ciencias e instituciones a construir clasificaciones rígidas que anulan la diversidad
empírica del ser humano (p. 20; Mauss, 1925, p. 51). En el aula, se traduce en la etiqueta de “estudiante
problema” para todo sujeto cuya cultura, lenguaje o modos de expresión no se ajustan a la norma
(Goffman, 1963, p. 12; Grimson, 2011, p. 95). La discriminación encubierta se manifiesta, así, como un
ejercicio de poder institucional que define quién puede ser considerado “educable” y bajo qué
condiciones (Skliar, 2007, p. 44; Ogbu, 1991, p. 78).